
Texto Jordi Borja Director del programa Gestión de la Ciudad. Universitat Oberta de Catalunya
Barcelona es reconocida mundialmente como una ciudad muy atractiva, y ofrece una calidad de vida a sus habitantes, que la colocan en los primeros puestos del ranking europeo. Sin embargo, el placer de vivir aquí es agridulce: se es más sensible a los problemas cotidianos que a los nuevos proyectos urbanos, los cuales, con frecuencia, ni por su concepción ni su arquitectura, generan entusiasmo o asentimiento como los de antes. El éxito en lo global no se reproduce en el ámbito local.
A una pregunta televisiva, imprevista y en directo, sobre cómo definiría el "socialismo" después de 1989 (cae el muro de Berlín y se desmorona el bloque soviético), Mitterrand respondió escuetamente: "Es la justicia, es la ciudad". La ciudad, pues, es una metáfora de la izquierda, en su doble dimensión individual y social, lírica y épica. La ciudad es cálida y es el contrapeso a la democracia, que es frígida (1 , Dahrendorf, 1992). La ciudad, como el socialismo, tiene por vocación maximizar la libertad individual en un marco de vida colectiva que minimice las desigualdades. La ciudad humaniza el ideal socialista abstracto, introduce el placer de los sentidos en la racionalidad sistemática, los deseos íntimos de cada uno modulan los proyectos colectivos. En la ciudad el héroe es el personaje de Chandler que responde a la señora que le dice que es un duro pero con un fondo de ternura: "Si no fuera duro, señora, no estaría vivo, y si no pudiera ser tierno, no merecería estarlo".
La ciudad como metáfora de la cultura democrática igualitaria nos interesa especialmente, pues permite enfatizar algo que es común o necesario a ambas: la dimensión sentimental y sensual, cordial y amorosa, individualizadora y cooperativa, plural y homogeneizadora, protectora y securizante, incierta y sorprendente, transgresora y misteriosa. Y también porque vivimos una época en la que no es casual que ciudad física, densa, diversa y democratización ciudadana sean una promesa incumplida; ambas parece que se nos pierden cuando más ilusiones ofrece el discurso, como si se disolvieran en el espacio público, en sentido material y cultural. Si la ciudad es el ámbito generador de la innovación y del cambio, es, en consecuencia, el humus en el que la democratización vive y se desarrolla, en tanto que fuerza con vocación de crear futuros posibles y de promover acciones presentes. La ciudad es a la vez pasado, presente y futuro del progreso. Y el hecho de no tener un proyecto y de que exista una acción constante de construcción de la ciudad, que se nos hace y se nos deshace cada día, es un lento suicidio de la democracia y del progresismo.
Asistimos hoy a un lento proceso de disolución de la ciudad. La revolución urbana que vivimos es una de las principales expresiones de nuestra época. No nos extenderemos sobre una temática ampliamente tratada, incluso por el autor de esta nota (2, Borja, 2004). Las nuevas regiones metropolitanas cuestionan nuestra idea de ciudad: son vastos territorios de urbanización discontinua, fragmentada en unos casos, difusa en otros, sin límites precisos, con escasos referentes físicos y simbólicos que marquen el territorio, de espacios públicos pobres y sometidos a potentes dinámicas privatizadoras, caracterizada por la segregación social y la especialización funcional a gran escala y por centralidades "gentrificadas" (clasistas) o "museificadas", convertidas en parques temáticos o estratificadas por las ofertas de consumo. Esta ciudad, o "no ciudad" como diría Marc Augé (3 , 1994), es a la vez expresión y reproducción de una sociedad heterogénea y compartimentada (o "guetizada"), es decir, mal cohesionada. Las promesas que conlleva la revolución urbana, especialmente la maximización de la autonomía individual, están solamente al alcance de una minoría. La multiplicación de las ofertas de trabajo, residencia, cultura, formación, ocio, etc., requieren un relativo alto nivel de ingresos y de información, así como disponer de un derecho efectivo a la movilidad y a la inserción en redes telemáticas. Las relaciones sociales para una minoría se extienden y son menos dependientes del trabajo y de la residencia, pero para una mayoría se han empobrecido, debido a la precarización del trabajo, el tiempo gastado en la movilidad cotidiana, la segregación social a una escala territorial mayor y discontinua y el empobrecimiento del espacio público relacional (4 , Amendola, 2000; Ascher, 1995 y 2003; Borja, 2007; Harvey, 2008).
Barcelona, en este ambiente que profetizaba la "muerte de la ciudad" (5 , Choay, 1994), emergió en los años ochenta y noventa del siglo recién acabado como la promesa renovada de la ciudad moderna y democrática. ¿Es hoy aún un referente urbano global o ha sido una estrella fugaz en este firmamento y actualmente es una realidad local de nuevo banalizada?
La crítica urbana y la ley del péndulo
La literatura sobre la transformación de la ciudad es muy numerosa, conocida y en gran parte elogiosa, y en este amasijo los textos oficiales del Ayuntamiento se confunden con los libros y artículos de revistas de expertos europeos y americanos. Durante dos décadas, desde mediados de los ochenta hasta el Fórum Universal de las Culturas de 2004, el discurso urbano sobre Barcelona es positivo, autosatisfecho en la producción local y algo cortesano cuando se trata de autores extranjeros que fueron bien recibidos y atendidos. Pero es indiscutible que este discurso no se hacía sobre el vacío: la transformación de la ciudad, la calidad de los espacios públicos, el renacimiento económico y cultural y el consenso ciudadano eran visibles. No todo era perfecto, pero las luces eran tan fuertes y novedosas que no se apercibían las sombras. Como hay una especie de ley del péndulo de la crítica, con el cambio de siglo se multiplicaron las visiones críticas, la mayoría más o menos matizadas, la minoría radicalmente críticas. Un análisis sintético y muy equilibrado lo ofreció el geógrafo Horacio Capel (El modelo Barcelona, un examen crítico, 2005). En el ámbito internacional, entre otros, el profesor británico Tim Marshall (Transforming Barcelona, 2004, que recoge un conjunto de textos relativamente críticos en su mayoría). También la revista Domus (2005) y, más tarde, la revista Área (2007) en sendos y extensos dossiers sobre Barcelona rompieron el fuego de la crítica internacional, en italiano y en inglés, pero con bastante moderación y pluralismo. Otras publicaciones, conocedoras de la ciudad, han mantenido un juicio positivo pero con reservas, como las francesas Traits Urbains (2007) y Projet Urbain (1998). Es curioso, en cambio, el entusiasmo del americano P.G.Rowe (Building Barcelona, 2006), aunque en este caso el visitante, como antes Ken Hughes, fue seducido, y en su caso editado, por los profesionales y las instituciones locales. En Barcelona el Fórum radicalizó las críticas de matriz antisistémica (Delgado, Elogi del vianant, 2004, y La ciudad mentirosa, 2007; Unió Temporal d'Escribes, Barcelona marca registrada, 2004; Varios autores, La otra cara del Fórum de las culturas, 2004), a las que recientemente se añadió una crítica hiperculturalista (Resina, 2008). Quizás es más significativo que en estos años se hayan convertido en críticos aquellos que habían defendido el urbanismo de los ochenta y noventa (como J.M. Montaner en sus numerosos artículos en la prensa y en revistas, y Borja y Muxí en el libro Urbanismo del siglo XXI, las grandes ciudades españolas, Borja y Muxí eds., 2004, o, también, en el informe sobre El model Barcelona. Debat sobre l'ocàs d'un urbanisme de consens, publicado en esta revista, 2007) (6). Hay que destacar la línea crítica que conjuga la reflexión general con el análisis de casos concretos de la revista La Veu del Carrer y de los Quaderns del Carrer (Federació d'Associació de Veïns de Barcelona, ver referencia más adelante).
No compartimos del todo la idea de que hay un urbanismo globalmente bueno que va desde la transición hasta después de los Juegos Olímpicos y otro globalmente negativo que se podría iniciar con los new projects (1994) y las polémicas operaciones Diagonal Mar y Fórum 2004. Tampoco nos parece un discurso satisfactorio el énfasis, sobre todo en los medios del gobierno municipal, en la "continuidad" de todo el urbanismo de la democracia, pues se sobrentiende que se trata de un proceso acumulativo en el que las discontinuidades y las contradicciones no existen. Si bien hay argumentos para defender ambas posiciones, nos parece que no nos proporcionan una explicación suficiente. Hay elementos de continuidad y otros de ruptura. Hay errores y, especialmente omisiones, que ya se dieron en los ochenta (en vivienda, por ejemplo) y actuaciones positivas dignas de lo mejor del período preolímpico, de la última década del siglo pasado y de la primera de este (Nou Barris, Ciutat Vella, el planteamiento de 22@). Es perceptible una relativa satisfacción ciudadana unida a un creciente malestar difuso. La realidad es gris, ni blanca ni negra, como contestó una vez Churchill a un diputado opositor que había presentado un cuadro catastrófico de las condiciones de vida de gran parte de la población británica a inicios de los años cincuenta ("Usted tiene razón en lo que dice, todo esto existe, pero no es todo, la realidad es como una chaqueta gris; usted solo ha mostrado los hilos negros, la chaqueta se ha quedado blanca"). Si solo se expone el blanco o si solo se denuncia el negro, se corre el riesgo de que el lector se quede con la parte del cuadro que no se ha presentado. Por ello este artículo pretende presentar luces y sombras de nuestra realidad urbana a lo largo de los últimos treinta años.
Apropiación y desposesión de la ciudad
Barcelona se ha transformado muy deprisa en los últimos veinticinco años. Los ciudadanos se apropian de su ciudad lentamente, progresivamente, la hacen suya conquistándola en el presente, sumergiéndose en su pasado, participando en su progreso hacia el futuro. Los cambios rápidos, promovidos por dinámicas sociales que les superan, por voluntades políticas ambiciosas que les convierten en espectadores, por circunstancias históricas aceleradas, generan tanta perplejidad como ilusión, algunas expectativas positivas, pero también incertidumbres y ansiedades, cuando no frustraciones.
La ciudad es un espacio que contiene el tiempo, y borrar las huellas del mismo es un empobrecimiento colectivo que llevado al límite significa la muerte de la ciudad. La arquitectura sin historia, no integrada a sus entornos, no vitalizada por un uso social intenso y diverso, es un cuerpo inerte, es arquitectura-cementerio (7, Ingersoll, 1996). El corazón, los sentimientos y las emociones de los ciudadanos expresan el flujo vital necesario entre continentes y contenidos de la vida ciudadana. La ciudad existe en la medida en que sus habitantes se apropian de ella, progresa por la interacción entre personas y grupos distintos que desarrollan algunas pautas y lenguajes comunes. En la ciudad la cohesión es a la vez un proceso sociocultural y otro que es el de la apropiación del sentido invisible que los ciudadanos atribuyen a los referentes físicos que marcan simbólicamente el territorio.
En Barcelona (y en muchas otras ciudades catalanas y del resto de España) se generó en los años setenta un interesante proceso de reapropiación de la ciudad por parte de sus habitantes. La dictadura, al terminar la guerra civil, se apropió del espacio público, el elemento definitorio de la ciudad, la condición de ciudadanía. Tres personas juntas en un espacio abierto podían ser disueltas o detenidas, una reunión familiar de más de veinte personas en un local cerrado debía ser autorizada por el Gobierno Civil. Progresivamente los ciudadanos fueron ocupando el espacio urbano para hacerlo público, de uso colectivo, polivalente. Fue un proceso lento, casi imperceptible en los años cuarenta e intermitente, festivo y cultural en los cincuenta. En los sesenta la socialización y el asociacionismo se hicieron más presentes y se expresaron esporádicamente reivindicativos. En los setenta el movimiento social de los barrios se apoya en estructuras organizadas (asociaciones vecinales principalmente) y en una visión crítica del urbanismo oficial, expresa protestas y demandas, propone alternativas. Barrios centrales y barrios periféricos, colectivos sociales arraigados en barrios tradicionales y poblaciones venidas del resto de España que habitan en barrios que acumulan déficits, incluso de autoconstrucción y sin urbanización básica: en todos ellos se generan procesos de reapropiación del espacio que se convierte en espacio público, en sentido físico y también en su acepción política. La apropiación fue fruto de un movimiento de oposición y reivindicación, encontró en la crítica urbana que desarrollaron los sectores profesionales progresistas un apoyo y una legitimación, los habitantes se hicieron ciudadanos, no por ser titulares a priori de derechos, sino por su capacidad de conquistarlos de facto, aunque fuera por interiorizarlos como legítimos, frente al orden político y jurídico excluyente (8, Federación de Asociaciones de Vecinos de Madrid, 2009).
A lo largo de la transición y en los primeros años de la democracia los ciudadanos consolidaron su protagonismo, o por lo menos así lo vivieron. Pudieron expresarse colectivamente en cada barrio, votaron a sus representantes, que en muchos casos les eran próximos y les escuchaban, sus reivindicaciones orientaron gran parte de las políticas públicas, participaron del éxito de la candidatura olímpica, se identificaron con las grandes obras de entonces y vivieron con orgullo la celebración de los Juegos Olímpicos. Fue el momento culminante del proceso de apropiación de la ciudad por sus habitantes. Ya se sabe que, una vez en la cima, el siguiente paso es bajar, volver a la tierra baja, donde dominan los grises.
La ciudad de los años noventa había consolidado sus cambios: el marco físico en muchas zonas ofrecía un nuevo aspecto, se había hecho cotidiano, pero aún no se podía sentir como propio. También eran nuevos los comportamientos; ocupaba la escena una nueva generación que no había vivido en el franquismo, que desconocía la ciudad sórdida del pasado, el lento acceso a la ciudadanía de los mayores. Pronto afluyeron los turistas y luego los inmigrantes. Los promotores privados, tan poco presentes en los años setenta y ochenta, multiplicaban sus intervenciones y se permitían abusos que indicaban que el gobierno municipal solo controlaba a medias el nuevo urbanismo (recuérdese la lamentable recalificación del viejo campo de Sarrià). Empezaba a nacer un cierto sentimiento de desposesión.
"La ciudad cambia más deprisa que el corazón de sus habitantes", dijo, aproximadamente, Baudelaire, uno de los más sensibles observadores de la ciudad moderna. Barcelona, su gente, empezó a sentir un cierto malestar urbano, que con el tiempo se ha acentuado; a pesar de que tanto los indicadores objetivos como las encuestas indican un grado de satisfacción global bastante estable, algunas entrevistas en profundidad revelan inquietudes, incertidumbres, miedos y desconfianza. El encanto de los años ochenta, el momento mágico del 92, el consenso activo que tuvo el urbanismo de entonces era ya pasado. No hay duda de que la ciudad es hoy reconocida mundialmente como muy atractiva y ello debe redundar en la autoestima de los ciudadanos. Y tampoco es exagerado afirmar que ofrece una calidad de vida a sus habitantes, que la colocan en los primeros puestos del ranking europeo. Sin embargo el placer de vivir aquí es agridulce, se es más sensible a los problemas cotidianos que a los nuevos proyectos urbanos, los cuales, con frecuencia, ni por su concepción ni su arquitectura generan el entusiasmo o el asentimiento de los de antes. El éxito en lo global -pues a pesar de las críticas, la ciudad conserva una buena imagen- no se reproduce en el ámbito local.
Un factor explicativo, aunque no el único, es el citado sentimiento de desposesión (9, Borja, Quórum, 2005). Los ciudadanos se sienten progresivamente desposeídos de su ciudad. Los grandes proyectos no parecen hechos para ellos, por ejemplo, el Fórum). La discutible "arquitectura de objetos singulares" no es aún un elemento identitario: véase el polémico -interesante pero ¡qué mal que cae en el suelo!- edificio Agbar de Nouvel en la desgraciada plaza de las Glòries. La ciudad "central", histórica, monumental y cívica -véase la Rambla- es ocupada por turistas y por las "atracciones" a ellos destinadas: comercios-souvenir, fast food very typical, estatuas humanas y pseudoartesanías globalizadas. Algunas transformaciones en los barrios tradicionales son percibidas por los colectivos sociales más sensibles, con más o menos razón, como operaciones de prestigio o de negocio poco acordes con las necesidades y demandas de la población residente: en el Poblenou-Besòs, en Sant Andreu-Sagrera, en Les Corts, en algunas zonas del Eixample. La inmigración concentrada en barrios visibles, Ciutat Vella especialmente, refuerza involuntariamente este sentimiento de desposesión, a pesar de que contribuye a su manera a revitalizar áreas degradadas y crea unos interesantes ámbitos de diversidad. No hay duda de que en los barrios citados se han producido cambios positivos notables respecto al pasado y también que en algunos casos las reacciones sociales tienen un componente excluyente, como fueron las reacciones sociales respecto a los oratorios musulmanes o a los centros de atención de drogadictos. La mejor calidad de vida se ha "naturalizado" y ahora emerge también la cultura del "no en mi patio trasero". Sin embargo, cuando los ciudadanos han podido reivindicar el proceso de cambio y participar en él, en Nou Barris, en el Poblenou histórico, se ha superado o no se ha desarrollado el sentimiento de desposesión.
De la desposesión a la reconquista
En los territorios donde se han manifestado más abiertamente las contradicciones de estos procesos de cambio se ha producido tanto un renacimiento innovador del movimiento asociativo como una efervescencia de debates más o menos críticos en el plano intelectual, profesional y político (10). La desposesión ha sido seguida por una lenta reconquista del entorno por parte de minorías activas de la ciudadanía. Todo ello en términos muy relativos puesto que el debate político-intelectual crítico y la movilización social no ha alcanzado ni mucho menos la importancia que tuvo en los años setenta, pero, en cambio, la tendencia es creciente. Y en los procesos colectivos la tendencia es más importante que el nivel alcanzado en un momento dado.
La conflictividad urbana es muy diversa y en algunos aspectos responde a valores e intereses antagónicos. En unos casos puede ser conservadora, incluso insolidaria, al expresar una oposición a una intervención pública de interés ciudadano o a favor de sectores de población excluida: el caso de la narcosala de Vall d'Hebron, el rechazo de oratorios musulmanes, la peatonalización de una calle o el rechazo de equipamientos o locales de ocio que causan molestias inherentes a su lógica localización (por ejemplo, La Paloma). Pero la mayoría de los conflictos son propios de la cultura ciudadana democrática aunque partan de intereses de base muy local. Es el caso de los habitantes del Carmel afectados por el hundimiento de sus viviendas, o del abandono durante años del forat de la vergonya en Ciutat Vella. En otros casos, la oposición a un proyecto urbanístico se justifica por considerar que causa perjuicios a los habitantes o al conjunto de la ciudad y que no responde a sus demandas sociales: hoteles de lujo en tejidos residenciales populares o medios, operaciones de alto contenido especulativo como la reconversión del Miniestadi en conjunto de viviendas (el 60% de mercado libre), o la demolición de elementos identitarios para facilitar una operación inmobiliaria (como Can Ricart en el Poblenou). También causan irritación y protestas actuaciones públicas o privadas ostentosas, propagandísticas, a veces propias de nuevo rico: la arquitectura urbana gratuita, tanto de autores locales (plaza Lesseps, edificio de Gas Natural en la Barceloneta) como de divinos globales (Ghery en Sagrera, Nouvel en Poblenou). Hay un cierto cansancio ciudadano respecto a las campañas publicitarias municipales, que pasaron del acierto del "Barcelona més que mai", cuando se quiso estimular la autoestima a la vez que se iniciaba un proceso de cambio visible y deseado en toda la ciudad, a los eslóganes recientes, similares pero en un momento en que las circunstancias han cambiado, con lo cual lo que antes tenía sentido, ahora, en la Barcelona actual, cae en el vacío, como la película perpetrada por Woody Allen, cuyo éxito internacional no es óbice para que sea considerada una de las peores obras del cine de todos los tiempos y no justifica que recibiera una importante subvención pública (un millón de euros).
Sea cual sea el carácter de la protesta de rechazo a una iniciativa pública o privada o la reivindicación ante un déficit del barrio, los movimientos vecinales tienen siempre una dimensión positiva, expresan una necesidad, una voluntad de intervenir en la construcción o protección de la ciudad; quizás no siempre tienen razón, pero siempre tienen razones que hay que escuchar. Estos movimientos adquieren con frecuencia una dimensión ciudadana, bien por su fuerza o continuidad o bien por su potencial de generalización. Y refuerzan el asociacionismo y la coordinación de los movimientos, generando incluso nuevas formas de organización que, a su vez, impactan en el conjunto de la política ciudadana. En algunos casos han generado plataformas que han renovado los objetivos y las formas de acción de los movimientos ciudadanos, como la del derecho a la vivienda o la del derecho al transporte público.
El movimiento asociativo de base territorial no solo ha implicado a las asociaciones de vecinos, sino también a otras entidades, antiguas o de reciente creación, a colectivos informales y a ciudadanos que se han movilizado regularmente para debates o acciones reivindicativas o de protesta. Lo que nos llama especialmente la atención son dos aspectos: primero, la capacidad para construir plataformas o coordinadoras que reúnen a barrios contiguos que se enfrentan a la misma situación (y oportunidad) de cambio, así como la aparición de nuevos liderazgos, y, segundo, la capacidad de construir un discurso crítico y propositivo que, para oponerse a algunos de los proyectos y actuaciones del presente, utiliza, muchas veces con inteligencia, los valores que orientaron y legitimaron el urbanismo barcelonés de la democracia.
Este discurso crítico nos parece que se sustenta en la crítica a la desposesión o, si lo prefieren, en la aspiración a la reapropiación del territorio, de su identidad y de su cohesión. Del Raval a La Mina, del Poblenou a Sant Andreu, del Maresme a la Sagrera, aparecen los mismos temas. La vivienda (para los residentes y sus familias, además de las destinadas a otras demandas) y los equipamientos y servicios locales, es decir, destinados a la población del territorio. La calidad del espacio público, su ampliación y mantenimiento, la convivencia y la seguridad en un sentido amplio. La supresión de las fronteras, visibles e invisibles, la articulación de las distintas partes del territorio, la accesibilidad y la visibilidad del conjunto. La formación de la población para nuevas o renovadas actividades y los programas sociales integradores. La preservación de los elementos identitarios, del patrimonio físico y cultural, de las tramas y de las relaciones sociales. La denuncia del urbanismo especulativo, del negocio a cualquier coste colectivo, de la ruptura de las continuidades de la trama de la ciudad compacta (las torres aisladas, la arquitectura aparatosa, la fragmentación y segregación urbanas, la ausencia de proyectos de calidad destinados al ámbito local -y no al público "externo"-). El discurso sobre los derechos ciudadanos se hace más complejo, la reivindicación vecinal inmediata y casi particularista se combina con el discurso sobre el proyecto de ciudad, casi de vida. Se asume la confrontación cívico-política, se pide diálogo y concertación a las administraciones públicas, se denuncia la arrogancia del poder, se recupera y se desarrolla el discurso participativo.
Este renacimiento asociativo encuentra apoyo y legitimación en la progresiva crítica intelectual y profesional a algunos de los proyectos urbanos más significativos de la última década, a su concepción en unos casos y a su implementación en otros. Aunque la importancia de los encargos públicos limita considerablemente la capacidad crítica de los profesionales más relevantes o conocidos. Veamos algunos casos para terminar esta reflexión sobre el movimiento ciudadano.
En Ciutat Vella ha prevalecido una crítica muy ideológica y minoritaria, denunciadora de una "gentrificación" relativamente modesta y de algunos proyectos considerados "especulativos" mientras que la población se preocupa de problemáticas más inmediatas (y, si me lo permiten, más reales) sobre la vivienda, la pobreza, la limpieza y la seguridad y la convivencia entre distintos tipos de población.
En Sant Andreu-Sagrera el debate ha sido hasta ahora entre instituciones por una parte (proyecto Estación Sagrera) y entre vecinos y Ayuntamiento por otra (urbanismo local: equipamientos y vivienda). Ahora, ante el desarrollo del Plan Sant Andreu-Sagrera, el debate intelectual y profesional adquirirá mayor relevancia, como ya ha ocurrido en Poblenou-Besòs, con el intenso debate crítico sobre el Fórum, la fragmentación de los planes y actuaciones en la zona sudeste (Sud-oest Besòs, La Mina, La Catalana, Llull-Taulat), el desarrollo indeciso del 22@, el patrimonio industrial, la recuperación de oficios y habilidades para la renovación económica, las tramas urbanas y la inserción del urbanismo de torres, etc.
En Les Corts el conflicto enfrenta dos "sociedades civiles" con intereses opuestos: el Futbol Club Barcelona, entidad ciudadana que es un factor importante de la calidad de nuestra oferta urbana, y la plataforma de entidades de la zona. El club quiere hacer una operación inmobiliaria que justifica por la necesidad de mejorar unos equipamientos deportivos de interés general. Las entidades vecinales defienden el carácter también residencial de un barrio de sectores medios al que le faltan equipamientos y quieren limitar la operación inmobiliaria de nuevas viviendas destinadas al mercado libre. En este caso, el gobierno de la ciudad hace de mediador y poco más.
En Nou Barris la existencia de una red asociativa potente ha permitido que la relación con el gobierno municipal se planteara entre fuerzas relativamente equilibradas y, en consecuencia, las distintas situaciones conflictivas que se han generado han tenido una salida negociada: diseño de los espacios públicos y nuevos equipamientos, construcción de un gran aparcamiento para evitar que se utilice el espacio público para este fin, rehabilitación del parque de viviendas, etc. Es una de las zonas de la ciudad en las que el movimiento vecinal ha afrontado problemas difíciles con creatividad y eficacia: la conversión de la Planta Asfáltica en ateneo popular y escuela de circo (en el inicio para colectivos juveniles en situación de riesgo) o la convivencia entre el vecindario arraigado y los nuevos inmigrantes (asociación Nou Barris Acull). (11)
En definitiva, vivimos un momento de confrontación de valores culturales, de políticas y derechos ciudadanos, de modelos urbanos, de modos de gestión y de participación. En resumen, la arquitectura for export ha sustituido al urbanismo ciudadano. La ciudad se ha hecho "global" y los ciudadanos "locales" se sienten expropiados.
Conclusión: la ciudadanía como conquista
Permítanme que para terminar vuelva de nuevo al tema de la desposesión y de la reapropiación del territorio por parte de los ciudadanos. Las contradicciones de la urbanización necesariamente derivan en conflictos, puesto que en la ciudad se confrontan valores e intereses, aspiraciones colectivas generosas y comportamientos defensivos particularistas.
Las demandas se multiplican ad infinitum: las demandas de vivienda para los residentes, de equipamientos y servicios para el barrio; de accesibilidad y de visibilidad externas y de integración interna, de preservación de tramas y edificios; de recuperación (modernizada) de actividades y de oficios; de valorización de la imagen, las tramas, la monumentalidad y la cultura urbana específicas del barrio o de la zona, etc. Las demandas y las críticas pueden tener con frecuencia un sabor muy "localista", de campanario, de querer mantener o conseguir unas ventajas de posición, de inmovilismo incluso, de rancio tradicionalismo a veces. Puede ser, pero no siempre es así, y sea lo que sea no solo hay que tenerlo en cuenta, sino que hay que convertirlo en fuerza positiva.
Todo ello, las críticas, las reivindicaciones, responden evidentemente a necesidades particulares y colectivas inmediatas, y en muchos casos también a una cierta resistencia al cambio debido a la adhesión a un pasado más o menos idealizado y por las incertidumbres y los temores respecto al futuro. Pero estas necesidades, estos sentimientos de adhesión a elementos del pasado, estos miedos al futuro, no solo son comprensibles y legítimos, sino que también pueden ser un factor de transformación, de movilización y de integración positivas.
Las reacciones sociales y las críticas intelectuales que hemos relatado sintéticamente expresan un malestar ante una desposesión que no por el hecho de ser vivida subjetivamente deja de tener aspectos muy reales, muy "objetivos", que cuestionan, por lo menos en parte, las políticas públicas y en especial el urbanismo barcelonés reciente. Se hace "ciudad" hacia fuera, para consumidores externos.
Se hace urbanismo buscando inversores que elaboren proyectos para demandas solventes que fragmentan la ciudad y la sociedad. Se ha tenido poca sensibilidad hacia el patrimonio físico y social, en especial a lo que es la herencia de la sociedad industrial y de la Barcelona trabajadora. Se ha mantenido la dicotomía entre la ciudad-municipio y la ciudad metropolitana, con lo cual las migraciones de los jóvenes hacia los municipios del entorno se viven como expulsión, como deportación. Se ha exagerado hasta la saciedad la arquitectura espectáculo y el discurso triunfalista. Se ha tardado mucho -y se han perdido gran parte de las oportunidades posibles- en plantearse la cuestión de la vivienda en la ciudad. El poder político municipal se ha caracterizado por su escasa capacidad de autocrítica, mal sustituida por la autosatisfacción y la arrogancia y por una progresiva dificultad para abrir espacios de diálogo abierto con los colectivos sociales, hasta el extremo de que, en ciertos casos, se ha hablado de autismo oficial.
Ahora se quiere volver a los barrios. Nunca es tarde si la intención es buena, aunque este retorno puede confundirse con el electoralismo. Estar cerca con la sonrisa preparada según las recetas a la moda del "talante". Sin embargo, el difuso malestar urbano y el renacido ambiente crítico requieren algunas respuestas que no dependen únicamente de estas amables intenciones municipales.
Si aceptamos la hipótesis de la desposesión, es legítimo y necesario plantearse entonces la movilización social y las consiguientes respuestas políticas para hacer posible la reapropiación. Y para que esta dialéctica no se resuelva únicamente en función de relaciones de fuerza locales con el riesgo de la arbitrariedad y del trato diferenciado, es necesario replantearse los derechos de la ciudadanía. Se trata de desarrollar conceptos como el derecho a la ciudad, al lugar, a permanecer allí donde se eligió vivir, al espacio público, a un entorno que transmita certidumbres y sentidos, a la movilidad, a la centralidad, a la formación continuada, a la identidad sociocultural específica, al salario ciudadano, a la participación deliberante y al control social de la gestión urbana.
Hoy los ciudadanos se plantean demandas y reivindicaciones que para ellos son vitales, que forman parte de su proyecto de vida y de su forma de ser ciudadanos, pero que no tienen casi nunca un marco legal en el que sustentarse, puesto que en el mejor de los casos se trata de derechos programáticos genéricos y, por lo tanto, muy interpretables.
Mientras tanto, conviene insistir en algo que nos parece fundamental en nuestra época: la importancia de la resistencia a la globalización mercantilista, dominada por gobiernos imperialistas y empresas multinacionales sin otra alma que el negocio, caracterizada por procesos culturales homogeneizadores y empobrecedores y por procesos políticos cada vez más alejados de ciudadanos y territorios. Una resistencia que encuentra su base de apoyo en los ámbitos locales, en los lugares con significado, en las ciudades complejas, que poseen, reconstruyen y reutilizan la memoria, la identidad y la cohesión sociocultural. Estos espacios de esperanza (12), si son complejos y cohesionados, podrán ser dinámicos e integradores.
La ciudad se presenta con frecuencia como "el problema" y los medios de comunicación refuerzan esta supuesta fatalidad derivada de los "excesos" de tamaño y de población. Durante unos meses me fijé en titulares de periódicos solventes de España, Francia y Reino Unido. Los calificativos más frecuentes eran: la ciudad infinita, insostenible, ingobernable, violenta, caótica... incluso "asesina" (en El País). The Economist publicó una portada hace unos años de fondo negro y grandes letras que decían "The hell is the city" (la ciudad es el infierno). Jaime Lerner (13) acuñó una respuesta afortunada: la ciudad no es el problema, es la solución, es desde donde se pueden afrontar los problemas más directamente. Por dos razones, nos permitimos añadir: la primera, los problemas aparecen mezclados, interdependientes, y es posible y necesario, como dice el propio Lerner, que los gobiernos locales los afronten como problemáticas integrales, "un proyecto o cualquier actuación urbana no debe servir para resolver un problema, sino varios problemas a la vez". Y, segunda razón, el potencial de exigencia concreta de los ciudadanos de ver reconocidos y materializados sus derechos. Las libertades se conquistan primero en la ciudad.
La cuestión clave en nuestra época es, pues, reconstruir el concepto de ciudadanía entendido como status que confiere derechos (y deberes, tema complementario, pero que no es objeto de este trabajo) y como proceso de exigencia colectiva que los legitima, los "legaliza" y, sobre todo, busca su realización mediante las políticas públicas.
Si la ciudad actual es hoy una realidad nueva, los derechos ciudadanos también deben renovarse (14). En el caso de Barcelona la democracia ciudadana es imperfecta, puesto que no consideró los efectos perversos o no deseados del exitoso urbanismo de los ochenta y noventa, por las dinámicas excluyentes del mercado y por la incapacidad de los poderes públicos de plantear políticas integradoras de ámbito metropolitano. El progreso en el futuro inmediato dependerá más de la fuerza de la sociedad civil para imponer el reconocimiento efectivo de los derechos ciudadanos que de la iniciativa propia de las instituciones. La ciudadanía nunca se consigue del todo, el progreso genera nuevas contradicciones y desigualdades, pero también las fuerzas para enfrentarse con ellas. La ciudadanía es una conquista permanente.
Notas bibliográficas
1 Dahrendorf, R. (1992). La democrazia in Europa, a cargo de Lucio Caracciolo, con la participación de Geremek, B. y Furet, F. Editori Laterza.
2 Borja, J. (2003). La ciudad conquistada, Alianza ed., Madrid.
3 Augé, M. (1994). Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la modernidad. Ed. Gedisa, Barcelona.
4 Amendola, G. (2000). La ciudad postmoderna. Celeste Ediciones, Madrid.
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5 Choay, F. (1994). "Le regne de l'urbain et la mort de la ville". En La ville. Art en Architecture en Europe 1870/1993. Ed. Centre George Pompidou, París.
6 Capel H. (2005). El modelo Barcelona: un examen crítico. Ediciones del Serbal, Barcelona.
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-(2004). "La mort de la ciutat", conferencia en el ciclo "Traumes urbanes", Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, 8 de julio de 2004.
8 Federación de Asociaciones de Vecinos de Madrid (2009) Memoria ciudadana y movimiento vecinal. Obra colectiva, editores: Vicente Pérez Quintana y Pablo Sánchez León. Ediciones Catarata. Incluye un artículo sobre Barcelona de Borja, J., "El movimiento vecinal en busca de la ciudad futura".
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9 Borja, J. (2005). "Un futur urbà amb un cor antic", en el catálogo de la exposición Quórum. Comisaria: Rosa Pera, ICUB.
10 FAVB (1991, 1998 y 2007): Barcelona i els barris (tres ediciones de un libro-informe sobre los movimientos vecinales; cada una actualiza la anterior). Otras publicaciones de la FAVB: ver la colección de La veu del carrer (revista bimensual) i Quaderns del carrer: números 1, 2 y 3, publicados en 2006, 2007 y 2008)
11 Iglesias, M.; Ciocoletto, A. y Jacques, A.C. (2007). Gent de Nou Barris 1897-2007. Ajuntament de Barcelona.
Pradas, R. (ed.) (2008). Viviendas del Gobernador, epílogo de Borja, J. "Nous Barris, de la marginació a la ciutadania". Ed. Generalitat de Catalunya.
12 Harvey, D. (2003). Espacios de esperanza, Ediciones Akal, Madrid.
13 Jaime Lerner fue a lo largo de tres mandatos el exitoso prefeito de Curitiba (Brasil) y posteriormente gobernador del estado de Paraná. Ha sido también presidente de la Unión Internacional de Arquitectos. Las frases entrecomilladas corresponden a sus intervenciones en coloquios compartidos.
14 Borja, J. (2004). Los derechos ciudadanos. Estudios, nº 51. Fundación Alternativas. Madrid. Incluye una amplia bibliografía.
Verano (julio - septiembre) 2009

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