
Sobre turistas y turismo
Texto Jeffrey Swartz Crítico de arte
Pese a su importancia, el sector turístico no ha merecido hasta ahora la reflexión teórica que le corresponde. Habría que preguntarse porqué los países pioneros en dar la bienvenida al turista no son los que generan los discursos más incisivos sobre el fenómeno.
Sin llegar a plantear un cambio radical en las políticas turísticas del país o una reconversión económica que permitiera prescindir del turismo como importante fuente de ingresos, durante los últimos años se ha desarrollado un discurso más crítico con las formas y consecuencias de un sector que ha desempeñado un papel fundamental en la identidad de la España contemporánea. Con la exposición Tour-ismes en la Fundació Tàpies en el año 2004, o con los números monográficos dedicados al tema de otros foros de pensamiento -la revista Transversal (2007) de Lleida, o la publicación Nexus (2005-2006), de la Fundació Caixa de Catalunya- se ha querido profundizar en el significado del turismo para la vida económica, social, cultural y ambiental del país. Este cuaderno incide en ese debate con la voluntad de asimilar el reto que plantea y de recoger, ya en una fase más madura de intercambio intelectual sobre el tema, algunas opiniones y tendencias de reflexión sobre el turismo contemporáneo, tanto en España como en otras partes del mundo.
España es el segundo país del mundo en número de visitantes extranjeros por motivos turísticos y, en nuestro país, el sector dedicado a la recepción de turistas está mayoritariamente en manos de capital nacional. Esta combinación de turismo masivo e impacto directo (es decir, que los ingresos por turismo se han quedado en España) ha sido desde la década de los sesenta una de las principales razones del crecimiento económico del país. Sólo hay que recordar que los efectos del déficit comercial crónico que sufre España han sido contrarrestados de manera continua por las divisas extranjeras -y ahora europeas- aportadas por los visitantes. Sin embargo, el turismo ha tenido una importante influencia en otros sectores de la economía, como, por ejemplo, en la agricultura, que, gracias a la absorción nacional de su producción, no se ha visto obligada históricamente a abrirse a mercados extranjeros. Más recientemente y de forma más visible también ha influido en el sector de la construcción. Reconocer que la industria turística ha repercutido en la agricultura y en la construcción significa, pues, admitir el notable impacto que ha tenido en la configuración del paisaje español actual, tanto urbano como rural.
Parece contradictorio que la importancia del sector, de la que son conscientes todos los ciudadanos, no haya merecido hasta ahora la reflexión teórica y analítica que le corresponde. Las razones de esta carencia histórica son múltiples, y el hecho de que durante los últimos años se haya intensificado el debate y el estudio de este tema no se debe a la aparición de nuevas realidades, sino a que las existentes se han vuelto más aparentes y acentuadas. Pero primero habría que preguntarse cuál es la razón de que los países pioneros en dar la bienvenida al turista no sean los mismos que generan los discursos más incisivos sobre el hecho turístico en todas sus vertientes.
Una de las razones es la propia naturaleza de la escritura del viaje, cuyo peso siempre ha recaído en el sujeto viajero en detrimento del receptor. La búsqueda es lo que genera el texto, y no el hecho de formar parte pasiva de la experiencia buscada. Recordemos que las palabras turista y turismo se introducen en los idiomas europeos a principios del siglo XIX a medida que se populariza entre las clases acomodadas le grand tour, el viaje de descubrimiento cultural que, normalmente, impulsaba a personas del norte a viajar hacia el sur. La crónica del viaje turístico, como antes los escritos de los peregrinos y descubridores, sólo ocasionalmente se ha interesado por el modo en el que el lugareño percibe el cuerpo extraño del viajero. Del mismo modo, a los antropólogos les ha costado dar forma textual al hecho eminentemente antropológico de su presencia en el medio del otro. Esto no empieza a cambiar hasta la llegada del poscolonialismo y la teorización de la diferencia.
Todos los destinos turísticos se revalorizan en función de la mirada del turista, que puede llegar incluso a debilitar la capacidad del país receptor con respecto al análisis de los efectos y significados del turismo.Durante la fase de iniciación -en lo que se refiere a España, estamos hablando de la época de los años sesenta y setenta-, el entorno que recibe al turista tiende a sorprenderse por las cosas que lo atraen, por los espacios y detalles en los que se fija y por la forma en que gasta su dinero. El turista disfruta de cosas que la gente del lugar suele menospreciar y, de este modo, se abre una brecha entre valores que no se cierra fácilmente. Si, además, el visitante procede de una potencia económica con una cultura solvente y reconocida, su mirada tiene un valor añadido, y su presencia confiere valor a los lugares receptores, ya sean edificios patrimoniales, parajes naturales o playas aptas para el baño, que siguen siendo los espacios más anodinos de todos los destinos turísticos.
Por supuesto, esta operación por la que el turista orienta la escala de valores de la gente local sólo se puede entender partiendo de la desigualdad, ya sea real o meramente percibida. Es más factible atenerse al parecer y a los valores del visitante si la ciudad o comunidad en cuestión parten de un cierto complejo de inferioridad, basado, sobre todo, en desajustes económicos y en imaginería cultural. Las estrategias turísticas ya reflejaban la complejidad de esta relación entre turista y país receptor en los tiempos del franquismo: por una parte, se sacrificaban valores autóctonos, desde la discreción en el vestir y el comportamiento hasta la configuración típica de un pueblo costero; por otra parte, la presencia del turista se utilizaba como arma propagandística con el argumento de que el turismo representaba un voto tácito a favor de las macro y micro políticas del país por parte de los visitantes. Sólo así se podía atender al turista con deferencia y, a la vez, interpretar su presencia desde la supremacía: "tenemos que darle lo que quiere, pero si viene es porque algo estamos haciendo bien".
En manos de la industria turística y las instituciones públicas, esta fórmula se ha mantenido más o menos intacta hasta la actualidad, con el importante matiz de que ahora se empiezan a cuestionar con mayor insistencia las políticas y prácticas que, según argumentan algunos, priorizan los intereses de los turistas por encima de las preocupaciones de la población local y de la sostenibilidad ambiental del territorio.
El cambio de discurso, y los intentos del sector de blindar a sus clientes frente a un tipo de reacción que incluso podría parecer hostil, marcan el estado de la cuestión actual. La industria y las instituciones que le brindan apoyo, que se dedican al marketing de un producto cada vez más complejo, y la profesionalización del servicio se encuentran actualmente con reticencias cada vez mejor articuladas, que han obtenido una respuesta favorable de una parte -eso sí, todavía minoritaria- de la opinión pública. Pero no sabemos exactamente por qué se ha llegado a este punto justo ahora, ya que muchos de los efectos negativos que se denuncian -la especulación urbanística, el abuso ambiental, la proyección de una imagen cultural distorsionada, la banalización de la oferta a favor del turismo de bajo coste- no constituyen en absoluto una novedad. Esta concienciación coincide con una coyuntura que ha convertido a los españoles en viajeros por motivos turísticos apasionados. ¿Es posible que esta capacidad de comparación recientemente formada, la experiencia del viajero buscador y no la del receptor de siempre, haya agudizado la percepción de que en España las cosas se podían y se pueden hacer de otra manera?
Verano (junio - septiembre 2008)

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