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El recurso a la tradición universitaria, ¿mera excusa?

La universidad, ante su crisis

Texto Jordi Casassas Ymbert Catedrático de Historia Contemporánea, UB.

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Encierro de estudiantes de la Universitat de Barcelona, noviembre 2008, como protesta contra el Plan Bolonia.
Foto: Gianluca Battista
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Biblioteca de la Universitat de Barcelona.
Foto: Gianluca Battista

Las anteriores iniciativas de reforma buscaban superar el envaramiento de la universidad oficial, asimilarse a los mejores centros europeos y responder a las exigencias de la sociedad y la cultura catalanas. Pero el proceso actual presenta enfoques nuevos.

El 12 de junio pasado, en sesión solemne celebrada en el paraninfo de la Universitat de Barcelona, se presentó el Llibre blanc de la Universitat de Catalunya ante las autoridades políticas, la sociedad civil y la comunidad universitaria. Desde el planteamiento inicial se parte de la constatación de la larga tradición histórica de la universidad que ahora se quiere reformar, y de los antecedentes más recientes y próximos que deberán dar sentido a la reforma.

       Así, se habla de la universidad europea heredera de una tradición que tiene diez siglos, con lo cual nos encontramos "ante una de las instituciones más antiguas, con más prestigio y con la mayor capacidad de renovación de la historia de la humanidad". Y se precisa, en relación con nuestra universidad, que las reformas se tendrán que hacer "en atención al esfuerzo de la Generalitat republicana con miras a construir una universidad autónoma, innovadora y de calidad" (por ello denominan el proyecto de reforma "de la Universidad de Cataluña").

       Parece que cualquier propuesta de reforma tendría que partir del exacto conocimiento de la realidad a reformar. Y también parece lógico pensar que el peso histórico, el arraigo social y cultural y la densidad, en nuestro caso concreto de la Universitat de Barcelona, determinarán en buena medida que la reforma sea una reforma y no la aplicación de algún idealismo que acabe despersonalizando a la institución todavía más.

       Es sabido que la tradición plurisecular de la universidad en Cataluña, aunque no fuera demasiado brillante, estuvo más de un siglo interrumpida de forma violenta por la creación de una única, descontextualizada y anacrónica Universidad de Cervera. Lo que ya no resulta tan conocido son las circunstancias de su retorno a Barcelona y el proceso de recomposición de la vida universitaria en esta ciudad. Todo aquello se hizo al tormentoso ritmo de la consolidación del liberalismo en España, con un complejo proceso que comenzó oficialmente con la primera "oración inaugural" de curso pronunciada por el filósofo Ramon Martí d'Eixalà en octubre de 1837.

       El ambiente político y social de la ciudad no ayudó mucho; los presupuestos no se traspasaron hasta 1846, cuando también comenzaron a fijarse las primeras plantillas de profesores. Hubo que luchar contra la enorme intromisión de la Iglesia (Concordato de 1851) o contra las dificultades del primer inmueble adjudicado, el del ex convento del Carme, un caserón viejo y nada funcional.

       El problema del edificio marcó esta primera etapa hasta que en 1853 se resolvió construir una sede moderna para la universidad. Pero la iniciativa se demoraba. En ocasión de aprobarse el Plan de Ensanche de Cerdà (1859) se reactivó, y sobre todo con la elección del arquitecto responsable, Elies Rogent (1860), quien acabó los planos en 1862. A pesar de todo, cuando el edificio de la Universitat de Barcelona aún no estaba terminado, lo ocupó el ejército para usarlo como campo de entrenamiento de la artillería (septiembre de 1869), o de acuartelamiento de la infantería y la caballería (1870-1871). Aún en 1877, cuando ya estaba casi terminado el edificio, se usó en parte como sede de una Exposición de Artes Suntuarias Antiguas y Modernas.

       Un hecho significativo: este calvario que duró desde 1862 hasta 1877 -la adecuación de algunos laboratorios es posterior- no ha dejado constancia de queja alguna por parte de las autoridades ni de la sociedad civil de Barcelona. No parece, pues, que tuvieran una especial consideración hacia su primera institución docente.

       Pese a este cúmulo de dificultades que perduraron hasta tan entrado el siglo XIX, mientras las universidades europeas consolidaban sus modernas estructuras, la Universidad Literaria de Barcelona experimentó una cierta consolidación. Entonces destacaron los estudios de medicina, herederos de la rica tradición de las academias que florecieron en la ciudad durante el siglo XVIII; el proceso que condujo a la creación de la Escuela Superior de Arquitectura (1875), o el inicio de los estudios de ingeniería industrial. Para el resto, con la creación de unas primeras escuelas en los campos de la crítica literaria, la filosofía, la filología, el derecho o la economía política, tenemos que buscar el esfuerzo de gente muy dinámica y con un compromiso total con el heterogéneo proceso de la Renaixença catalana.

       Excepciones aparte, la universidad barcelonesa de finales del XIX se consideraba obsoleta, provinciana y alejada del mundo cultural y social circundante. Entre las tentativas de reforma de mayor relevancia debe mencionarse el Segundo Congreso Pedagógico (Barcelona, 1888) y la Segunda Asamblea Universitaria de 1905 (en la primera, realizada en Valencia en 1902, ya se había planteado la reivindicación de la autonomía universitaria). En esta última asamblea barcelonesa, se planteó la necesidad de que el profesorado completara la docencia con la publicación de trabajos científicos, un hecho normal en el modelo alemán de la Universidad Humbolt desde mucho antes.

       Tanto o más importantes que estas iniciativas fueron las procedentes del mundo del naciente catalanismo político, buena parte de cuyos dirigentes eran jóvenes licenciados que conocían perfectamente la institución y sus carencias. A partir de 1900 y a través de la revista Universitat Catalana, se había calentado el ambiente para la celebración del que sería el Primer Congrés Universitari Català, celebrado en 1903. Allí se habló de la libertad de cátedra, del compromiso universitario en la creación del servicio de extensión universitaria -que seguía el modelo francés de las universidades populares introducido cuatro años antes- o de la necesidad de catalanizar la universidad.

       De todos modos, ante la imposibilidad de influir en la universidad oficial, estos sectores catalanistas optaron por crear una universidad paralela, los Estudis Universitaris Catalans (1903), cuyos principales especialistas enseñaban Derecho civil catalán, Lengua catalana, Economía social y política arancelaria, Arte catalán, Literatura catalana, Historia de Cataluña, Geología o Pedagogía. En 1907, con la creación del Institut d'Estudis Catalans, poco después con la creación de la Biblioteca Nacional de Cataluña y la puesta en marcha del programa de pensionados en el extranjero -jóvenes becados en las mejores universidades del mundo para especializarse-, el catalanismo acabará por establecer las bases de la futura modernización del sistema universitario catalán, culminación del gran esfuerzo realizado desde el Ayuntamiento de Barcelona y la Mancomunidad de Cataluña para modernizar la enseñanza primaria y secundaria, movimiento que durante la Segunda República tendría en el Institut Escola su experiencia piloto.

       La aceleración general que se produjo en los años de la Gran Guerra acabaría dando forma y sentido a esta gran movilización, y desembocaría en la celebración del Segon Congrés Universitari Català (1918). En éste se habló de la organización universitaria, de la participación de los estudiantes en la gestión, del establecimiento de diversas categorías de profesorado, de la organización de los seminarios y la adscripción de los doctorandos a ellos, de un nuevo sistema de evaluación por bloques de asignaturas, de la creación de la figura del lector doctor, del establecimiento de los planes docentes, del reglamento del profesorado (en éste se contemplaba la separación de un catedrático del servicio por incapacidad física o intelectual), de la autonomía docente y financiera de la universidad, de la catalanización lingüística (sin limitación de otras lenguas a causa de la naturaleza de la materia o del profesor). Al fin se discutió la propuesta de Francesc Layret: la universidad "debe ser ante todo el órgano propulsor de la cultura catalana" sin lucha alguna con las demás culturas peninsulares. El 2 de diciembre de 1918 se dio a conocer un documento universitario en el cual todo lo discutido en el congreso se traducía en un proyecto articulado.

       Conviene recordar que esta iniciativa contó con la oposición frontal de un muy numeroso contingente de profesores de la propia universidad de Barcelona, que hubo una tentativa de neutralización gubernamental -iniciativa del ministro César Silió, 1919- y la posterior represión sistemática de la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). Como sabemos, sólo con el establecimiento de la República y la Autonomía de Cataluña pudo retomarse la iniciativa que culminaría con la puesta en marcha de la Universitat Autònoma de Catalunya. Así y todo, el cambio no se aceptó de manera unánime y las resistencias siguieron siendo significativas.

       De todos modos, esta universidad catalana y moderna funcionó durante un período, breve y tormentoso, 1933-1939, en cuyo transcurso se produjo el recorte de la autonomía a causa de los acontecimientos de octubre de 1934 y de las lógicas dificultades propias de los años de la Guerra Civil. Hubo tiempo para iniciar la experiencia, pero no se pudo disfrutar de la mínima perspectiva temporal imprescindible para consolidar el nuevo modelo universitario. Todavía mucho más terrible resultó el traumático final de esta experiencia, en enero de 1939. El exilio de los pioneros, la destitución del servicio de muchos profesores, el encarcelamiento de otros y hasta alguna ejecución, la destrucción de cualquier vestigio de autonomía, la aparición de nuevos profesores sin conocimientos ni relación con la comunidad académica ni la cultura del país, etc., son las evidencias del gran golpe que supuso la victoria franquista para la universidad de Cataluña.

       Un cuarto de siglo después, a partir de los años sesenta, la coincidencia de diversos factores permitiría el inicio de un nuevo proceso de recuperación de la universidad en Cataluña, un proceso con frecuencia más subterráneo que abierto, puesto que iba a concretarse durante la vigencia de la universidad centralizada (al margen de la aparición del fenómeno aislado de las universidades autónomas) y de las estructuras represivas de la dictadura. Pero se concretó un ambiente renovador, un grupo de profesores inquietos y un movimiento estudiantil esforzado y esperanzado en que la recuperación de la democracia permitiría la de un espíritu y un modelo universitario basado en la catalanidad, la autonomía, la calidad y la relación con el mundo.

       Sin embargo, la perspectiva histórica nos impone una constatación de una gran fuerza relativizadora, aspecto fundamental al tratarse de una institución como la universitaria: después de más de cien años de ausencia, la universidad de Barcelona invirtió unos cuarenta años para consolidarse e instalarse con lo mínimo imprescindible para funcionar con normalidad. ¡Y ello nos conduce a una fecha tan reciente como 1877! Cuarenta años después, otro movimiento renovador tuvo suficiente empuje como para acabar consolidando un modelo -de vida históricamente insignificante- en armonía con las principales universidades europeas, y profundamente identificado con la cultura del país. Cuarenta años después de aquella experiencia, en los años setenta se sentaron las bases de una recuperación universitaria que permitió una puesta al día bastante espectacular, que alió la propia tradición con la voluntad de asimilación al mundo próximo.

       Pero que nadie se engañe, nuestra historia institucional y humana ha sido lo bastante sincopada y con frecuencia demasiado dramática como para generar una universidad con la solidez, capacidad de resistencia y adaptabilidad de las principales universidades europeas que se han tomado como modelos. Otra vez, al cabo de cuarenta años, podemos arriesgarnos a producir un nuevo reinicio que acabe por despersonalizar un modelo falto de tiempo universitario suficiente para dar sus mejores frutos.

       Como hemos visto hasta aquí, las iniciativas de reforma universitaria precedentes partían de la voluntad de superar el envaramiento de la universidad oficial, de la necesidad de asimilarse a las mejores universidades europeas y de la voluntad de responder como el principal "templo del saber" a las exigencias de la sociedad y la cultura catalanas, hechos todos que ayudaban a crear una gran confluencia de voluntades.

       El proceso de reforma actual introduce nuevos enfoques: la dependencia de los estudios y la investigación a las necesidades e intereses del mercado (lo que se identifica como el vínculo de la universidad con la sociedad); la subordinación (y reglamentación extrema) del proceso educativo a un modelo concebido por unos pedagogos responsables en gran parte de las disfunciones de la enseñanza primaria y secundaria, y una nueva forma de control ("político") de la universidad a través de unos consejos sociales altamente profesionalizados, que parecen responder a un nuevo impulso de la tradicional reserva con la que el poder considera las autonomías, especialmente la universitaria. Todos estos hechos contribuyen a mantener y a acrecentar la individualización de las voluntades.

       Como hemos visto también, la azarosa vida convirtió a nuestra universidad de Cataluña en un cuerpo mucho más vulnerable de lo que podía creerse. Habrá que ver el resultado de esta reforma en el transcurso de los próximos cuarenta años que ahora comenzamos, y rezar para que aún estemos a tiempo.

 

Otoño – Invierno (octubre 2008 - marzo 2009)

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