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Cambio climático: un reto y una oportunidad

Ciudades, energía y cambio climático

Texto Anil Markandya Centro Vasco para el Cambio Climático

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© Theo Allofs / Corbis

Aun suponiendo que tengamos éxito en estabilizar las emisiones de gases de efecto invernadero, se producirán cambios considerables en el clima mundial durante el resto del siglo y más allá. Es esencial que desarrollemos políticas para adaptarnos a este cambio.

Se habla mucho del "calentamiento global" y de cómo nos va a afectar a todos, de cómo lo provocan los llamados gases de efecto invernadero, que son (mayoritariamente) producto de las actividades humanas, y de cómo tenemos que tomar medidas para reducir dichos gases si queremos contener la extensión de este calentamiento global.

       Hay que perdonar al ciudadano honesto, enfrentado al creciente número de artículos y discusiones sobre este tema, si está a la vez preocupado y sin saber qué puede hacer. Creo que todos tenemos razón al sentirnos preocupados por el fenómeno popularmente conocido como "calentamiento global", pero al que habría que referirse con más precisión como "cambio climático" (porque se trata de algo más que del mero aumento de las temperaturas y, de hecho, ni siquiera estamos seguros de que todas las regiones vayan a experimentar un aumento de las temperaturas: bajo algunas circunstancias incluso podemos experimentar un enfriamiento de las mismas). En cuanto a las acciones que se pueden emprender, creo que existen consejos razonables que se pueden dar a individuos y gobiernos.

       Primero consideremos las razones para estar preocupados. La mejor forma de resumirlas es señalando que nuestro planeta no ha sufrido nunca un "experimento" como el que estamos presenciando en la actualidad, en el que la emisión continuada de gases de efecto invernadero (principalmente CO2, pero también metano y óxidos nitrosos y algunos más) está contribuyendo a la creciente concentración de estos gases. Esta situación se espera que aumente las temperaturas medias globales, que provocará un alza de los niveles del mar al derretirse los casquetes polares. Los científicos también predicen que los cambios en la concentración de gases invernadero tendrán consecuencias mucho más amplias, como sequías en unas regiones e inundaciones en otras. Si bien se comprende de forma general que esos acontecimientos van a tener lugar, el problema es que nos enfrentamos a grandes incertidumbres sobre cuáles serán las magnitudes de sus efectos. Más aún, nuestra habilidad para predecir lo que va a ocurrir a nivel local -en una región como Cataluña, por ejemplo- es incluso menor que las proyecciones que podemos elaborar a nivel global. Podemos hacernos una idea de hasta dónde llega nuestra incertidumbre sobre el impacto del aumento de la concentración de gases de efecto invernadero al considerar el rango de las consecuencias posibles que serían el resultado de doblar dicha concentración. La concentración actual se encuentra en los niveles de unas 350 partes por millón (ppm). Si no tomamos medidas para reducir las emisiones de los gases más relevantes, esta duplicación se alcanzará mucho antes del final de este siglo. Con semejante aumento, el incremento de la temperatura media global puede situarse en el rango de 2 a 4,5º C con una estimación optimista de 3º C, y es muy improbable que esté por debajo de 1,5º C. No se pueden excluir valores sustancialmente superiores a 4,5º C.

       El Grupo Internacional sobre Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés, la institución científica de más autoridad en la investigación sobre el clima) da una probabilidad del 17% de que S sea substancialmente superior a 4,5º C. Y, basándose en el seguimiento de la distribución de los posibles cambios, existe una probabilidad del 2% de que S sea mayor a 8º C. Un incremento semejante no ha tenido lugar durante decenas de millones de años e implicará un desastre para el planeta.

       Esta incertidumbre es lo que hace más necesaria la acción. No podemos correr el riesgo de legar a las futuras generaciones (empezando por nuestros nietos) un mundo que pueda estar tan seriamente dañado. Afortunadamente, hay acciones que podemos emprender para evitar este riesgo. Las investigaciones recientes muestran que si las concentraciones se estabilizan alrededor de 550 ppm, el esperado aumento en la temperatura es muy improbable que supere los 3º C. Aunque esto no excluye completamente la posibilidad de un aumento mucho más importante, la hace extremadamente pequeña. Ahora bien, para conseguir una estabilización en esos valores, las emisiones de gases tienen que llegar a su cenit en 2020 y después empezar a caer hasta un nivel que debe ser un 10% menor de lo que lo son en la actualidad. El reto para conseguirlo es de la mayor importancia. Si dividimos el mundo, en líneas generales, entre países desarrollados y países en vías de desarrollo, las emisiones de estos últimos crecen con mayor rapidez que las de los primeros, y ellos alegan en su defensa, de forma bastante justificable, que necesitan aumentar las emisiones si quieren alcanzar el mismo nivel de vida que tienen los países desarrollados. Hay que recordar que más de 1.600 millones de personas no disfrutan de electricidad en el mundo en desarrollo. Así, si queremos satisfacer sus ambiciones y al mismo tiempo alcanzar la meta de no superar el aumento de la temperatura media global de 3º C, los países desarrollados deben recortar sus emisiones en un 60-80% hasta 2050 en función de los niveles en 1990. Al mismo tiempo, los países en vías de desarrollo (especialmente los de crecimiento rápido como China, India y Brasil) también deben empezar a emprender acciones para controlar las emisiones, de manera que su total no sea, al menos, superior en 2050 a lo que lo son en la actualidad.

       ¿Se puede conseguir? Se trata de un reto a muchos niveles. En primer lugar, y lo más importante, debemos preguntarnos si esos recortes en las emisiones se pueden lograr a un coste razonable, donde "razonable" se puede interpretar como un coste que la sociedad esté dispuesto a pagar. Aquí la respuesta es bastante positiva. La mayoría de los estudios muestran que el objetivo se puede conseguir a un coste del 0,5% al 2,0% del PIB en 2050. Pero no debemos subestimar la tarea. Implica nada menos que una transición completa de la energía que se emplea, de una economía basada en el combustible fósil a una que dependa sustancialmente de fuentes renovables. Evidentemente, seguiremos utilizando combustibles fósiles durante algún tiempo más, y es importante que se haga con mayor eficiencia que en la actualidad. Es necesario emprender acciones en muchos frentes, que van desde el aumento de la eficiencia energética de las tecnologías actuales hasta la adopción de tecnologías nuevas y mejoradas que utilicen energía eólica, solar, hídrica, etc. Y, más tarde, tecnologías basadas en el hidrógeno y en la fusión. También tiene que desempeñar un papel la mejora en la gestión de los ecosistemas que almacenan carbono, para que se pierda menos a través de la deforestación y las prácticas agrícolas que no son sensibles a la gestión del carbono.

       Pero, aunque algo sea técnica y económicamente posible, eso no significa que sea adoptado. En economías modernas y sofisticadas como la nuestra, los grupos producen y utilizan diferentes tecnologías y son responsables de la forma en que se explotan los ecosistemas, de manera que es necesario darles las indicaciones adecuadas para que actúen para desarrollar y cambiar las tecnologías. Ahí es donde se unen la ciencia de la economía y la ingeniería o gestión de los ecosistemas. En un marco interdisciplinario necesitamos estudiar cómo diseñar los instrumentos adecuados. En la actualidad se pone un énfasis considerable en las opciones "basadas en el mercado", como el permiso para comerciar con los derechos de emisión de los gases de efecto invernadero. El incentivo para adoptar tecnologías bajas en carbono se crea mediante la limitación del número de derechos que se emiten y el comercio asegura que la reducción general de emisiones se realiza al menor coste posible. Otra opción es el uso de un impuesto del "carbono", que también han adoptado algunos países. Otros instrumentos políticos incluyen subsidios a los desarrolladores y usuarios de tecnologías bajas en carbono, parámetros de eficiencia en el diseño de edificios, etc. Estos instrumentos crean oportunidades tremendas para los que se preocupan de explotarlas. Van desde inversiones en el desarrollo de tecnologías renovables hasta descubrir formas de hacer dinero en el mercado de intercambio de emisiones, pasando por la creación de nuevos productos destinados a los consumidores que son conscientes de su "huella de carbono".

       El otro reto para alcanzar esta meta es conseguir un acuerdo internacional. Esto se persigue principalmente a través de la Convención Marco sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (UNFCCC, por sus siglas en inglés). El acuerdo actual (el Protocolo de Kioto) finaliza en 2012 y la búsqueda de un nuevo tratado se persigue activamente. La reunión de este año en Copenhague será un acontecimiento fundamental para conseguirlo. Dos de los objetivos más importantes de cualquier nuevo acuerdo será la inclusión de los Estados Unidos y el compromiso de los países en desarrollo para establecer algunos objetivos sobre sus emisiones.

       Hasta el momento el foco de la discusión han sido las medidas para reducir los gases de efecto invernadero, que recibe en los debates sobre el clima el nombre de mitigación. Pero incluso aunque tengamos éxito en alcanzar el objetivo de la estabilización de las emisiones en 550 ppm, se producirán cambios considerables en el clima mundial durante el resto del siglo y más allá. Por eso es esencial que desarrollemos políticas para adaptarnos a este cambio. Esta adaptación presenta múltiples dimensiones. Las inversiones actuales en infraestructuras que deben perdurar durante cincuenta años o más deben hacerse teniendo en cuenta los cambios inminentes en el clima: temperatura, precipitaciones, etc. Regiones con peligro de inundación como resultado de la elevación del nivel del mar y un aumento de las precipitaciones necesitan ser desarrolladas y recibir una protección adecuada, teniendo en cuenta dichas circunstancias. Es posible que aumente la incidencia de ciertas enfermedades cuando las condiciones ambientales favorezcan a algunos vectores transmisores de infecciones y cuando fenómenos tan extremos como la oleada de calor de 2003 se vuelvan más frecuentes; las acciones para proteger al público de semejantes impactos son esenciales. Finalmente, podemos esperar cambios en la agricultura, cuando las condiciones de sequía dificulten algunos cultivos y favorezcan el crecimiento de otros. Todo esto requiere investigaciones basadas en las políticas que es necesario aplicar para minimizar el impacto negativo del clima sobre las personas y la sociedad.

       Como ha mostrado este artículo, existe una importante agenda de investigación asociada al cambio climático. En el primer lugar de la lista se encuentra la ampliación de nuestro conocimiento sobre las causas y las consecuencias del cambio, para que podamos planificar a partir de un abanico más estrecho de posibilidades. En segundo lugar, se encuentra la investigación para el desarrollo de nuevas tecnologías que desplacen nuestras economías hacia una base baja en carbono (e incluso libre del mismo). En tercer lugar, necesitamos comprender qué instrumentos tienen el mejor resultado para proporcionar los incentivos más ajustados en cuanto al coste y más equitativos para realizar este movimiento. En cuarto lugar, existe un programa de investigación principal para concebir los acuerdos internacionales que sean aceptables para todas las partes, y que sean verificables y estables. Y, finalmente, necesitamos un mejor conocimiento de los impactos del cambio climático sobre los individuos y sobre la sociedad, para que se puedan introducir las medidas de adaptación correctas. Como se podría esperar, debido al tamaño del programa de investigación, muchas instituciones están comprometidas con la tarea, incluida aquella de la que soy director.

       El Centro Vasco para el Cambio Climático (BC3) fue creado en septiembre del pasado año y se centra principalmente en los aspectos socioeconómicos y de adaptación del cambio climático. Actualmente estamos trabajando en políticas de adaptación de las áreas de la salud y de la agricultura, en medidas para reducir las emisiones procedentes de la deforestación y en el diseño de políticas de mitigación. El BC3 también está activamente relacionado con instituciones en India y China para comprender mejor los costes del cambio climático en aquellos países. Finalmente, el Centro trabaja en la definición de las consecuencias más próximas del cambio climático en el País Vasco, y, en un ámbito más general, en España, para que se puedan introducir las medidas de adaptación correctas. En este aspecto, nuestro interés se centra en la disponibilidad cambiante de los recursos hídricos.

       Ningún centro puede tener la esperanza de enfrentarse a todos los problemas importantes del cambio climático y, aun así, es esencial que cada uno trabaje reconociendo el trabajo de los demás, de manera que no se dupliquen esfuerzos y se gane con la cooperación siempre que sea posible. Por esta razón, el BC3 está activamente relacionado con muchas instituciones europeas que trabajan sobre temas relacionados con el clima en España, Italia, Noruega y Estados Unidos. Nuestros investigadores están muy motivados y convencidos de que estamos trabajando en uno de los problemas más importantes a los que se enfrenta la humanidad, con la esperanza de hacer una pequeña contribución a su resolución.

 

Verano (julio - septiembre) 2009

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