
Fútbol: la metáfora perfecta de nuestro tiempo
Texto Daniel Vázquez Sallés Escritor y periodista
El fútbol es el espejo que con más propiedad refleja la poliédrica personalidad humana, por lo que ha logrado convertise en objeto del deseo o de reflexión de poéticos, prosaicos, dadivosos y especuladores. Los estadios de fútbol son los circos modernos, donde se desarrolla una épica de la que son dueños los futbolistas.
Las distintas edades de la historia han tenido el deporte que merecían las retinas sedientas de espectáculo de sus ciudadanos. Los romanos, el tubérculo de nuestro árbol genealógico, convirtieron la muerte en diversión y disfrutaron de la lucha entre hombres, o entre bestias y hombres, construyendo enormes recintos para poner a prueba su nivel de adrenalina. Para ello necesitaron llevar al extremo la capacidad de sufrimiento de gente sin rango que habían sido convertidos en cobayas.
Ahora, cuando los circos romanos han sido catequizados en santuario de mártires y forman parte de los museos urbanos, hemos logrado sofisticar la crueldad hasta someterla a las leyes del hombre moderno –por ejemplo, las guerras televisadas– y crear otros espectáculos, los deportivos, que nos ayudan a soportar nuestra terrible levedad. Sentirnos triunfadores en una sociedad no apta para perdedores es un regalo para la frágil psique humana maltratada por su otro yo menos dócil. Tanto es así que podríamos afirmar que si no existieran espectáculos como el fútbol, tendríamos que inventar otras distracciones tanto o más alienantes.
Si buscamos los orígenes de este deporte, los de un juego más de los muchos juegos de pelota que practicaban nuestros antepasados, debemos remontarnos al antiguo Egipto y a un pasatiempo que era usado como rito de la fertilidad. La historia de este fútbol arcaico continuaría en la Grecia Clásica, disciplina a la que llamaban esfaira o esferomagia debido a la esfera hecha de vejiga de buey con la que jugaban y cuya popularidad ha quedado inmortalizada merced a alusiones literarias como la que hace Homero en la Ilíada. De las polis, la esfaira saltó a las vías empedradas que atravesaban la Roma imperial y las ciudades nodrizas, calles en las que sus ciudadanos utilizaban en su juego harpastum un elemento esférico llamado pila. Fueron los tercios romanos, comandados por el emperador Claudio, el dios tiranizado por su esposa Mesalina, los que llevaron el harpastum a territorio bárbaro, aunque tuvieron que pasar 1.700 años para que ese deporte ancestral fuera puliendo sus normas hasta convertirse en el fútbol moderno que practicamos hoy en día.
A principios del XIX comenzó a cultivarse el dribbling game en las escuelas públicas, juego de regate y habilidad que pronto irradiaría su pasión a las prestigiosas universidades de Oxford y Cambridge, universidad en la que se redactó en 1848 el primer reglamento futbolístico, el Reglamento de Cambridge, paso iniciático para la fundación en 1863 de la Football Association, y el divorcio irreversible del fútbol con el rugby. La misma palabra marcaba la ruptura: foot ball (pie pelota).
Con los años, el fútbol se popularizó y surgieron nuevas asociaciones representantes de territorios nacionales como Escocia, Gales, Irlanda, para, a partir de 1880, saltar el estrecho e implantarse en Europa y las demás naciones occidentalizadas con la creación de nuevas asociaciones en Países Bajos, Dinamarca, Nueva Zelanda, Argentina, Italia, Bélgica, Alemania, Uruguay, Suiza y Noruega. Frente a esta pandemia asociativa, Bélgica, España, Dinamarca, Francia, Países Bajos, Suecia y Suiza fundarían la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) el 21 de mayo de 1904 a pesar de las fuertes reticencias inglesas. A los veintiséis años de su fundación, la FIFA organizó el primer mundial, evento clave para hacer del football un deporte que reinaría con cetro de rey absolutista en todos los continentes.
Los circos modernos son los estadios de fútbol. Los espectadores entran en los campos con ganas de diversión, aunque ya no hace falta subir o bajar el pulgar como prueba de sus filias o fobias hacia los veintidós hombres que corren por el césped a cambio de un salario. Esos veintidós hombres no van a morir, pero durante los noventa minutos son propiedad de las cuarenta, setenta, cien mil almas que han venido al campo en busca de su dosis de la felicidad. Aunque se sufra y existan para los forofos ciertos riesgos de infarto, el fútbol libera endorfinas y eso es un lujo en tiempos de crisis.
Una encuesta realizada por la FIFA en el año 2006 demostró que 270 millones de personas vivían para y por un deporte de manera profesional o amateur. Pero la implantación del fútbol a escala planetaria, la consolidación de un deporte que por su simpleza –futbolistas legendarios aprendieron los malabarismos futbolísticos con una pelota de trapo o botellas de vidrio– ha conquistado territorios a priori hostiles es un hecho. El fútbol es el espejo que mejor refleja la poliédrica personalidad humana, razón por la que ha logrado convertirse en objeto del deseo o de reflexión de poéticos, prosaicos, dadivosos y especuladores. “Lo más importante de la vida y la moralidad humana lo he aprendido del fútbol”, dijo Albert Camus, recordando su etapa como jugador pied noire en un equipo de su Argel natal.
Los dueños de la épica del fútbol son los futbolistas. “Yo crecí en un barrio privado… privado de luz, agua, teléfono”. Diego Armando Maradona, el dios ateo por excelencia, es el paradigma de jugador superdotado que ha logrado con la práctica de un deporte conseguir todo aquello que soñó como niño de arrabal. Y como Maradona, otros futbolistas han alcanzado el paraíso gracias a sus pies de oro. “Correré como un negro para mañana vivir como un blanco”. Samuel Eto’o no es dios, pero ha logrado el honor de ser el gran arcángel del fútbol africano.
Releyendo la frase de Maradona, podríamos considerar el fútbol una rama de la filosofía callejera, la perfecta simbiosis entre asfalto y chabola, o chabola y lujo mesiánico, equilibrio que despierta pasiones y que tan buenos escritos ha provocado en un sector de la gente de letras. La pasión futbolística ha tenido como adeptos a un sinfín de escritores que han dedicado un pedazo de su imaginación a escribir artículos, ensayos, cuentos, novelas o poemas con el fútbol como protagonista. Aunque Borges lo odiaba por considerarlo estéticamente feo, otros hombres habitantes del mismo olimpo mostraron su amor por el deporte rey como una vuelta al país de nunca jamás. Alberti escribió una oda al guardameta Platko, y Neruda, García Márquez, Cela, Oé, Grass, Mahfouz, Vargas Llosa, Brossa, Nabokov o Eco son autores que han escrito sobre futbolistas, goles, amores y desamores a una zamarra, buena prueba de que al deporte del balón no solo lo hacen grande los jugadores, sino también la gente que lo convierte en metáfora escrita. El penal más largo del mundo es uno de los legados más hermosos de Osvaldo Soriano.
Pero el contenido y el continente del fútbol mutan a la par que la sociedad materialista de la que se alimenta. La popularidad de un deporte que mueve miles de millones de euros es fuente de deseo de escaladores económicos profesionales, ansiosos de encontrar un trampolín que les ayude a alcanzar el cénit de la pirámide social. La popularidad es el veneno y el antídoto del fútbol. La noticia de que cerca de doscientos partidos, entre ellos doce de la Liga Europa y tres de la Liga de Campeones, han sido manipulados por parte de mafias de apostadores del fútbol europeo es un aviso de que el fútbol está contagiado del mal por antonomasia de la sociedad moderna: la corrupción.
Es muy probable que el fútbol languidezca una vez haya logrado llegar a la cumbre. El deporte rey ha pasado de ser un pasatiempo a un espectáculo en cuestión de un siglo y quizás el fútbol como celebración muera de éxito. Dioses y monstruos difícilmente pueden convivir en un mismo espacio. Pero lo que es seguro es que en un futuro siempre habrá una esfaira, una pilota o un balón moviéndose sin descanso en medio de un remolino de piernas.
Primavera (abril - junio 2010)

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