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La ciudad perdida

Texto Isabel Núñez Escritora

La ciutat perduda
© Guillem Cifré

Además de las grandes mansiones, en Sant Gervasi se han destruido casitas con jardines escondidos. Del distrito han desaparecido los pájaros, la frescura y el silencio. Existe la impresión generalizada de un resentimiento histórico de la administración municipal contra Sant Gervasi.

Durante los últimos años he visto cómo se degradaba el paisaje de Sant Gervasi. La lista de patrimonio a proteger era muy reducida en el barrio, como si los responsables municipales ya hubieran previsto no poner límites al gran negocio que implicaría la libre destrucción de esta parte de la ciudad. ¿Cómo entender, si no, que tantas mansiones modernistas y novecentistas hayan caído bajo la piqueta?

       Además de las mansiones derruidas, han destruido muchas casitas, con jardines invisibles ocultos detrás. Eran jardines rodoredianos, con árboles históricos y hospitalarios en los que se posaban los pájaros. Esos jardines no han desaparecido sólo por la codicia de los propietarios y constructores, sino sobre todo por la normativa que obliga a construir aparcamientos bajo las casas. El patio de manzana donde vivo tenía el encanto caótico de este barrio: ahora está lleno de edificios mediocres, con cemento y sin verde. Desde un balcón de la calle Sant Màrius, una vecina regaba un jardín abandonado, con palmeras y espinos como los de La bella durmiente; recuerdo su desolación el día que entraron los bulldozers.

       Con los jardines, han desaparecido los pájaros y la frescura -antes, al salir de los ferrocarriles, la temperatura bajaba dos o tres grados con respecto al centro, y el silencio reinaba. Ahora, Sant Gervasi es el distrito más ruidoso de la ciudad1, pero no hay conciencia del derecho al silencio diurno. Sólo se habla del ruido nocturno, como si la gente, alienada, sintiera aversión contra aquellos que se divierten, pero aprobase el ruido "justificado" de las obras y el tráfico. La Guardia Urbana me confirmó que Barcelona, a diferencia de otras ciudades de Europa, no tiene limitación de decibelios para las obras: pueden hacer un ruido infinito, siempre y cuando se ajusten a los horarios diurnos.

        Cunde la impresión de un resentimiento histórico de la administración socialista contra Sant Gervasi, tal vez por el voto tradicional a CiU, o por una apreciación inexacta de la composición social de sus habitantes, que incluye sectores acomodados (Mandri, Ganduxer, Tres Torres), pero también una densa población de artesanos, profesionales, tenderos, jóvenes e inmigrantes que comparten pisos y muchos ancianos empobrecidos que no llegan a final de mes, según la asociación de vecinos. Las autoridades municipales son unánimes: los vecinos de Sant Gervasi no nos podemos quejar. Más grave que los déficits de bibliotecas y recursos municipales es que el Ayuntamiento no sólo no ponga límite a la destrucción del paisaje y la calidad de vida, sino que contribuya a ello (por ejemplo, con la tala de encinas centenarias en Collserola para instalar una montaña rusa; la tala inminente de los almeces de la plaza Joaquim Folguera por la construcción de la línea 9; la tala de palmeras, plátanos y acacias en la avenida Diagonal, para que pase un tranvía; tala del setenta por ciento de los árboles de los Jardins de Vil·la Florida para construir un parking). En otras ciudades de Europa los trazados de los transportes y las obras respetan los árboles.

       El paisaje de un barrio de la ciudad pertenece a todos y no sólo a los que lo habitan. Todos podemos pasear por el Turó Parc o por la Diagonal, aunque no tengamos una casa allí. En el Turó Parc las obras han compactado la tierra, sin pasajes internos para airear las raíces, y mueren magníficos árboles históricos, porque la administración municipal no consultó a ningún experto. Parques y Jardines ha dejado de ser una institución protectora de lo verde para convertirse en taladores de árboles y perpetradores de unas podas que los expertos califican de escabechinas: favorecen infecciones, malformaciones, invasiones de parásitos y a menudo provocan la muerte de los árboles.

       En ese contexto de frustración por la pérdida de la belleza histórica y la degradación del entorno, surgió la historia del azufaifo. Era el árbol de la calle, sobresalía del jardín de una casa bonita, daba sombra y llenaba la acera de unas flores pegajosas y unos frutos que yo no había identificado. Un día, mi prima V., que había vivido en China, me dijo: "Tu calle me recuerda a Beijing, por el azufaifo." Esta revelación fue el detonante. El azufaifo era protagonista de una de aquellas escenas simbólicas de la infancia que configuran mi autoficción, el esqueleto de mi psicoanálisis y la ética que me construí. De pequeña, en el colegio, saltábamos el muro encalado de un huerto en el que había un azufaifo, y un día los frutos rojos se me indigestaron. Al llegar a casa, mí tía Rottenmeyer me pegó y antes de encerrarme, como siempre, en el cuarto de las calderas, me gritó: "¡Esto te pasa por comer azufaifas!". Y esa palabra exótica, que confería al sabor rojo y dulce un aire misteriosamente árabe, se asoció en mi mente a un espacio de rebelión sensual, con la luz del sol de septiembre en aquel patio prohibido.

       Cuando V. y yo visitamos al azufaifo, ya tenía un cartel de derribos. Escribí en mi blog la rabia que sentía por el futuro del azufaifo y por la ciudad perdida. La traductora Isabel Lacruz me ofreció la experiencia jurídica de traductora europea. Revisamos el expediente en el distrito y descubrimos que, para conceder la licencia, un responsable de Parques y Jardines había firmado que había un serbal en lugar de un azufaifo. Un azufaifo y un serbal no se parecen en nada, pero así el dueño podía construir tranquilo.

       La gerente del distrito nos dijo, condescendiente, que la Constitución protege la propiedad privada. Yo objeté que la Constitución también protege el patrimonio verde. "¿Y para qué querría el Ayuntamiento más zonas verdes?", preguntó ella, "¿Para que aparquen las motos y caguen los perros?". Era "demasiado tarde" para salvar Sant Gervasi, dijo; "no ganaréis".

       Los expertos fueron apareciendo. Supimos que nuestro azufaifo era el mayor ejemplar documentado en Europa, bicentenario y valioso. Enrique Vila-Matas nos hizo un artículo titulado "El fin de Barcelona" en El País. Oriol Bohigas escribió otro2 pidiendo la placita para nuestro árbol. Imma Mayol me respondió que lo trasplantarían. Presentamos tres informes de ingenieros técnicos y de botánicos para demostrar que el árbol no resistiría un trasplante y que, si sobrevivía, la poda radical para sacarlo de la calle lo convertiría para siempre en bonsái. Vinieron de TV3, del programa de Josep Cuní. Después, las radios. Por fin, el árbol se declaró de interés local, aunque el Ayuntamiento amenaza con construir en la parte baja del terreno y, según el experto Joan Bordas, eso matará al azufaifo.

       Habíamos tocado un punto sensible. Y de nuevo lo he visto con el manifiesto para salvar los plátanos, las palmeras y las acacias de la Diagonal, o los almeces de Joaquim Folguera (la plaza será pronto una pequeña Lesseps, destripada, sin frondosidad, otro desierto de hormigón y ruido): lo han firmado personalidades significativas de la ciudad y la cultura.

       ¿Tal vez los políticos, alejados de la sensibilidad de las ciudades, inmersos en la cultura del cemento, han perdido la confianza de sus interlocutores? ¿Tal vez esa actitud arboricida, insensible a la sequía, al cambio climático y la sostenibilidad, es dolorosamente contraria a las promesas de la izquierda?


Notas

1
El País, 30/11/2008, y La Vanguardia, 15/09/2008.

2 "El ejemplo del azufaifo", El Periódico de Catalunya, 11/07/2007.


Verano (julio - septiembre) 2009

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Lista de comentarios

  • 2 Inma Barranco - 09-06-2010 18:17h

    El dí­a 7 de junio 2010, han podado de forma salvaje a muchos arboles de la calle suissa en Barcelona,

    con motivos de obras publica, después de la reunión que tuvimos con los técnicos de las obras y el gerente de distrito de Sarria-Sant gervasi nos comunicaron que los arboles no serán trasplantados, que están todos afectados, pero no pudieron decir si estaban poco o mucho, y que si el grado de daño era suficiente para que los Árboles mueran. Si no fuera por las obras publicas seguro que disfrutaréamos de estos arboles durante muchos años.

  • 1 josep - 29-05-2010 00:29h

    Muy bien Isabel , personas como tu ,

    con tu tenacidad deberian haber mas para que los politicos gestionen y no destruyan . Me gustaria conocerte , en mi jardin del Poble Sec aun anidan muchos pajaros , amancer en verano es maravilloso , cuando vuelven al nido a dormir mas aun . Josep

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