
La universidad, ante su crisis
Texto Joan Tugores Ques Catedrático de Economía y ex rector de la Universitat de Barcelona
Cuando se deja de hablar de calidad para sacralizar la excelencia, como hoy sucede a menudo, se está sacrificando el compromiso de una educación de calidad para amplios segmentos de la población a favor de una concentración de recursos en unas minorías.
En 1994 Paul Krugman publicó un artículo que se hizo merecidamente famoso bajo el título "La competitividad: una obsesión peligrosa". Explicaba con lucidez cómo la preocupación razonable por satisfacer de forma más eficiente las necesidades de los seres humanos -elevando de forma sostenible el nivel de vida de las sociedades en un entorno de creciente incorporación de países y personas a los circuitos económicos internacionales- estaba siendo sustituida por una "retórica de la competitividad" que en la práctica implicaba la apropiación por parte de determinados intereses poderosos de preocupaciones y temores para acabar desviando a su favor recursos (financiación, subsidios, apoyos políticos, etc.), generando unas dinámicas en que al final los intereses generales acababan quedando relegados. Hoy se acepta, en los análisis más serios, que la competitividad es un concepto multifacético que no se limita a responder a presiones a la baja en costes y salarios, sino que incluye aspectos que van desde la calidad institucional hasta unas bases socioculturales que permiten a las sociedades asumir importantes retos colectivos. Incluso el último ranking del World Economic Forum de Davos tiene que reconocer que entre los diez primeros países según su indicador de competitividad figuran siete europeos, entre ellos los nórdicos, caracterizados por unos sistemas de bienestar y cohesión social importantes.
Actualmente, en varios influyentes ámbitos empresariales y académicos es habitual utilizar el binomio de "competitividad + excelencia". ¿Se trata de presentar a la excelencia como la receta mágica que debe inspirar la reforma de los sistemas productivos y educativos, a la vista de las deficiencias acumuladas en las últimas décadas, o por el contrario estamos de nuevo ante una innoble e interesada manipulación de otro noble concepto, siendo por tanto plenamente aplicable también la certera crítica de Krugman? En otras palabras, ¿constituye la insistencia en la retórica de la excelencia y la competitividad en el mundo educativo y especialmente el universitario una importante adecuación a nuevas exigencias y realidades globales o, por el contrario, se está utilizando para tratar de ocultar un retroceso en toda regla respecto a importantes avances en la calidad, alcance y democratización del acceso a niveles crecientes de "capital humano" de sectores cada vez más amplios de las sociedades?
Para contestar a estas preguntas es importante constatar que el tipo de universidad y, en general, el modelo de sistema de educación e innovación que se considere deseable no es una cuestión que pueda ni deba responderse en abstracto. Por el contrario, precisamente por la importancia de la educación en la sociedad del conocimiento, es más crucial que nunca en la historia clarificar qué modelo de sociedad se desea potenciar. Cada opción socioeconómica tiene su modelo de sistema educativo. Planteemos, pues, en primer lugar esta crucial cuestión.
¿Qué universidad para qué sociedad?
Las concepciones de la universidad y la educación no son neutrales. Al respecto es singularmente interesante el análisis de alcance del premio Nobel de Economía Douglass North y varios colaboradores como Wallis y Weingast. Estos autores describen cómo la mayor parte de la historia de la humanidad ha sido lo que denominan un "orden natural" -en el sentido estadístico de lo más frecuente a lo largo de los tiempos- en que unas minorías han detentado el control de los activos más esenciales, desde el poder político hasta la propiedad de los activos económicos más relevantes incluido el acceso a la educación de calidad. Se han utilizado diversos argumentos para mantener limitado a unas élites el acceso a esos activos, desde los designios divinos hasta los necesarios privilegios de "los mejores", fundamentos de las aristocracias, y la imposibilidad de que "hubiese para todos". Los autores citados y otros analistas describen la singularidad de lo sucedido básicamente desde finales del siglo XIX y sobre todo durante el siglo XX, en términos de lo que Ortega calificó de "la rebelión de las masas": se trataría del paso desde esos "órdenes sociales cerrados" hasta un "orden social abierto" en que diversas circunstancias fueron conduciendo a sucesivas ampliaciones de los derechos políticos -dando lugar al sufragio universal- y económicos y sociales, y asimismo a un acceso de segmentos cada vez más amplios de la sociedad a niveles crecientes de educación y formación, incluyendo finalmente la educación universitaria. Este proceso habría permitido la movilización del potencial más amplio de las sociedades, que dio lugar a un período de prosperidad económica sin precedentes históricos, al tiempo que la puesta en marcha en las sociedades avanzadas de sistemas de "sociedad del bienestar" evidenciaba la complementariedad -y no la contraposición- entre eficiencia económica y equidad o cohesión social.
Pero las cosas parecen estar cambiando. La globalización estaría dando lugar a unas potenciales ganancias de eficiencia, pero también a una asimétrica distribución de esos "dividendos de la globalización" cada vez más asumida incluso desde la ortodoxia. Estudios recientes del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial así lo constatan. Pese a las promesas de que la globalización introduciría más competencia en prácticamente todos los sectores, observamos en muchos de ellos procesos de concentración ahora a escala global, que dan lugar a unas nuevas organizaciones con una capacidad de control mayor que nunca, y que, de puertas adentro, tienden además a concentrar de forma jerárquica la capacidad de decisiones estratégicas en unas cúpulas reducidas. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, que prometían una capacidad para "descentralizar" la generación de ideas y riqueza, se estarían convirtiendo más bien en formas de articular organizaciones e instituciones cada vez más verticales. No causan sorpresa, desde ese punto de vista, fenómenos como el "mileurismo" o el estancamiento, cuando no reducción, de los salarios reales en amplios segmentos de la sociedad, incluidos los titulados universitarios.
Y precisamente la respuesta que algunos plantean a esos fenómenos -que se atribuirían a la "sobrecualificación" de nuestra juventud y a la abundancia de titulados procedentes de los países emergentes- es precisamente redefinir las prioridades del sistema educativo para centrarlas -retornando de nuevo al sistema anterior a la "rebelión de las masas"- en las minorías "excelentes", con maquillajes en los sistemas de titulaciones para salvaguardar la apariencia de que amplios sectores de la población siguen accediendo a títulos universitarios. De este modo, esas nuevas reglas y enfoques están siendo el marco en que se estaría produciendo una regresión desde el orden social abierto, laboriosa y eficazmente conseguido en el siglo XX, hacia nuevas y sofisticadas fórmulas de orden social cerrado en que la "excelencia" estaría actuando como un mecanismo de reversión de muchos de los avances en el acceso a la educación de calidad en todos los niveles.
La cuestión crucial, por tanto, es qué tipo de sociedad queremos. Si se acepta que hay que volver a un "orden social cerrado" porque sólo unas minorías - las reducidas y seleccionadas "clases creativas", en la jerga de Richard Florida - son capaces de asumir los retos tecnológicos y organizativos globales, entonces la retórica excelentista es el complemento. Pero si se considera que los avances económicos y sociales conseguidos con las "sociedades abiertas" no tienen parangón histórico y deben ser salvaguardados e, incluso aún más, potenciados, la vía a seguir es la apuesta por un sistema educativo de calidad, que incorpora la imprescindible clarificación de que un sistema sólo es de calidad si llega a una masa crítica importante de la sociedad. No es sólo una discusión "filosófica". Para clarificarla podemos preguntarnos: para el bienestar y progreso de una sociedad ¿qué es más importante: que cada una de las decenas de miles de empresas -una mayoría de ellas medianas y pequeñas- dispongan de buenos ingenieros, químicos, informáticos, economistas, juristas, etc., o por el contrario que esa misma sociedad disponga de un puñado de "campeones nacionales" y/o alguna entidad de investigación con algún potencial o real premio Nobel? No se trata sólo de preguntar en qué tipo de sociedad se preferiría vivir, sino de efectuar comparaciones de eficiencia. Entre otras razones, porque cada vez más estudios evidencian que la mayor parte del éxito internacionalizador de muchos países y territorios se vincula más a una creciente inserción de una masa crítica de empresas en los retos globales, que por una concentración de recursos en esos "campeones" en los que se confía que tengan una presencia creciente, pero que a menudo acaban dependiendo de las conexiones con los poderes políticos. Y antes de que se trate de replicar que la concentración de recursos en entidades de élite tiene a medio plazo unos efectos difusores beneficiosos para el "conjunto del sistema", debemos constatar la frecuente voluntad de "jugar en una liga aparte" de las entidades y personas vinculadas al enfoque excelentista, con limitada o incluso negativa voluntad de interactuar con el resto del sistema..., algo que también reproduce las dinámicas de los precedentes históricos de los "órdenes sociales cerrados".
El futuro de nuestra universidad
Los partidarios de los planteamientos excelentistas, como en el caso de los debates sobre la competitividad, utilizan un punto de partida parcialmente cierto - estructuras productivas obsoletas, deficiencias acumuladas en los sistemas educativos- para reclamar una revisión en profundidad, una "nueva universidad", a la vista de los presuntos excesos a que ha llevado la masificación o democratización del acceso a la educación superior. Suele obviarse en esta parte del análisis que en gran medida las criticadas deficiencias tienen su origen en las notorias insuficiencias de financiación - "tensiones presupuestarias" se denominan con deleite por parte de algunos- propiciadas a menudo por los mismos colectivos que hoy las fustigan. Y, como en el caso de la competitividad analizado por Krugman, la conclusión pretende ser que hay que concentrar los recursos y la valoración social en unas minorías "excelentes" que sí sepan aprovecharlos. La sofisticación y el elevado coste de los equipamientos científico-técnicos estarían siendo uno de los instrumentos utilizados para acorralar financieramente a las universidades, lo que las induce a pasar por las horcas caudinas de importantes renuncias a sus auténticos compromisos.
Cuando se trata de replicar que esta concentración de recursos deja fuera del acceso a una educación de calidad a amplios segmentos de la sociedad, los más sinceros responden con un sonriente encogimiento de hombros, otros incluyen cláusulas de estilo acerca de compromisos sociales en los planes estratégicos, mientras que de facto se generan unos títulos de grado degradados (sic)... que permitan liberar recursos para reasignarlos a favor de las "minorías excelentes". Podría argumentarse que el acceso a los niveles y nuevas instituciones de docencia e investigación está abierto a todos, sin discriminaciones, pero ya se está encargando la aplicación de esos mismos criterios al conjunto del sistema educativo y social -con las subsiguientes ampliaciones en las desigualdades que registran nuestras sociedades- de hacer predecible el resultado final.
En este sentido, para muchos de los que asumimos compromisos con el sistema educativo entre otras razones por la percepción, cierta en su momento, de que constituía probablemente la mejor herramienta para conseguir mejorar al mismo tiempo la eficiencia y la equidad de una sociedad, es especialmente grave -y doloroso- constatar que se están produciendo cambios -que incluso en ocasiones tratan de presentarse de manera lacerante como progresistas, como de futuro- y que de facto significan una pérdida no solo de equidad, sino asimismo a medio plazo de eficiencia. El sistema educativo con el que muchos asumimos compromisos vitales era una poderosa herramienta de movilización de cada vez más potencial de ideas, talento, ilusión, de sectores amplios de la sociedad. Hoy tenemos que ir constatando, ¿resignadamente?, que el sistema educativo vuelve a ser, como en un pasado que parecía superado, un mecanismo de discriminación y amplificación de diferencias, tan falto de equidad como, a medio plazo, de eficiencia.
La gran paradoja de la sociedad del conocimiento es que cuando este activo esencial es potencialmente más accesible a todo el mundo se ponen en marcha mecanismos como los descritos, que lo vuelven a concentrar en unas élites, con voluntad de exclusivismos. Cuando, como sucede actualmente con excesiva frecuencia, se deja de hablar de calidad para sacralizar la excelencia se está, de hecho, sacrificando el compromiso de una educación de calidad para amplios segmentos de la población a favor de una concentración de recursos en unas minorías. Ese es un elevadísimo precio que no suele explicitarse: más bien suele ignorarse o negarse. Y es preciso reiterar que a la hora de valorar ese enorme precio no se trata solo, ni principalmente, de una cuestión de equidad. Es sobre todo, como muestra la historia y como se ha comentado en los párrafos anteriores, una cuestión de modelo de futuro y progreso de las sociedades.
Otoño – Invierno (octubre 2008 - marzo 2009)

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1 beatriz - 25-01-2009 22:29h
muy bueno