
La universidad, ante su crisis
Texto Miquel Caminal Catedrático de Ciencia Política y de la Administración. Universitat de Barcelona
La universidad ha de servir a la sociedad como institución pública, no mediatizada por intereses privados. La autonomía universitaria está en relación con la capacidad de promover el conocimiento por encima y al margen de los intereses particulares dominantes.
Toda institución dedicada a la enseñanza requiere amor al saber y capacidad para transmitirlo. Porque el aprendizaje nace de la curiosidad, de la imaginación y de la motivación por el conocimiento. A su vez no hay conocimiento sin libertad. Libertas perfundet omnia luce, se lee en el escudo de la Universitat de Barcelona. Desde la escuela hasta la universidad, la libertad y el saber van de la mano, impregnándolo todo de luz.
Hay varias maneras de lastimar el amor al saber o bien de mutilar la libertad intelectual. La más fácilmente identificable es la imposición directa de dogmas, de unas verdades intocables, previas a toda actividad intelectual o científica. Cuando se encarcela la curiosidad intelectual la libertad decae y la enseñanza se vuelve adoctrinamiento. Asimismo, hay formas más astutas y tentadoras de minar la libertad intelectual. Por ejemplo, cuando se orienta la enseñanza hacia lo que es más rentable en términos de mercado, más atractivo para el negocio, tanto para quien compra el conocimiento como para quien lo vende. Cuando el conocimiento y la cultura tienen precio de mercado no necesariamente vende el mejor, sino el que se adapta mejor a las reglas del juego. Negocio y cultura siguen así inversos caminos. La Diada de Sant Jordi es un buen ejemplo de esta circunstancia: no venden más los mejores escritores, sino el autor de mayor audiencia mediática (sea escritor o no).
Una universidad libre es una universidad autónoma de toda presión religiosa, ideológica, mercantil o política. Está claro que la universidad no vive en una torre de marfil alejada de la sociedad. Forma parte de la sociedad, pero ha de servirla como institución pública y no como institución mediatizada por intereses privados. Por eso la autonomía universitaria es tan importante. Porque mantiene una relación directa con la capacidad de promover el conocimiento por encima y al margen de los intereses particulares dominantes.
Las universidades acostumbran a ser los lugares donde surgen con mayor fuerza los movimientos por la libertad en las dictaduras. También en las democracias liberales son las universidades las instituciones donde normalmente se originan las respuestas más críticas contra el statu quo dominante, aunque no se debe exagerar esta capacidad contestataria ya que el sistema económico y político cuenta con grandes y poderosos medios para domesticar y someter a la universidad. Así, las universidades de hoy en las sociedades avanzadas van hacia una división up and down. Las universidades down han de obtener titulados para el mercado de trabajo precario al menor coste posible, mientras que las universidades up han de continuar asegurando la renovación (generacional) de las elites. Algo o mucho tiene que ver la actual contrarreforma de grados y masters con esta división en dos de la institución universitaria.
Igualmente, el empobrecimiento de la docencia universitaria está relacionado con esta división discriminatoria de la enseñanza superior. Cada vez más se incentiva a buenos profesores para el abandono de los grados e, incluso, de la docencia con el pretexto de formentar la investigación de excelencia. Al mismo tiempo se olvida un principio fundamental que distingue la escuela de la universidad: el estudiante universitario ya es un adulto con derecho a voto al cual también se le supone iniciativa a la hora de aprender. En la escuela el profesor está más presente, tanto en la formación como en la evaluación y control del aprendizaje. Pero en la universidad los estudiantes no deberían ser tratados como si fuesen adolescentes, con menús preparados para facilitar la digestión y con evaluaciones continuas, como un examen administrado en pequeñas dosis. Quizá como contrapunto habría que tener más presente el modelo germánico de evaluación con sólo uno o dos exámenes generales e interdisciplinarios, que Bosch i Gimpera y Manuel Sacristán defendían como un control global de los conocimientos para otorgar una titulación determinada. En todo caso, entre el modelo germánico y el que se está aplicando (y que se propone impulsar más todavía), hay una distancia sideral. La misma que hay entre una universidad exigente y otra devaluada, que quiere sacarse a los estudiantes de encima, a buen ritmo y al menor coste.
En suma, resulta entre paradójica y cómica la combinación entre la repetida excelencia, que gobernantes y rectores proclaman por doquier, con la no menos repetida exigencia del coste cero para aumentar la oferta universitaria y su calidad. Del mismo modo, se está adoptando una política de segmentación del personal docente e investigador, de reducción de costes de la formación del profesorado, de neurótica competitividad curricular, de controles más burocráticos que reales sobre la dedicación. El efecto resultante es la desmotivación por la falta de incentivación positiva y de reconocimiento de la labor realizada. El silencio del profesorado universitario no es sinónimo de aprobación o de identificación con las políticas universitarias, sino de cansancio, de desesperanza y hasta despreocupación por el futuro de la universidad. Las universidades se han fragmentado en mil pedazos, cada uno de los cuales compite por sobrevivir, como si pudiera haber universidad sin agregación e interdependencia de las partes; sin colaboración interdisciplinaria. Todos somos universidad, unos con los otros, no unos compitiendo contra los otros.
Hace falta un debate en profundidad sobre el punto en que nos encontramos y qué pensamos acerca del estado actual de la universidad en general y de la universidad de Cataluña en particular. En este sentido es positiva la realización del Llibre Blanc de las universidades públicas catalanas (junio de 2008), a pesar de sus insuficiencias y de algunas contradicciones en la definición de un nuevo modelo de universidad catalana. Sin embargo, no habrá un real y democrático debate si éste no cuenta con la implicación de la sociedad, en especial la de todos los sectores de la comunidad universitaria, y no únicamente de quienes la gobiernan.
De ahí la aportación de este cuaderno, que no tiene otra pretensión que promover el debate y el interés por la universidad, así como la defensa de su calidad como institución pública al servicio de toda la ciudadanía. Como coordinador del cuaderno, agradezco las aportaciones de las personas que han colaborado en él. Todas ellas tienen un conocimiento de años de la institución universitaria, y disponen de auctoritas para dar su opinión crítica y al mismo tiempo constructiva. La pluralidad de análisis y la diversidad de temas tratados tienen en común la complicidad de los colaboradores por la universidad pública y autónoma, y un igual compromiso en defensa de su calidad. Un deseo como punto final de esta introducción: la voluntad de no perder la ilusión por la universidad y de contagiarla al lector. Mientras haya universitarios habrá universidad.
Otoño – Invierno (octubre 2008 - marzo 2009)

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