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Una indiscutida hegemonía mediática

Fútbol: la metáfora perfecta de nuestro tiempo

Texto Antonio Franco Periodista. Ha sido redactor de deportes, director adjunto de El País y director fundador de El Periódico de Catalunya

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© Pere Puntí / Mundo Deportivo
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© Nic Bothma / EPA / Corbis

El juego siempre ha tenido una prolongación natural en el hecho de que algunos comenten lo sucedido con los que lo han visto y con los que no. La prensa, la radio y la televisión han hallado en el fútbol un filón para su subsistencia.

El 20 de octubre de 1974 se celebró en Kinshasa, capital de Zaire, un combate de boxeo para el título mundial de los grandes pesos entre el campeón, George Foreman, y el aspirante Muhammad Ali, el antiguo Cassius Clay. En el octavo asalto, Ali tumbó a su adversario y recuperó el título perdido años atrás después de negarse a combatir en Vietnam.

       Muchos analistas consideran que fue el combate de boxeo más importante de todos los tiempos, pero además hay unanimidad en señalar que supuso el despegue definitivo de la globalización absoluta del espectáculo deportivo. Dos norteamericanos libraron lejos de su país y ante solo 60.000 asistentes el enfrentamiento más esperado de la historia, pero los millones de compatriotas que quisieron verlo y la audiencia de más de un centenar de países pudieron seguirlo en directo por televisión. No había precedentes. Aún no existían registros fiables y el baile de cifras ha impedido fijar la cantidad de público, pero fue superior al del desembarco del hombre en la Luna, hasta entonces el récord de los récords.

       El deporte exhibió en Zaire su potencialidad como fuerza mediática. Mobutu, presidente del país, buscaba un golpe de efecto para borrar la mala imagen de la guerra civil que siguió a la independencia del antiguo Congo belga. Estudió organizar unas fiestas como las del milenario del imperio persa, una cumbre mundial sobre la paz o un certamen extraordinario de Miss Universo. Acertó cuando optó por apropiarse del combate entre Foreman y Ali, aunque tuvo que pagar todos los gastos: unos fijos previos de cincuenta millones de dólares a los dos contendientes, la bolsa del vencedor y el coste de llevar hasta allí la compleja infraestructura de la televisión. A ese precio Mobutu hizo realidad el sueño de la negritud: que todo el planeta viese a África como escenario de la pelea entre dos hombres de color disputándose la hegemonía mundial de la fuerza. Ganó Muhammad Ali, pero Mobutu fue vencedor ex aequo del combate.

       Con la televisión, el fútbol ha asumido el liderazgo del deporte como espectáculo de masas y como fenómeno global. Sus características como juego y su plasticidad lo han determinado. Si Mobutu no se decantó por comprar la organización de una fase final de los Campeonatos del Mundo de Fútbol, probablemente fue porque Estados Unidos era –y todavía es– geográficamente hablando un agujero negro en el fervor planetario por este deporte. Pero eso mismo, que el fútbol supere en adhesión y espectadores mundiales al baloncesto, el béisbol, el golf y el llamado fútbol norteamericano pese a no cautivar en el país de la cultura del entretenimiento, todavía da más valor a su hegemonía.

 

Deportistas, espectadores, cronistas

Hay un combinado “deporte / espectadores / cronistas” constatable desde la antigüedad. El deporte es un idioma universal porque puede ser comprendido de forma directa y casi instantánea por cualquiera, y desde el primer día ha tenido practicantes y gente con deseos de verlo. Pero añade algo más: tras el juego siempre ha existido la prolongación natural de que algunos comentasen lo sucedido a los que lo han visto y a otras personas que no lo han presenciado.

       Todo eso ha evolucionado a lo largo de la historia conduciendo a la especialización de los deportistas, la existencia de espectadores de pago y al desarrollo de la tarea (y luego negocio) de informar y opinar sobre los lances. También se ha desarrollado el uso colateral del deporte para otros fines, desde el panem et circenses romano (distraer a la ciudadanía para que no piense en otras cuestiones más trascendentes) hasta la práctica moderna de ponerlo al servicio de ideas o utilizarlo como soporte de publicidad.

       En el fútbol los grandes jugadores –ahora ricos, famosos y dictadores de modas– desempeñan socialmente el rol de los héroes y los grandes guerreros del pasado. Los espectadores, que al principio eran un puñado de amigos o acompañantes, son millones de personas que solo se relacionan con los futbolistas a través de la televisión y los demás medios de comunicación. Respecto a los cronistas, han pasado de explicar los partidos a recrearlos. Trasladando sus incidencias al conjunto de los espectadores de la comunidad global, posibilitan la internacionalización de las recaudaciones y la remuneración millonaria de las figuras. Y hacen su propio negocio, porque el fútbol es un elemento clave para la cuenta de resultados de los mass media, y los derechos de retransmisión de los partidos son uno de los grandes negocios mundiales.

       Con la ayuda de la prensa el fútbol se ha convertido en el espectáculo industrial de masas con más capacidad de crear adhesión y desencadenar pasiones. Los futbolistas ofrecen espectáculo, ceden a los seguidores una parte de la propiedad de sus triunfos personales y les garantizan descargas de adrenalina. A cambio, exigen que les paguen, que les quieran, que les animen, y que en el estadio presionen para atemorizar al rival.

       Para los niños es muy sencillo golpear la pelota con el pie y jugar con ella. Cuando después, ya adultos, pasan a ser simples espectadores, haber jugado facilita establecer una identificación con los grandes ases. Es uno de los secretos del fútbol: las masas viven la ficción de asimilarse sin el menor esfuerzo a unos deportistas de alta cualificación.

       Al final de los encuentros siempre hay unas cuantas peripecias y un resultado válido (aunque pueda ser discutible) que permite continuar el entretenimiento a través de la conversación, la crónica o el debate. A partir de esa simplicidad y su atractivo, millones de personas van a los terrenos de juego, y cientos de millones son adictas a las retransmisiones por televisión. Muchísima gente sostiene que es mejor ver el fútbol televisado que en los estadios. Es el mérito de los comentaristas, de que se repitan las jugadas, de insertar datos estadísticos y de ofrecer instantáneamente declaraciones de protagonistas a pie de terreno.

       La prensa, la radio y la televisión han encontrado en el fútbol un filón para su subsistencia. Es sencillo de describir, resulta idóneo para glorificar, cualquiera puede hacer valoraciones técnicas o sociológicas subjetivas... Se han desarrollado técnicas para explicarlo fundiendo en un mismo plano las jugadas y las reacciones de los espectadores, confiriéndole aspecto de drama popular moderno a cada partido. A base de trascendentalizarlo, los mass media también lo aproximan a una religión de multitudes. La mundialización del fútbol ha sido una de las avanzadillas de la globalización general y, como en el fondo es un ritual de confrontación que se vive desde una identificación partidista (local, nacional o de grupo) con una de las dos partes, en plena aspiración a una coexistencia pacífica, a los medios les ha resultado sencillo convertirlo en una guerra de mentira.

 

El tirón de la prensa deportiva

La prensa deportiva básica, de primer nivel, nació en Europa cuando se popularizó el fútbol después de que en Gran Bretaña, donde se estructuró formalmente, se decantase a su favor el pulso que mantenía con el rugby por la hegemonía del favor popular. Hasta aquel momento solo existían prensa y radio generalistas, que prestaban muy poca atención al deporte. A principios del siglo XX las únicas especialidades que recibían cierto tratamiento regular en esos medios eran ciclismo, automovilismo, tenis, atletismo y boxeo.

       Cuando empezó la especialización de la prensa algunas publicaciones semanales o mensuales se convirtieron en deportivas. En los años veinte el fútbol empezó a ser muy conocido, ganó espacio en las revistas y se produjo el inicio de las muy populares retransmisiones radiofónicas en directo.

       Vale la pena recordar que la estructuración del fútbol fue lenta. En 1848 en el Trinity College de Cambrigde se fijaron las primeras reglas de juego, pero no hubo un campeonato profesional británico hasta 1885. Fueron los empresarios y empleados de las compañías industriales y comerciales británicas que operaban en el extranjero quienes exportaron poco a poco el juego a todo el mundo. En países como Italia, España, Alemania y Francia cuajó deprisa y no tardó en atraer la atención informativa. La primera gacetilla de fútbol que apareció en España es de 1899 en la revista Los Deportes, que trataba fundamentalmente de atletismo, boxeo y ciclismo. Daba cuenta de que el ciudadano suizo Hans Gamper, futuro fundador del Barça, buscaba “compañeros para jugar al foot-ball en Barcelona”.

       A principios del siglo XX la prensa española de información general empezó a incluir fútbol, pero en 1986 Italia ya albergaba el primer diario estrictamente deportivo del mundo: La Gazzeta dello Sport, de Milán. En 1906 le tocó el turno a España con El Mundo Deportivo, de Barcelona, y no fue hasta 1919 cuando salió a la calle el primer diario monotemático de fútbol, Kicker, en Alemania. Gran Bretaña, madre del fútbol, no fue por ahí, ya que los editores de prensa ganaban mucho dinero con los tabloides dedicados a una mezcla de sucesos y deportes. Eso cerró el paso a los periódicos monotemáticos de fútbol. Las contraportadas invariablemente deportivas de cabeceras generalistas históricas como The Sun y Daily Mirror reflejan esa cultura periodística.

       La vinculación entre los medios de comunicación y el fútbol alcanzó otro hito con la creación de la FIFA. Y fue precisamente un periodista, Robert Guerin, del diario francés Matin, quien fundó en 1904 una federación internacional para dirigir y potenciar este deporte.

 

El imperio de la televisión

La prensa escrita y la radio fueron los grandes aliados de la expansión del fútbol hasta la llegada de la televisión. Empezó una era de la comunicación cuando la BBC hizo su primera retransmisión televisada de un partido el 16 de septiembre de 1937. Fue una exhibición ocasional, naturalmente en blanco y negro. Los partidos televisados no proliferaron hasta los años cincuenta, entre otras cosas porque el parque doméstico de receptores era limitado y la tecnología de las conexiones necesarias para retransmitir resultaba cara y rudimentaria. En los años cincuenta y sesenta los partidos televisados se veían en toda Europa, preferentemente en bares y pubs. En la segunda mitad de los setenta llegó el color y eso supuso un gran salto cualitativo hacia la supremacía comunicativa absoluta de la televisión sobre el fútbol. La primera gran exhibición global de fútbol en la tele fue la Copa del Mundo de 1990, en Italia. Más de 150 países compraron las imágenes de la RAI para emitirlas a sus respectivas audiencias.

       Se emitían encuentros, pero la incorporación del fútbol al resto de la programación de la pequeña pantalla no fue rápida. Durante varios años la presencia del fútbol en los telediarios fue meramente simbólica. Entonces la televisión tenía todavía cierta vocación de nobleza y, al igual que pasaba en la prensa con pretensiones de culta, sus directivas consideraban que los deportes eran una temática menor. La afición tuvo que esperar hasta los años noventa para disponer de unos espacios informativos deportivos regulares con minutaje propio dentro de los boletines generalistas. Entonces también se multiplicaron los debates y montajes de entretenimiento en torno al fútbol en el resto de la programación.

 

El periodismo futbolístico de la posguerra

En los años treinta el desarrollo profesional de la prensa se tradujo en casi todos los países europeos en la aparición de unos “periodistas del fútbol”, especialización que después en España llegó a conseguir notoriedad. Inmediatamente después de la guerra civil hubo un desembarco masivo de antiguos combatientes franquistas en las redacciones de los periódicos. Pasaron a ocupar las sillas de los profesionales partidarios de la República, a los que se vetó la reincorporación en los medios. Como máxima condescendencia de los vencedores, a los periodistas republicanos se les permitió reconvertirse en correctores gramaticales de las noticias redactadas por los en muchos casos poco letrados soldados que les sustituyeron.

       En las salas de redacción los excombatientes con una mínima formación cultural, aptitudes periodísticas e incondicionalidad franquista fueron destinados a la información general y política. En cambio, quienes llegaban sin otro bagaje que los méritos del frente acabaron en muchos casos en las secciones de deportes o en diarios especializados, como Marca, de la Prensa del Movimiento.

       Como a Francisco Franco le gustaba el fútbol, su régimen efectuó un cuidadoso marcaje de lo que se decía sobre esta materia. A causa de ello, las crónicas y comentarios deportivos que salían de las plumas de los ex combatientes tenían cierta voluntad de imperio y bastante salsa nacionalsindicalista. El apellido referencial del entrismo franquista en esta prensa estuvo en Marca, el gran diario nacional o nazional –como lo llamaban sus amigos y enemigos– fundado en 1938, y en el que se aposentó la notoria familia falangista Fernández-Cuesta.

       La resaca ideológica de la guerra comportó cosas curiosas en los terrenos de juego, como el saludo fascista de los jugadores cuando formaban antes de los encuentros. Y también en las tribunas de prensa, como la dislexia de que en una Cataluña donde la sensibilidad generalizada de espectadores y seguidores era barcelonista la mayoría de los periodistas deportivos que escribían o radiaban partidos eran fervorosos seguidores del Español y el Real Madrid.

       En Cataluña, en los años previos al conflicto y en los que le sucedieron hubo periodistas deportivos bastante populares. En la estela de firmas históricas como Narcís Masferrer (La Vanguardia), Daniel Carbó (La Veu de Catalunya), Josep Torrens (El Mundo Deportivo), o el dibujante Valentí Castanys –que había trabajado para Xut! (publicación satírica de éxito entre 1922 y 1936) y reapareció tras la contienda con El Once–, despuntan otros nombres. Citaré a José Luis Lasplazas; a Albert Maluquer, que promovió el semanario gráfico Vida Deportiva (1943), y a José Zubeldía, impulsor de la revista de los lunes Barcelona Deportiva (1944). Más tarde la renovación generacional trajo a Julián Mir con la revista Lean (para el calentamiento previo de los encuentros) y después, en 1952, fue padre y director del diario casi estrictamente futbolístico Dicen, periódico superpopular nacido para hacerle la competencia al veterano El Mundo Deportivo, que trataba a fondo los deportes minoritarios hasta que bajo la dirección de Juan José Castillo se adaptó a la demanda de más fútbol.

       La rigidez de la censura dejaba poco margen para que los periódicos generalistas tuviesen interés, y como la vigilancia integrista sobre las costumbres y los lenguajes impidió que en España cuajase el periodismo amarillo de sucesos y sexo que tras la Segunda Guerra Mundial se abría paso en el resto de Europa, la única prensa popular que se desarrolló aquí en los años cuarenta, cincuenta e inicios de los sesenta fue la deportiva. Por eso Barcelona tuvo el récord mundial de llegar a albergar simultáneamente hasta cuatro diarios deportivos (El Mundo Deportivo, Dicen, el más moderno Sport y un efímero ABB). Esos medios locales, además, competían con otros dos de Madrid (Marca y As, éste más gráfico y menos ideologizado) que llegaban todos los días a los kioscos catalanes para cantar las excelencias de los equipos de la capital de España.

       Esos años hubo un gran auge de la fotografía deportiva. Merecen recuerdo especial Joan Rovira, fundador de la agencia gráfica Sport; Ramón Dimas, un profesional de amplio espectro y especialmente dotado para captar el movimiento; y el padre y los hermanos Pérez de Rozas, ocupantes habituales de la hierba situada a derecha e izquierda de las porterías de fútbol y excelentes por la calidad y la cantidad de su trabajo.

       Las hemerotecas recuerdan que en esa etapa el fútbol permitió lucirse también a una espléndida generación de dibujantes y humoristas. Los precursores fueron Bofarull, Benigami, Junceda y el ya mencionado Castanys; después llegaron Muntañola, Peñarroya, Escobar, Sabatés y Cifré, pluriempleados en la esfera deportiva después de sus tareas habituales para los tebeos de la factoría Bruguera. Al igual de lo que sucedía con sus historietas sobre la vida cotidiana, estos dibujantes tenían actitudes sociológicamente críticas, más contestatarias que la mayoría de sus colegas periodistas.

       En paralelo, después de la guerra, la radio, que por ser gratis y cálida liga bien con los hinchas futbolísticos, hizo famosos a varios locutores que narraban partidos. Una referencia dominante en España era Matías Prats, máximo predicador del “nacional-futbolismo” del que la gente se burlaba porque combinaba grandes mensajes grandilocuentes y retóricos con pequeños datos insulsos sobre los jugadores. Él mitificó “la furia racial” de los futbolistas españoles. Otro nombre propio es Carrusel Deportivo, el programa que atendía con más habilidad a la avidez de los hinchas a través de sus conexiones con corresponsales situados en todos los campos de juego. Los domingos por la tarde fueron suyos hasta que se popularizó la televisión. En la memoria particular catalana de esa época quedan los ecos de las voces y la narrativa clásica de Miguel Ángel Valdivieso, José Félix Pons y los hermanos Fernández, maestros de la descripción realista de los aspectos técnicos del juego.

 

El partidismo: de consentido a impulsado

El periodismo deportivo de esos años era sencillo y esquemático. Buscaba informar con puntualidad y agregaba o no ideología dominante en función de lo que pensaba cada profesional o las instrucciones que recibía. Pero fomentó la adhesión espectador-club, la devoción hincha-figura, y sobre todo azuzó el partidismo de los espectadores. A partir del momento en que los cronistas y locutores comprendieron que tenían a su alcance convertir a los aficionados en máquinas de impulsar al equipo propio, presionar al árbitro e intimidar a los contrarios, empezó para ellos una edad de oro. Dejaban aparcada la deontología de la neutralidad en la puerta del estadio porque los aficionados al fútbol no solo consentían el forofismo mediático, sino que lo exigían.

       Fue entonces cuando la prensa empezó a utilizar abiertamente diferentes varas de medir ante la violencia de los jugadores de casa y la de los visitantes, al igual que las groserías de la grada se aceptaban o no en función de quienes las protagonizaban. Toda Europa se impregnó de esta “excepcionalidad” diferencial respecto a la objetividad o neutralidad que se exigía al resto del periodismo. Y fue con el fútbol con lo que los cronistas ensayaron las primeras técnicas para expresar que “nosotros avanzamos” cuando lo hacía el equipo favorito de sus lectores u oyentes.

       Ahí se dio el salto de periodistas teóricamente desapasionados a auténticos brazos armados informativos de los clubs, un antecedente de lo que después han hecho –con consentimiento social– los periodistas políticos que cubren las cumbres diplomáticas o los informadores económicos que tratan sobre las importaciones y las exportaciones. En estos otros casos el partidismo tiene casi siempre como eje central al nacionalismo. En el fútbol de selecciones nacionales o en las competiciones entre equipos de diferentes países o regiones, también. Pero cuando se enfrentan dos equipos de una misma zona, los periodistas continúan utilizando el partidismo por forofismo, para complacer a seguidores que no aprecian la objetividad, o al servicio de intereses económicos concretos de sus publicaciones o emisoras.

       En sintonía con el subconsciente posbélico, en toda Europa, pero de forma particular en España, la prensa futbolística se apropió sin ningún pudor del lenguaje bélico para subrayar el carácter de enfrentamiento que siempre han tenido los partidos. Con eso conectaron con lo más oscuro de los sentimientos de los ciudadanos. De ahí que el uso de las expresiones “atacar”, “defender”, “aplastar”, “resistir”, “disparo a puerta”, “cañonazo”,”escudo defensivo”, “contragolpe”, “ofensiva total”, “línea de contención” o “dominar” son poco inocentes y han quedado asentadas para siempre como las que mejor expresan lo subliminal que encierra este juego.

       A finales de los sesenta en las redacciones de los diarios de información general persistía la consideración de que a los periodistas más tontos, ingenuos e inexpertos se les debía hacer trabajar en la sección de deportes, pero las cosas empezaron a evolucionar y no solo por la paulatina mejora del conocimiento técnico del oficio.

       Como en España el Ministerio de Información y Turismo mantenía un férreo control sobre los contenidos políticos y sociales de la prensa, en la práctica había más permisividad hacia quienes escribían de fútbol que hacia los que trataban los demás temas. Posiblemente por eso, en esas secciones aparentemente menores de los diarios y en algunas publicaciones deportivas empezaron a aparecer crónicas en las que, además del minuto y resultado de los encuentros, se incorporaban insinuaciones a las instituciones y personalidades del mundo del fútbol y, poco a poco, valoraciones sociológicas o divagaciones más generales. Fue un suave deslizamiento desde la ideologización de los ex combatientes que escribían de deportes y en cierto sentido resultó un anticipo de lo que luego fue el tono combativo de la prensa política española en la transición.

       En esa dirección de trabajo aparecieron perfiles profesionales alternativos a los que conocían los lectores. En Madrid la cara opuesta de lo que habían encarnado Manuel Alcántara o Jesús Fragoso del Toro en la etapa franquista más dura era, por ejemplo, el desparpajo de las reflexiones críticas que hacía Julián García Candau (El País). Y en esa estela empezaron a moverse varios redactores jóvenes que después serían destacados periodistas modernos. Alfredo Relaño y Santiago Segurola se hicieron así.

       En la capital de España nació, creció y se desarrolló otro referente del periodismo deportivo: José María García, Butanito, el rey de la radio de madrugada. García era un populista que primero tuvo la habilidad de utilizar un tono crítico inusual e insultante para redondear el mérito de conseguir mejor información que nadie. Pero luego, cuando ya era el más influyente, se convirtió en un dictador y manipulaba con su micrófono a todo el deporte español. Con maneras de predicador moralista destituyó entrenadores, logró la dimisión de presidentes de clubs y avasalló a muchos dirigentes federativos tachándoles de ineptos o corruptos, pero luego se permitió a sí mismo combinar el ejercicio del periodismo con intereses económicos personales organizando pruebas deportivas o participando en el negocio publicitario que rodea al deporte. Escucharle era el vicio nocturno favorito de millones de aficionados, pero su pérdida de audiencia fue recibida como un alivio colectivo.

 

El modelo catalán de desmitificar el deporte

Cataluña vivió una mutación todavía más profunda de la información deportiva y en los setenta los lectores detectaron que se empezaba a tratar el fútbol con nuevas intencionalidades. Una crónica firmada por Martin Girard en El Noticiero Universal sobre, por ejemplo, lo que hacían y decían en la Rambla los seguidores del Barça que se reunían ahí después de los partidos no tenía nada que ver con las tópicas declaraciones en las casetas que se leían hasta entonces (Martin Girard era el seudónimo que utilizaba de joven el cineasta Gonzálo Suárez, dedicado entonces a esos menesteres).

       Otros ejemplos: las analogías que ponía en circulación Alex J. Botines en Diario de Barcelona al comparar los excesos violentos de algunos defensas con las intervenciones de la policía en las protestas sindicales tampoco se habían visto hasta entonces. En el contexto del diario deportivo Dicen, intelectualmente plano, Santiago Codina publicaba unas entrevistas sutiles en las que los futbolistas decían que los postes también juegan, pero además hablaban de los problemas que habían vivido en los suburbios donde aprendieron a chutar la pelota. Y cada vez que Morera Falcó describía en su sección “Bajo la piel del estadio” de El Correo Catalán lo que pasaba el domingo por la tarde en el Camp Nou, el lector hallaba pinceladas sobre la manera de ser y las convicciones del catalán medio...

       En otras latitudes a cosas parecidas las llamaban “nuevo periodismo”. Aquí eran simples esfuerzos modestos pero afilados para proporcionarle a la gente coordenadas sinceras sobre su país, y eso abundó poco en las demás páginas de los diarios hasta que empezó la transición. El periodismo de fútbol dejó de ser de Segunda División y a ello contribuyó también la llegada de artículos de escritores y sociólogos que, como Manuel Vázquez Montalbán, en vez de especular sobre si era justo el resultado, reflexionaba sobre si eran justos o no, y por qué, los arbitrajes, las reacciones de la grada y los comportamientos de quienes se sentaban en la tribuna de honor.

       En la etapa final del franquismo eso se acentuó con la dinamita que empezó a lanzar Barrabás, un semanario deportivo satírico especializado en poner de relieve las contradicciones internas del deporte español y de todo lo que lo rodeaba. Era un trabajo en simetría con lo que hacían otras publicaciones de humor –recuerden Hermano Lobo, El Papus, Por Favor y la superviviente El Jueves– con temas más generales. Coleccionando expedientes administrativos, pagando multas, sufriendo cierres temporales por decisión judicial y encajando amenazas ultras, estas revistas dieron un buen empujón a la recuperación de la libertad de expresión en España. Barrabás desveló los chanchullos económicos y políticos que se movían en el fútbol sin que los espectadores los vieran. Tres dibujantes de largo recorrido, Ivá, Oscar y Gin, fueron las almas de esta publicación.

       Para complicarle aún más las cosas a quienes apostaban por un posfranquismo continuista, en Barcelona, y también en la radio, surgió el revés de la medalla del Butanito de Madrid. Un joven llamado Joaquim Maria Puyal empezó a retransmitir en Radio Barcelona partidos de fútbol en lengua catalana desde una óptica cívica. Apoyado en su honestidad profesional y su habilidad comunicadora, Puyal aportó en pocos años a la normalización lingüística de Cataluña mucho más de lo que habían logrado en varias décadas anteriores todos los escritores y poetas del país y todos los periodistas de las secciones de cultura.

       Junto a esta corriente de sesgo partidista empezó a difundirse desde Barcelona otro periodismo deportivo, éste de normalidad, sólido, desacomplejado, similar al existente en los países europeos sin urgencias históricas. Ha tenido recorrido y vale la pena citar entre sus protagonistas a Josep Maria Casanovas, Miguel Rico, Enric Bañeres, Santi Nolla, Emilio Pérez de Rozas, Josep Maria Artells, Quim Regás y Ramon Besa. Con ellos la prensa escrita sobre fútbol aprovechó los buenos años –los ochenta y los noventa– del crecimiento de las difusiones y la rentabilidad de los diarios. Después, el retroceso del hábito de la lectura y la mejora técnica de la televisión en su concepto “información-entretenimiento-espectáculo” transfirió hacia este medio audiovisual el centro de gravedad del tratamiento de los deportes.

 

Las dependencias excesivas

La llegada del siglo XXI cogió al conjunto de los periódicos y revistas inmersos en una crisis de confianza en su futuro por la pérdida sistemática de lectores, y en plena etapa dubitativa sobre su propia función social a la profesión. Hay un retroceso del espíritu profesionalista y una nítida supremacía de los planteamientos periodísticos dedicados únicamente a obtener dinero como sea para garantizar la supervivencia de los medios.

       Por ahí llega el auge de las llamadas “promociones” para vender ejemplares: los diarios en vez de invertir en elevar el nivel de los contenidos, regalan o proporcionan por debajo de su precio productos atractivos ajenos al periodismo. Primero fueron libros, discos y guías turísticas y gastronómicas, es decir, objetos con cierto valor cultural. Luego, desde billetes de todo tipo de loterías a baterías de cocina, bisutería o aparatos electrodomésticos. En la prensa deportiva estas prácticas han acabado de sacrificar lo poco que quedaba de independencia respecto a los clubs. Como los complementos preferidos por los seguidores del fútbol son los productos de merchandising de sus equipos, los clubs, dueños de las licencias de explotación, habitualmente las facilitan o no a los periódicos en función de su servilismo.

       La actual endeblez económica de la prensa y sus excesivas dependencias han provocado una crisis del periodismo de investigación que también alcanza a los deportes. En la mayoría de los casos, ahora únicamente se trabaja en esa dirección para favorecer a los amigos o perjudicar a los enemigos. El Real Madrid ha vivido recientemente una intensa desestabilización por una guerra sin cuartel en torno a su presidencia. Lo que acabó forzando la dimisión del presidente Ramón Calderón fue un reportaje de Marca que demostraba que la directiva de Calderón dejó asistir y votar en una asamblea de socios madridistas a bastantes personas sin derecho a hacerlo. Pero las complicidades entre los periódicos y las personas envueltas en este affaire hicieron que muchos lectores pensasen que este tipo de irregularidades únicamente afloran cuando conviene. La crisis de credibilidad de los medios, reforzada por el anuncio continuo de fichajes que luego no se producen, o por titulares exagerados en relación a lo que luego explican los textos, le está haciendo mucho daño a esta prensa.

 

Madrid y Barcelona

La clave de la guerra presidencial en el Real Madrid era el deseo de la prensa de la capital de que regresase a tomar las riendas del club Florentino Pérez, en quien confiaban para salir de la depresión causada por la etapa triunfal del Barça. Conviene subrayar que cuando el Real Madrid no gana caen las ventas de los diarios deportivos de la capital de España. Dicho de otra manera, los golpes de Estado contra los presidentes perdedores tienen el premio de una mejora de los ingresos de los diarios.

       Puede aprovecharse la mención de este incidente para intentar explicar las diferencias entre los notorios partidismos de la prensa deportiva de Madrid y el Real, y la catalana con el Barça. Los periodistas barceloneses consideran que por razones históricas y políticas el Barça es propiedad de todos los catalanes, incluidos ellos. En consecuencia, mantienen desde siempre un pulso con los directivos de turno del club para imponerles sus tesis sobre como debe ser el Barça. En la agitada y larga etapa presidencial del constructor vasco José Luis Núñez, a quien la prensa catalana consideraba un advenedizo que nunca tenía que haber sido elegido por los socios para ese cargo, la tensión se tradujo en un resistencialismo resumible en el eslógan “Barça si, Núñez no”. El partidismo de la prensa catalana era total a favor de la marca del equipo y de los jugadores, pero manteniendo distancias con los representantes electos de la institución.

       En Madrid, en cambio, capital del reino, el conjunto de la prensa es más experta en apoyar y apoyarse en el poder, de modo que los periodistas deportivos tradicionalmente son pragmáticos y casi siempre se llevan bien y les hacen el juego a los influyentes directivos del Real Madrid. Sumisión hacia ellos y en todo caso críticas de cara a la galería sobre el juego del equipo o la calidad o la personalidad del entrenador y los futbolistas.

       Respecto a las relaciones bilaterales entre Madrid y Barcelona, la prensa deportiva de ambos lados ha utilizado tradicionalmente un doble lenguaje para maquillar en la medida de lo posible que la rivalidad de los dos equipos representativos tiene sobre todo una clave política que viene de lejos: la disyuntiva entre la “unidad uniforme española” y la “pluralidad con respeto a las diferencias”. Ese pudor es coherente con las tesis oficialistas de que no hay que mezclar política y deporte, cerrando los ojos a que ambas cosas siempre han ido mezcladas. Es coherente pero inútil. La mayoría de los seguidores del Barça y del Real Madrid comparten plenamente que es la clave política lo que les opone. El antimadridismo es fundamentalmente anticentralismo, y el antibarcelonismo es una forma más del anticatalanismo. Pero durante mucho tiempo, cuando la prensa lo ha planteado así, ha sido mal vista.

       La naturaleza de ese antagonismo no es ninguna excepción mundial. En Irlanda del Norte los seguidores del Celtic y del Glasgow Rangers viven una dialéctica muy similar a partir de sus respectivos orígenes católico y protestante. Y en los años del Nápoles de Maradona los resentimientos y desprecios que surgían de Roma y Milán contra la hegemonía de este equipo respondían más a la animadversión tradicional que existe en Italia entre el norte trabajador e industrial y el sur rural con fama de perezoso que a dudas sobre la calidad del juego del Nápoles.

       En realidad, el fútbol ahora es síntesis y reflejo de muchas cosas complejas. Ya ha quedado subrayado que mantiene vivo el espíritu de confrontación dentro de una sociedad que tiene vocación pacifista; que los equipos han sido convertidos en las banderas predilectas de los nacionalismos ahora que es evidente la irreversibilidad de la globalización; que es una demostración viva de la vinculación entre política y deporte cuando lo políticamente correcto es proclamar que ambas cosas deben ir por separado; que lo que era un simple juego de entretenimiento personal y esfuerzo físico se ha podido transformar en el gran espectáculo universal de las masas...

       Ante todo eso, el mundo de la comunicación, que sufre también sus propias complejidades, ha encontrado en este deporte una de las claves de su posible supervivencia. Pero eso está condicionado a que acepte bajar la cabeza y renunciar a la forma como entendía antes algunos de sus principios profesionales, empezando por renunciar a la neutralidad esencial, renunciar a la conveniencia de que los periodistas marquen distancias respecto al objeto de su trabajo, renunciar a la necesidad de mantener nítidas distancias entre la información y la publicidad, o renunciar a desempeñar la actuación profesional sin cruzarla nunca con los intereses económicos propios.

       Los mass media han potenciado al fútbol hasta niveles infinitos, pero el negocio de la globalización informativa del deporte que vimos nacer con el combate de boxeo entre Foreman y Muhammad Ali al final ha modificado el universo de los mass media. A veces hay goles espectaculares, muy llamativos, trascendentes, que tienen la curiosa característica de que han sido marcados en propia puerta.



Primavera (abril - junio 2010)

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