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La efervescencia de la “turismofobia”

Sobre turistas y turismo

Texto José Antonio Donaire Profesor de la Facultat de Turismo de la Universidad de Girona

Love not babies
Foto: Enrique Marco

El turismo se considera siempre desde una de estas visiones opuestas: la paranoica, según la cual culmina el proceso de masificación, mercantilización y frivolización de la sociedad, y la utilitaria, que lo ve como un fenómeno enriquecedor.

Asumámoslo. El turismo no disfruta de buena reputación. Hasta el punto de que las empresas turísticas se presentan a sí mismas como antiturísticas: “Vaya adonde no van los turistas” nos sugieren los nuevos catálogos de las agencias de viajes. Por eso, cuando Duane Hanson caricaturiza la imagen de la cultura occidental con sus esculturas hiperrealistas, entre la mujer de la limpieza de color, la obesa clienta de un supermercado o el vigilante de museo con el rostro desfigurado por la vacuidad, encontramos también a los turistas. Su obra Tourists II, creada en 1988, representa al prototipo de turista, camisa floreada, sandalias con calcetines y una mirada perdida en un punto del horizonte. La pareja deformada por la mediocridad contempla con un ademán indiferente un elemento cualquiera, quizás una catedral, quizás una plaza. Es esta parodia turística, esta simulación simplista del consumidor medio, la que se opone a la imagen elevada de la experiencia cultural. Por eso, turismo y cultura son concebidos a menudo como antagónicos: cuando entra el primero, desaparece el segundo.

     Naturalmente, también hay quien defiende el turismo. Tradicionalmente, las interpretaciones sobre el turismo (en Barcelona, en Florencia o en Malta; en todo el mundo) han marcado una línea Maginot entre los paranoicos y los utilitaristas, según la definición de García Canclini (2006). Es la versión turística del debate entre apocalípticos e integrados que propone Eco (2004), en su estudio clásico sobre la cultura de masas, la batalla intelectual entre los que repudian la creciente mercantilización de la cultura y los que celebran la democratización del acceso a la cultura (da lo mismo si se trata de un cómic de Superman o del arte digital), entre el pesimismo de Walter Benjamin y la indiferencia del pop art de Warhol. Las aproximaciones al turismo siempre se han realizado desde una de las versiones maniqueístas: los paranoicos, para quienes el turismo (y sobre todo el turismo cultural) culmina los procesos de masificación, mercantilización y frivolización de la sociedad y la cultura, y los utilitaristas, que ven en el turismo un mecanismo de acceso universal a la cultura y una forma de enriquecimiento de las comunidades receptoras.

     Curiosamente, en un contexto en el que la interpretación paranoica predomina entre los medios de comunicación, la crítica social e incluso los programas políticos, la vía turística ha sido la vía esencial de las estrategias de las localidades, las regiones, las naciones e, incluso, los continentes (como en los casos europeo y americano). Es difícil encontrar un plan estratégico redactado a partir de los años ochenta que no considere de forma más o menos directa la alternativa turística como un eje estratégico del territorio. Del Guggenheim de Bilbao a los Caminos de Sefarad, del Taller del Tiempo de Lorca a la musealización del complejo industrial de Zöllverein, de la Ruta de la Seda a la recreación de la atmósfera decimonónica en Brighton, los lugares contemporáneos juegan, de una manera u otra, al juego del turismo.

La ciudad escenario
La ciudad de los turistas no es la ciudad real. Esta es la tesis de los ideólogos del antiturismo. Si tiramos de este hilo, llegaremos tarde o temprano al concepto de la autenticidad teatral que propone Dean McCannell (2006). Brevemente, McCannell considera que los espacios turísticos tienen tendencia a crear un espacio frontal de relación entre visitantes y residentes, que preserva el espacio de atrás (el espacio bastidor). La creación de un escenario turístico responde a dos propósitos complementarios. Primero, permite que los lugares se puedan adecuar a las imágenes que se han proyectado de ellos. Los turistas llegan a un destino atraídos por una imagen idealizada del espacio visitado y los espacios procuran adaptarse a esta imagen. Por eso, los lugares turísticos son como sus imágenes y no a la inversa. Segundo, la existencia de un espacio que centra la atención de los visitantes y la relación entre huéspedes y anfitriones permite dejar un espacio fuera de la mirada voyeur de los visitantes. Los espacios bastidor serían aquellos espacios en los que los residentes no se ven forzados a representar una dramaturgia, porque la mirada turística no llega. De esta manera, los espacios turísticos estarían permanentemente expuestos a su adulteración, en procesos muy diversos: la deformación, la fosilización, la escenografía, el pesebrismo...

     Es verdad que la ciudad de los turistas no es la ciudad real. Pero es que ninguna ciudad lo es. Los turistas han construido unos itinerarios urbanos que siguen como un ritual, a pesar de su percepción de libertad. Es cierto que consumen un fragmento de la ciudad y la toman por un todo: los turistas que transitan por Barcelona en realidad solo transitan por unas pocas calles. Pero los barceloneses han creado también su geografía urbana particular, y si vamos siguiendo sus pasos, veremos un gran vacío, espacios ignorados por los propios residentes. Todas las ciudades vividas son necesariamente una minúscula parte de la ciudad real, que en realidad no existe. Ni siquiera es la suma de sus fragmentos.

     Pero la crítica contra la ciudad fingida cuenta con una segunda variante. Algunos dicen que el turismo ha creado una realidad virtual, que se ha alejado de la identidad de Barcelona. Dirían que el turismo cultural ignora la verdadera identidad de la ciudad y ha creado una versión light, sencilla, inmediata y falsa. Sin embargo, ¿cuál es la identidad de Barcelona? Y, es más: ¿quién es el cronista acreditado para desvelar dicha identidad? El antropólogo Delgado ve la “verdad” en el conflicto social y por eso constata más vida fuera del MACBA que dentro de él. Yo creo que la Barcelona de los okupas, de los locutorios y de las whiskerías no es necesariamente la ciudad real. Como tampoco lo es la ciudad obrera, la ciudad burguesa o la ciudad de los estudiantes.

     El error esencial de la crítica contra el turismo es creer que existe una ciudad de verdad, real, al margen de los flujos turísticos. La identidad de la ciudad es en realidad una construcción social. Y el turismo es un agente más (un agente importante) en la construcción de esta identidad. Como lo pueden ser el cine, la literatura, la experiencia personal o la evocación. El turismo no es un agente contra la identidad de Barcelona, sino un elemento más de dicha identidad. Primero, porque contribuye a crearla y difundirla. Y segundo porque los turistas forman parte del paisaje urbano: son una pieza más de la realidad. Por eso, cuando Woody Allen filma una película en Barcelona no esconde a los turistas, sino que los integra dentro de su mirada, porque no es posible imaginar la Barcelona contemporánea sin turistas de igual modo que no podemos dibujar la ciudad del cambio de siglo sin las fábricas más allá de la Ciutadella.

La ciudad banal

En febrero de 2007 el Distrito de Ciutat Vella del Ayuntamiento de Barcelona inició una campaña promocional, llamada Viatja a la teva Ciutat Vella (Viaja a tu Ciutat Vella). La campaña ofrecía a un precio moderado una noche de hotel, una comida y una cena en un restaurante y diversas ofertas culturales: una visita guiada por el casco antiguo, el acceso al monumento de Colón o una entrada al Museu d’Història de la Ciutat.

     El programa no estaba dirigido al público escandinavo, a los visitantes del País Vasco o al emergente mercado oriental, sino a los residentes del casco antiguo, de modo que el adjetivo “tu” tiene en tal caso un sentido literal. ¿Se puede ser turista en la propia ciudad? Como recuerda Xavier Antich (2006), el escritor Vázquez Montalbán no lo ve posible: “[…] al cuarto güisqui mi extranjería es casi total, voyeur de mi ciudad desde el balcón de un hotel en el que dispongo de una habitación que no pienso pisar. Presumo que si entrase en la habitación de un hotel de mi ciudad nunca jamás volvería a casa” 1. Probablemente, la mirada turística solo puede ser una mirada extravertida, desde fuera. Existe, por lo tanto, una forma turística de mirar los lugares y, en consecuencia, de mirar la cultura. Por eso, si fuera posible seguir los pasos de los residentes de Ciutat Vella que juegan a ser turistas en su propia ciudad y pudiésemos descifrar sus gestos, sus itinerarios, sus perspectivas e, incluso, sus silencios, y los comparásemos con los comportamientos de los turistas que sí son turistas reales, podríamos trazar los límites imaginarios del turismo.

     Debemos considerar las relaciones turísticas como una forma específica de relaciones sociales. Como todas las construcciones sociales, dispone de su propia lógica y sus mecanismos internos. En síntesis, podemos considerar que el turismo es una forma de transgresión, en busca de los elementos reconocidos. Antes que nada, el turismo es una actividad de transgresión que se guía por unos mecanismos similares al Carnaval: trasgresión, inversión de valores, nuevas conductas. El turista proyecta sobre el espacio que visita todas sus utopías personales, sus anhelos, sus expectativas: las ciudades turísticas son el negativo de las ciudades convencionales, porque son los receptáculos de los sueños y las evocaciones proyectadas desde el origen. Es cierto que algunos turistas (pocos) pasean por la Rambla vestidos con un grotesco sombrero mexicano. Pero es absurdo pensar que estos turistas están haciendo un ejercicio de etnología, sino que simplemente se disfrazan, como nos disfrazamos todos durante el Carnaval. Leer la actitud del turista ignorando la liminalidad de su comportamiento es un error de perspectiva.

     Asimismo, los turistas van en busca de los espacios reconocidos, aquellos que ya han conocido en sus lugares de origen, de modo que la práctica turística es a menudo un efecto de déjà vu. La mayor parte de los espacios turísticos están acondicionados por la sombra alargada de sus nodos. No es posible pensar en el Dublín turístico sin considerar el Trinity College, la catedral de Saint Patrick, Kilmainham Gaol, el Templo Bar o la Christ Church Cathedral, la Guinness Storehouse o la Hugh Lane. Florencia es, ante todo, la Santa Croce, el Duomo, los Uffizi, el Ponte Vecchio, el Palazzo Pitti o Santa Maria Novel. Los espacios turísticos parecen estar formados por la adición de nodos o sights, que orientan los recorridos y domestican la mirada de los visitantes.

     Los nodos desempeñan un papel capital en la experiencia turística ya que condicionan la selección del destino, marcan los flujos de los visitantes y orientan el comportamiento de los turistas in situ. Los sights tienen una fuerte influencia en el complejo proceso de selección del destino. El visitante selecciona el espacio turístico, no a partir de sus atributos efectivos, sino de acuerdo con la imagen previa que se ha creado del espacio. En la composición de la imagen de un destino cultural, los nodos ejercen un poderoso efecto de atracción, un factor clave para discriminar los espacios anónimos y los espacios imaginados. En el momento de escoger entre un destino u otro, también entra en juego la selección entre unos nodos u otros. Cuando un turista duda entre Barcelona y Venecia, duda realmente entre los nodos más representativos de las dos ciudades. No es extraño, por lo tanto, que la imagen proyectada de los destinos esté a menudo desmenuzada en una serie de nodos evocadores, como en un collage de piezas turísticas.

     El peso de los nodos es tan relevante en la construcción de las imágenes, en el proceso del previaje, que es lógico que influyan también de forma decisiva en los recorridos de los turistas por el espacio. Muchos itinerarios turísticos son, en realidad, una forma de conectar de manera eficiente los principales nodos que configuran un destino. De hecho, las guías turísticas dedican una parte importante de su estructura a configurar los caminos óptimos que faciliten el acceso rápido de un punto a otro. Eso explica el peso de los autobuses sightseeing en las principales ciudades turísticas europeas: un sistema de transporte que crea una red paralela a la red de los residentes y que facilita un acceso inmediato a los principales nodos del destino. Por eso, visto con cierta perspectiva, los itinerarios de los turistas parecen seguir una especie de guión colectivo, una pauta geográfica que marca los vacíos y los llenos, los espacios de tránsito y los espacios olvidados.

     Finalmente, los nodos también condicionan el comportamiento de los turistas en el destino. Si la imagen previa del nodo es muy poderosa, los visitantes tienden a reproducir la mirada a priori. Buscan el ángulo preciso, la perspectiva conveniente que sitúa la realidad en el mismo punto que la imagen capturada por los medios turísticos o genéricos. Con gran dosis de ironía, el dibujante de grafiti inglés Banksy escribió “This is not a photo opportunity” en el puente que marca la visual del Parlamento inglés y el Big Ben. Es una manera de denunciar la reiteración de la perspectiva, una especie de invitación a buscar ángulos inéditos. Y por eso, en el portal www.flickr.com, uno de los espacios de la red más utilizados para compartir fotos, hay más de 100.000 Sagrades Famílies. Sea como sea, podríamos considerar que existe una forma turística de acercarse a los nodos que condiciona la forma en que se relacionan los objetos culturales y los visitantes.

     Pero más allá de la liminalidad y la captura de los nodos turísticos, no existen “los turistas” como tampoco existen “los residentes”. No es lo mismo un inglés adolescente que ha llegado a la ciudad en viaje de fin de curso que los ocupantes del BassiBus (de Leo Bassi) en busca de la “Barcelona real”. Por eso, la oposición residentes – turistas es falsa, como la mayoría de las oposiciones, por otro lado. Es fácil imaginar grupos de turistas con intereses y demandas similares a grupos de residentes y, probablemente, en contraposición a los intereses y las demandas de otros residentes y otros turistas.

La ciudad vacía
“El turismo vacía las ciudades de residentes y las convierte en un espacio museo, un parque temático para el consumo turístico”, escribe Delgado. Creo que hay atribución causal equivocada. Los centros históricos de la ciudad han sido durante el XIX y buena parte del XX los receptáculos de la miseria, los espacios underground de las capitales europeas, porque la máquina urbana parecía más eficiente en los nuevos espacios urbanos que en la vieja ciudad abandonada. Mientras la ciudad crecía en los nuevos ámbitos metropolitanos, el centro pasaba a ser un espacio urbano marginal y degradado. Es sabido que desde los años cincuenta, la ordenación y la planificación urbana europea se ha centrado en la recuperación de los centros históricos, como una estrategia de mejora integral de la ciudad y, en cierta medida, también como una forma de recuperación de la identidad colectiva. Conviene recordarlo. Todos los planes especiales de reforma interior (también los de Barcelona) son un intento contemporáneo de dotar al viejo centro urbano de la dignidad perdida. Si releemos estos planes de los ochenta, apenas veremos referencia alguna al turismo y a los turistas.

     Los efectos de la restauratio varían de una ciudad a otra y dependen de muchos factores: el precio del suelo, las políticas activas de vivienda, la política comercial, la gestión de la vialidad, la ubicación del CBD o la localización de los centros administrativos. Sin embargo, en todos ellos podemos encontrar un denominador común: el incremento del precio de la vivienda.Aquello que ha sustituido a los residentes no han sido los turistas, sino unos nuevos residentes.

     La desertización de los centros de muchas ciudades europeas se ha dado por un proceso de gentrificación y no por un proceso de turistificación. El Barri Gòtic no se ha vaciado por la presencia de turistas, ni tampoco por la competencia de suelo de los establecimientos turísticos. La cartografía de los hoteles de la ciudad de Barcelona demuestra una notable dispersión. Al contrario que otras ciudades europeas, Barcelona no ha creado un barrio turístico donde se localizan la mayor parte de los establecimientos hoteleros. Los hoteles forman parte del paisaje urbano como los mercados, las inmobiliarias o las franquicias de cafés.

     Podemos interpretar la ciudad vacía en otro sentido: la ciudad turística en oposición a las demás ciudades posibles.De acuerdo con esta interpretación, el turismo sería una especie de cangrejo americano que ahuyenta todas las opciones vitales de la ciudad, como en una ruleta rusa: o todo o nada. Si la ciudad es turística, ya solo le queda asumir su condición exhibicionista y ahuyentar el resto de actividades económicas que ya no tienen cabida. Excepto las fábricas de sombreros mexicanos, claro está. En realidad, el turismo metropolitano no es nunca hegemónico, porque la mirada turística se proyecta precisamente sobre la diversidad de las actividades de la ciudad y es incompatible con el monocultivo turístico. Conviene precisar, además, que no existe el turismo. Barcelona atrae muchos turismos, con intensidades y efectos muy diferentes. No se puede ignorar el peso del turismo de cruceros, el deportivo, el médico o el de negocios y sus efectos en otros subsectores.

     La “turismofobia” forma parte de los mecanismos propios del turismo. Un autor norteamericano ya propuso muy precozmente una teoría (Irridex), según la cual la relación entre huéspedes y anfitriones, entre turistas y residentes, pasa inexorablemente por cuatro etapas: euforia, apatía, irritación y antagonismo. Según G. Doxey, la “turismofobia” forma parte del ADN del proceso turístico que acaba inevitablemente con el antagonismo. Y, de este modo, hemos vuelto de nuevo al debate de García Canclini entre utilitaristas y paranoicos. El turismo es un factor de deformación urbana y cultural versus el turismo es una fuente de ingresos y de rehabilitación urbana. Es un debate sin puentes.

     Un diálogo de sordos. El turismo no precisa de debates existenciales, sino de instrumentos de gestión. Puede tener efectos demoledores sobre el espacio de acogida de la misma forma que favorecer los procesos de reactivación económica o remodelación urbana. Todo depende de la gestión. Por eso conviene actuar en cinco ámbitos complementarios: los estudios de capacidad de acogida, especialmente en los recintos privados, que fijen umbrales máximos de afluencia y restrinjan (directa o indirectamente) su acceso; una eficiente gestión de la información, orientada a la ampliación del espacio visitable, incluso más allá de los límites del área metropolitana; el incremento de los nodos (sights) visitables, preferentemente en nuevas áreas urbanas, que sean capaces de romper la frontera entre espacios escenario y espacios bastidor; la limitación de la actividad turística en las zonas urbanas de máxima concentración (como los apartamentos turísticos de Ciutat Vella); y la aplicación del know-how en gestión de la movilidad a los flujos turísticos.

Nota

1 Xavier Antich,"On són les ferides? Post-imatges i ficcions de la rosa de foc", en Tour-ismes. La derrota de la dissensió. Itineraris crítics. Barcelona: Fundació Antoni Tàpies y Fòrum Barcelona, 2004.

Bibliografía

Donaire, José Antonio. Turisme cultural. Entre l'experiència i el ritual. Bellcaire: Vitel·la, 2007.




Verano (junio - septiembre 2008)

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