
La universidad, ante su crisis
Texto Elisabeth Bosch Catedrática de Química Analítica. Universitat de Barcelona
'Hoy en dia son los segmentos sociales modestos que aportan estudiantes con la capacidad, la voluntad y el esfuerzo necesarios para llevar a término una carrera científica. Con los estudiantes extranjeros forman una parte muy significativa de los doctorandos.'
En los últimos diez años, la orientación y organización de la universidad en Cataluña ha cambiado sustancialmente, y sigue cambiando. La descripción, apreciaciones y comentarios que siguen se refieren a la Universitat de Barcelona (UB), que conozco bien y que es una buena universidad tanto en investigación como en docencia, tal como reconocen reiteradamente los diversos estudios internacionales sobre calidad universitaria. Me referiré específicamente al ámbito de las ciencias experimentales, que forman parte de las llamadas ciencias duras, y que, creo, pueden reflejar mejor el, llamémosle conflicto, que sugiere el título de este artículo. No puedo asegurar que las afirmaciones de este trabajo sean del todo aplicables al resto de las universidades públicas catalanas, pero en cualquier caso se trata de un ejemplo de peso y suficientemente ilustrativo.
En el ámbito de las ciencias experimentales, es la propia organización de la investigación la que ha modificado sustancialmente la vida de los departamentos universitarios.
La creación de un parque científico, el Parc Científic de Barcelona, ha implicado que los grupos considerados punteros, sea por el campo de trabajo que cultivan, por las aportaciones que realizan o bien por otras razones, hayan abandonado físicamente su antigua ubicación y hoy dispongan de instalaciones nuevas y de facilidades de toda clase, aunque nunca suficientes, para poder realizar mejor su labor. Entre las ventajas que la nueva situación conlleva cabe destacar la facilidad de relación científica entre los grupos reunidos de este modo, que, muy probablemente, vivían antes en la mutua ignorancia. La convivencia de científicos con diferente formación facilita la resolución de problemas complejos, los cuales requieren cada vez más la aportación de puntos de vista distintos y de instrumentos sofisticados diversos. Por otra parte, la presencia en el parque de algunas empresas específicamente interesadas en las líneas de investigación que se desarrollan allí, facilita las relaciones de interés y ayuda a poner en contacto a los investigadores con los problemas científicos y tecnológicos más directamente vinculados a la actividad económica. Debe aclararse aquí que estos beneficios para la investigación son evidentes y que la propia exigencia del entorno creado ayuda a los científicos, o debería ayudarles, a dar el paso necesario desde una investigación demasiado básica y académica, hasta otra también fundamental, pero con una orientación más aplicada. La nueva organización ha implicado hasta ahora una inversión importante destinada a los nuevos edificios, equipamientos, infraestructuras y capital humano y, por lo tanto, una disminución de los recursos destinados a las facultades y departamentos universitarios. También ha comportado la natural conflictividad asociada a la selección de los grupos de investigación segregados.
Fuera del paraguas del Parc Científic, los profesores universitarios han acusado los cambios. Por lo que se refiere a la investigación, la percepción de la necesidad de reorientar su organización y eficiencia ha conducido a la creación de institutos de investigación que reúnen, bajo algún epígrafe suficientemente descriptivo, a grupos procedentes de diversos departamentos y facultades. El proceso de formación de estos institutos ha sido largo y ha implicado una clara definición de objetivos, una organización interna supra departamental y una estricta selección de los grupos candidatos. La institución, la UB, impulsa y apoya a los institutos universitarios de investigación, pero hasta ahora no ha habido aportaciones económicas o de capital humano significativas. Por ahora, pues, los institutos universitarios de investigación, todos muy jóvenes aún, han iniciado las actividades que les son propias sin recursos específicos pero en un marco propicio y estimulante que facilita las colaboraciones científicas entre grupos.
No obstante, se necesita una firme y decidida política de apoyo para lograr que los institutos universitarios de investigación logren su objetivo, la sinergia entre grupos de formación distinta que se enfrentan a un tema común de reconocido interés. Por el momento, sólo una parte del profesorado universitario se acoge a algún instituto de investigación y, por lo tanto, un significativo número de profesores se mantiene en la situación original, en gran parte, porque sus actividades de investigación no responden, o lo hacen de manera muy secundaria, a los temas centrales de los institutos de investigación creados hasta ahora. La actividad investigadora de todos los profesores de nuestro entorno, tanto de los que se encuentran en el Parc Científic como de los que permanecen en los departamentos universitarios, formen o no parte de alguno de los institutos de nueva creación, se financia con fondos públicos a los que se accede de manera competitiva, y también con fondos privados, en su mayoría en forma de contratos con empresas, o, en ciertos casos, con alguna administración. Una de las palabras mágicas asociada a las tareas de investigación, la competitividad, actúa en el presente como un motor indiscutible de la actividad y orientación científica en los grupos más activos.
Esta es sólo una descripción de cómo se organiza la investigación experimental en la UB, pero cabe agregar aquí algunas apreciaciones muy generalizadas entre los profesores. La primera es que la distribución de los investigadores entre entidades de investigación específicas y departamentos universitarios conlleva una jerarquización de campos de trabajo y de grupos que potencia a unos sobre otros en cuanto a consideración científica y recursos, y a menudo resulta incómoda. Además, pese a que en muchos casos los profesores que trabajan en el Parc Científic mantienen su actividad docente en las aulas universitarias, esta tarea es percibida como secundaria por los departamentos, los cuales han de hacer frente a los aspectos más pesados de la organización docente, de las relaciones con la administración y de la atención personalizada a los estudiantes.
La segunda apreciación es la evidencia de que cualquier tipo de investigación en temas punteros requiere un entorno adecuado donde haya especialistas competentes en otros campos a los que recurrir con el objeto de solucionar problemas concretos, y sólo la universidad puede ofrecer este entorno. Estos especialistas también necesitan mantenerse activos en la investigación en el campo al que pertenecen, que aunque no sea tan puntero hoy -podría serlo mañana-, y con frecuencia no sienten que su labor sea suficientemente reconocida. El tema es complicado, puesto que la exigencia social de excelencia, también una palabra mágica que está perdiendo significado a causa de su abuso, es incompatible con la igualdad estricta de consideración y de recursos. Pero los recursos son imprescindibles para todos y la investigación científica que crece, y sólo está viva si crece, requiere una financiación que también debe crecer y, a menudo, de manera exponencial. Sólo con una política que atienda a estas consideraciones será posible la necesaria armonía competitiva.
El segundo aspecto de la actividad universitaria, aunque igualmente importante, es la docencia. La transmisión, y sobre todo la creación de conocimiento, han sido las características de la institución a partir de su fundación. Durante muchos años los objetivos de los profesores se centraron en la formación de los estudiantes para convertirlos en buenos conocedores del lenguaje y de los fundamentos de su disciplina, de algunos aspectos prácticos que derivan de ella, y en definitiva, en personas capaces de seguir estudiando y aprendiendo según las exigencias de la vida profesional. Para conseguirlo estaba claro que la docencia no podía en ningún caso desvincularse del proceso de generación de conocimiento, es decir, de la investigación. En este ámbito de formación de estudiantes, se plantean en el presente nuevos desafíos que suelen enmarcarse en el llamado proceso de Bolonia, que de hecho es una propuesta de armonización de las enseñanzas universitarias en el entorno de la Unión Europea. El proceso comporta cambios desde las licenciaturas clásicas que pretenden directamente la formación de profesionales con plena capacidad, hasta los títulos de grado, más modestos, que exigen a los estudiantes posteriores estudios de master para entrar cómodamente en el mercado laboral.
Todo ello tiene dos clases de repercusiones diferentes en la vida de los departamentos universitarios. En primer lugar, hay que revisar a la baja los planes de estudios y los programas vigentes para adaptarlos al grado y organizar los estudios de master con orientaciones diversas, una de las cuales debe conducir a la realización de la tesis de doctorado. A menudo estas actividades de adaptación resultan complicadas, pero forman parte del trabajo cotidiano de los profesores que afrontan el reto con profesionalidad y sentido crítico. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, la percepción de una simplificación excesiva de los contenidos y de la formación final que conseguirá un graduado son motivos de inquietud generalizada. A esta inquietud se suma la orientación pedagógica que impulsan las autoridades académicas del momento, y que consiste en favorecer, e incluso hasta forzar, la aplicación de algunos procedimientos de enseñanza y evaluación de los conocimientos adquiridos más apropiados para la etapa de educación secundaria que para el trabajo en la universidad. Además, estas directrices metodológicas que, para ser aplicadas correctamente, requerirían nueva financiación y nuevo profesorado, no comportan ninguna nueva dotación.
La percepción conjunta de la simplificación de los contenidos y de la secundarización de los procedimientos de enseñanza lleva a muchos profesores a la convicción de que se pretende, a nivel de los estudios de grado, convertir a la universidad en una institución docente de algo parecido a una formación profesional avanzada. Se argumenta que la llegada de un gran y creciente número de estudiantes a la universidad de alguna manera obliga a reducir contenidos y niveles de exigencia en una primera fase, el grado, que conduce a un título que otorga algunas competencias profesionales. A continuación, aquellos estudiantes con mayor interés por la disciplina, y con posibilidades económicas -ya que por el momento no hay becas para todos los interesados-, pueden iniciar los estudios de master. Este planteamiento comporta, sin embargo, un cambio de orientación muy importante en los primeros niveles de la enseñanza universitaria, e implica una pérdida en la clásica y sistemática introducción del estudiante en el lenguaje, con frecuencia críptico, y en los conceptos fundamentales, precisos y difíciles de adquirir, que sustentan una disciplina científica. En la misma línea, hay que destacar la proliferación de enseñanzas con títulos atractivos que sólo responden a necesidades sociales aparentes, y que consisten en el estudio de aspectos de aplicación de disciplinas muy diferentes entre sí, sin entrar en el fondo de ninguna de ellas.
En estas circunstancias, los profesores que orientaron su carrera universitaria con perspectivas de investigación y docencia de alto nivel buscan cobijo en el parque científico o en los institutos universitarios de investigación y sobre todo dirigen su docencia a los cursos de master y de doctorado, donde pueden tener contacto directo con los mejores estudiantes, aquellos que pueden decidirse a iniciar tesis doctorales y a alimentar la investigación científica autóctona. Esta opción priva a los estudiantes de los primeros cursos del contacto con los mejores profesores, los que son capaces, desde las disciplinas más básicas, de transmitir el auténtico sentido del tema en estudio y las dificultades y retos que implica. Al contrario de lo que suele pensarse, los primeros cursos no son los más sencillos de impartir. La explicación clara y rigurosa de los principios de cualquier disciplina científica que dé al estudiante una base sólida, requiere profesores de formación científica contrastada y actividad investigadora reconocida. Sólo el estudio continuado y la investigación científica honesta y constante hacen un buen profesor, y es el contacto con alguno de ellos en el comienzo de los estudios universitarios el catalizador definitivo para obtener nuevas vocaciones científicas. Una reflexión más amplia sobre el tema lleva a constatar que en el presente son los segmentos sociales modestos los que aportan estudiantes con la capacidad, la voluntad y el esfuerzo necesarios para llevar a término una carrera científica. De hecho, estos estudiantes son una parte muy significativa de los doctorandos de nuestros laboratorios. La otra parte, también significativa, son estudiantes extranjeros, llegados de Latinoamérica y de países orientales, con un bagaje de estudios y de esfuerzo personal que, muy a menudo, resulta de una gran rentabilidad científica. Esta descripción de los laboratorios de investigación no es en absoluto local. La mayoría de los países de nuestro entorno padecen la misma situación, acaso una perversa consecuencia de nuestro modo de vida. Cabe preguntarse por qué las ciencias duras resultan poco atractivas para la mayoría de nuestros jóvenes, y si la simplificación excesiva de los procesos de enseñanza, la minimización de la exigencia de esfuerzo personal y la dulcificación de la evaluación de los resultados constituyen un buen camino para responder a los retos científicos y tecnológicos de la sociedad moderna.
Quiero finalizar diciendo que en el Llibre Blanc de la Universitat de Catalunya, presentado recientemente, un documento de reflexión e intenciones de la propia universidad, el capítulo referente a la investigación se titula "Una universidad intensiva en investigación y en el centro del sistema científico, tecnológico y cultural", y el relativo a la enseñanza "Una universidad con formación de calidad, centrada en los estudiantes e integrada en el Espacio Europeo de Educación Superior". Los títulos son muy explícitos, y la universidad catalana expresa de esta manera que la voluntad de afirmación en los dos aspectos es clara, y la capacidad también. En consecuencia, hay que pensar si la orientación actual de divergencia entre las primeras etapas de la enseñanza universitaria y la investigación avanzada es el camino adecuado para la formación de nuestros jóvenes y para dar un impulso decidido a la sociedad del conocimiento a través de la investigación científica.
Otoño – Invierno (octubre 2008 - marzo 2009)

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