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Deporte y poder: cada club es una historia/histeria

Fútbol: la metáfora perfecta de nuestro tiempo

Texto David Castillo Periodista

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© Vicens Giménez
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© Vicens Giménez

Algunos fenómenos marcan la actualidad del mundo del fútbol: la crisis internacional, la implantación de las sociedades anónimas, la reforma de la ley Beckham y los últimos asuntos económicos de los presidentes. El deporte bulle, pero todo sigue igual.

Durante años hemos oído hablar de la problemática de los clubes, de los directivos vinculados a toda clase de empresas. Con la crisis todo ha cambiado y los directivos relacionados con el boom de la construcción sufren la resaca del estallido de la burbuja y de la gran crisis internacional. Los clubes, también. En este artículo también nos plantearemos la implantación de las sociedades anónimas deportivas, la reforma de la ley Beckham que afectará los fichajes de las megaestrellas y los últimos asuntos relativos al patrimonio de los clubes y la economía particular de sus presidentes, que han vuelto a las páginas de la prensa. El deporte bulle, pero todo continúa más o menos igual. El nuevo opio del pueblo continúa enfrentando todos los domingos a once jugadores contra once, todos pagan y la masa calla. ¿Quién ve algún problema? ¿Quién cuestiona algo?

       El matrimonio entre los clubes y sus propietarios no deja de resultar curioso. El caso más flagrante y popular sería el del presidente italiano Silvio Berlusconi y el A.C. Milan por no hablar del show de empresarios rusos y árabes que han aterrizado en la Premier League inglesa. Serían la punta, lo más visible de un negocio que mueve millones de euros cada año y detrás del cual hay una serie de paradojas que comentaremos centrándonos en los equipos españoles, especialmente los catalanes de primera división. En Cataluña, el dominio del Barcelona aplasta a la mayoría de los equipos, donde sólo sobrevive el Espanyol. La ciudad de Barcelona no es como Londres, Buenos Aires, ni tan siquiera como Madrid. Aquí se impone el pensamiento único y el Barcelona es el rey indiscutible, sin eclipse de ninguna clase. El ascenso a Primera del Sabadell y del Lleida queda lejos. Como también el paso por segunda del Terrassa, Sant Andreu, filial del Barcelona, Figueres y Palamós. Nástic y Girona han accedido a la categoría de plata después de años de esfuerzo y de infructuosas tentativas. El Girona ha llegado después de la disolución del club de baloncesto de la ciudad. ¿No hay ninguna relación?

 

Escasa igualdad entre los clubes

El caso del Barcelona en Cataluña es extensible al resto del Estado. En la Liga española no existe el deseo de favorecer una mayor competitividad entre los equipos. Y la rivalidad se mueve, podríamos decir, en el bipartidismo entre Barcelona y Madrid, con competidores no equiparables, como es el caso últimamente del Sevilla, el Villareal y el Valencia, que no terminan de levantar la cabeza. Si observamos la dinámica de la competitiva liga inglesa, podremos comprobar el reparto equitativo del pastel de la televisión, beneficio indudable para la emoción y la igualdad, como pasa en la NBA norteamericana. En Inglaterra, el Manchester United o el Liverpool reciben más dinero que el Wyndham, pero se favorece la rivalidad con una entrada económica más justa para cada club. Eso no pasa en España, donde las televisiones negocian individualmente y benefician a Madrid y Barça ante el resto, que calla porque necesita el dinero para garantizar su supervivencia. Esta realidad marca la discriminación y evita una igualdad que los aficionados de todos los clubes agradecerían.

       La segunda gran diferencia, derivada de la anterior, es que la Premier League inglesa se ha vuelto muy atractiva porque el título se lo pueden disputar cinco o seis equipos. No es extraño encontrar a los dirigentes del United, el Liverpool, el Arsenal, el Chelsea e incluso el City, reforzados gracias a los capitales internacionales. Grandes grupos inversores han comprado muchos equipos ingleses y han dado un giro a la decadencia que habían sufrido en las últimas décadas del siglo XX. Después del dominio de Italia, los ingleses han copado las competiciones continentales, con contadas excepciones. La falta de alternativas de la Liga española,  un lastre que habrá que reestudiar, afecta al interés general y hace que la mayoría de la población se decante hacia uno u otro club, mientras tiene el propio de la ciudad o de la región como segunda opción. Bastante triste.

 

Sociedades anónimas deportivas

Estas no son las únicas diferencias. En la Liga española ocurre un fenómeno que no se produce en ninguna otra parte. En la concepción de los equipos tenemos dos grupos. Los clásicos, con directivos que siguen los modelos tradicionales, y un segundo grupo, el de los convertidos en sociedades anónimas deportivas. Entre los denominados “clásicos” encontramos a Osasuna –cuando se sancionó la ley demostró que no tenía deudas–, Real Madrid, Fútbol Club Barcelona y Athletic de Bilbao. Los cuatro funcionan como antiguamente, es decir, elecciones clásicas, con los socios votando candidaturas de los patricios interesados en presidirlos y con bastante capital para asumir algunos avales, como fue el caso de las juntas directivas de Laporta, las que han tenido más éxito en la historia de la entidad, pese a los problemas internos.

       El resto de clubes son sociedades anónimas deportivas, producto de una legislación que se hizo para conseguir que los directivos se responsabilizaran de las cuentas. Entre los cambios de la ley se eliminó la cláusula que obligaba a los directivos a avalar o poner un dinero para el presupuesto que debían gestionar. Estas sociedades anónimas deportivas han hecho el proceso clásico de las sociedades anónimas: juntas generales de accionistas, consejos de administración, división de capital y posibilidad de que los socios puedan comprar acciones. Como ejemplo podríamos poner el caso del Español, que tiene once mil accionistas sin un accionista mayoritario único. El que tiene más no tiene suficiente porcentaje de acciones para mandar sobre el resto.

       Hace pocos meses había un grupo en torno a José Manuel Lara Bosch, del Grupo Planeta, pero en el verano del 2009 se deshicieron de las acciones. El club periquito tiene la Associació de Petits i Mitjans Accionistes de l’Espanyol, que agrupa aproximadamente a seiscientos socios, con poco más del cuatro por ciento del capital social. Esta distribución, muy democrática con el capital fragmentado y dividido, sin embargo se ha mostrado en otros clubes singularmente perversa. Podríamos citar los casos más notorios de Sevilla, Villarreal, Atlético de Madrid, Depor, Betis, Valencia… El funcionamiento es sencillo: un amo, propietario de la mayoría de las acciones, y funcionamiento vertical en la práctica, dictatorial. Este propietario puede llevar el club como le dé la gana y decidir lo que quiera, incluso sentarse en la banqueta, como fue el caso de un extravagante empresario ruso que pasó por nuestro país y cuyo nombre obviaremos. Si uno de estos personajes tiene un 51 % de las acciones ya lo domina todo, pero con paquetes más pequeños también es posible ejercer un control absoluto porque en las juntas de accionistas nunca se presenta el ciento por ciento del capital.

       Este fenómeno ha cambiado ostensiblemente la imagen, la filosofía y el talante de muchos clubes de fútbol. El romanticismo de antes ha sido sustituido por el poder de los números. El paternalismo del modelo histórico se ha convertido en la frialdad de las juntas, de los consejos, de las rabietas de los mayores accionistas, sean burgueses con afán de notoriedad, nuevos ricos, o directamente delincuentes que acaban encarcelados. La situación llega al extremo de que los diarios con frecuencia no saben dónde colar determinados tipos de noticias: en deportes, economía o en sociedad cuando se trata de problemas con la justicia, cosa habitual desde los tiempos de escándalos, como los de la familia Gil, que todavía colean, o los de Del Nido. Hay unos señores que compraron acciones para invertir, para especular o por lo que sea, y otros porque quieren tener ese poder vinculado con los clubes, la televisión, las ruedas de prensa, la cosa obsesiva del micro en la feria de las vanidades futboleras. Pensemos que con una inversión mínima de capital –en comparación con otros negocios–, un empresario puede obtener una visibilidad mediática extraordinaria, e incluso controlar el fabuloso patrimonio urbano de un club de fútbol, normalmente en el centro de las ciudades más industrializadas.

       El negocio deficitario que se puede apreciar a primera vista es a la larga apetecible para un empresario que pueda colocar entre siete y treinta millones de euros y comprar la mayoría de acciones de una sociedad anónima deportiva. No es difícil ser accionista mayoritario de un club de primera división de la Liga española. Un ejemplo sería el caso de Lopera en el Betis, que se hizo con el control del club. Después de hacer una gran inversión con la reforma del estadio –donde puso su nombre en sustitución del histórico Benito Villamarín–, y de comprar numerosos jugadores de su propio bolsillo, los malos resultados y el descenso provocaron la catástrofe y la insistencia de la afición en que abandonara el club.

       La mentalidad de los aficionados es la siempre, pero no se dan cuenta de que Lopera es el propietario y que sólo dejará la presidencia si le da la gana o si cae en el desastre absoluto, como fue el caso de Jesús Gil y Gil. De propietario todopoderoso de clubes de fútbol, alcalde, presidente de un partido y un largo etcétera, Gil acabó en las mazmorras de los juzgados con mil causas abiertas, y en la cárcel, acompañado por muchos de sus antiguos colaboradores y de parte de la oposición, que acabó ensuciándose con la especulación promovida por el alcalde de Marbella y presidente del Atlético. En definitiva, debe asumirse que los clubes se compren por cantidades que siempre están por debajo de su valor patrimonial, sin contar a los jugadores, que también tendrían que considerarse como una parte importante del patrimonio de un club moderno.

 

La crisis de la construcción

La crisis de la construcción ha afectado decisivamente el ambiente de nuevos ricos de los clubes españoles, y asimismo la problemática de los beneficios fiscales que obtenían los jugadores internacionales por participar en la competición española. Han cambiado también los problemas derivados de las esponsorizaciones. Había muchos presidentes vinculados a los negocios de la construcción que han abandonado los clubes porque ya no disponen del dinero ni del poder que tenían. El único que se mantiene firme y ha retornado a la presidencia del Real Madrid es Florentino Pérez, con su nueva revolución galáctica. Florentino ha regresado con la misma política de fichar grandes estrellas procedentes de las competiciones inglesa, italiana y francesa, como Cristiano Ronaldo, Kaká, Benzema, Alonso, Arbeloa y compañía. Un nuevo conjunto de grandes figuras que repercutirá en la compra de camisetas y otros negocios de los que dependen estas grandes maquinarias económicas que son los grandes clubes. Por ejemplo, el Deportivo de la Coruña tuvo durante años a Faresa, una de las grandes constructoras, como patrocinadora. Si observamos la publicidad de las camisetas actuales, podemos ver que el Getafe lleva Burger King. Nos hace cavilar si se trata de la cadena estatal, la internacional o la de la localidad de este pequeño club que se consolidó en Primera no sin un trabajo y una ambición titánicos.

       En general se han perdido ingresos procedentes de las televisiones públicas y de las grandes corporaciones, pero el negocio sigue vivo porque está lleno de paradojas y, principalmente porque todos lo miran. Se dice que Telemadrid debe sólo al Getafe cerca de treinta millones de euros. Dinero público que va hacia manos privadas pero que representa las migajas si lo comparamos con la repercusión que tienen estas sumas en la sociedad. Detrás de un contrato televisivo hay una rentabilidad extraordinaria. El espectáculo es todavía uno de los negocios importantes para las televisiones: por índices de audiencia y anunciantes. Las deudas monumentales de TVC no tienen como causa las retransmisiones del Barça o del Espanyol como suele comentar la opinión pública, incluso, en los medios de comunicación. La retransmisión de un partido es un acontecimiento que no resulta caro, ni por producción ni por derechos, en comparación con la publicidad que genera. El gran circo futbolístico se mueve y las televisiones públicas y privadas obtienen sus beneficios.

 

La reforma de la ley Beckham

La reforma de la ley Beckham es otro de los puntos controvertidos del fútbol de nuestro país en la actualidad. Es difícilmente justificable que una serie de estrellas multimillonarias tributen por debajo de lo que deberían tributar. Es una discriminación contra toda la población, derivada de una ley que en principio estaba enfocada a motivar y atraer investigadores y profesionales imprescindibles para el desarrollo tecnológico, científico, cultural y económico del país. Muy interesante era el artículo publicado en la sección de opinión de El País por Joan Herrera, portavoz de ICV en el Congreso de los Diputados. El artículo comenzaba con una exposición de datos absolutamente reveladores de un estado de cosas: “Después de años de insistencia, denuncia e incluso algún sarcasmo y mucha constancia en la actividad parlamentaria, hemos conseguido acabar con lo insólito: que extranjeros con sueldos millonarios, principalmente deportistas de élite, pagasen el mismo IRPF que personas con sueldos de 18.000 euros anuales. El origen de esta normativa fue una reforma legal promovida en el año 2004 por el PP, con el apoyo de CiU, que suponía que los ciudadanos que, viviendo en el extranjero y pasando a tener residencia fiscal en España, tributaran en sus actividades económicas con un tramo único de IRPF del 24%, independientemente de lo elevado que fuera su sueldo, y durante un tiempo máximo de seis años. Nos dijeron que serviría para atraer a científicos, personal altamente cualificado y altos directivos con la inocente pretensión de que arrastrarían con ellos las sedes de importantes empresas transnacionales. Pero a finales del 2009 podemos afirmar con rotundidad que la ley ha fracasado. Y es que el valor añadido se crea con inversión y recursos, y no compitiendo con costes fiscales más bajos. Pero lejos de lo anunciado, la ley Beckham acabó por cumplir otro papel: abaratar la carga fiscal de deportistas de élite y beneficiar injustamente a clubes de fútbol y a determinados futbolistas. Hace unos meses, la empresa Ernst & Young de Auditoría y Asesoramiento Fiscal, Financiero y en Transacciones realizó un estudio comparando la fiscalidad aplicada a los futbolistas profesionales. A pesar de la complejidad de algunos modelos y de muchas exenciones fiscales, que hacen que las tributaciones en cada Estado sean difíciles de comparar, la conclusión que se puede extraer es clara: los futbolistas extranjeros en España son los que pagan menos impuestos. Menos que en Italia, con un tramo máximo del 43%, menos que en el Reino Unido a las puertas de pagar por un 50% y menos que en Alemania o Francia”.

       Dentro de los propios equipos se producen unos agravios increíbles. Pero los grandes clubes están interesados en continuar con este estado de cosas porque el negocio está vivo cuando se pueden contratar los grandes astros que focalizan la atención de anunciantes, público y empresas internacionales. Los poderosos defienden esta línea discriminatoria de tributación porque el Madrid sabe que Cristiano Ronaldo no querrá renegociar su contrato perdiendo dinero. Por lo tanto el club no acepta un cambio de tributación que tenga que asumir para poder retener a una de sus estrellas más preciadas. Será un punto caliente en el futuro porque hay mil condicionamientos y tendrán que estudiarse con lupa las contrataciones, el papel de los paraísos fiscales y toda la picaresca vinculada con la legislación que afecta no sólo a los jugadores extracomunitarios sino a toda una muchedumbre de representantes, intermediarios y propietarios de los derechos de jugadores de cualquier parte del mundo. Las ambigüedades han presidido la legislación, pero la situación económica puede servir para ordenar el caos. Un caso curioso es el que se produce en los países nórdicos. Por ejemplo, en Dinamarca, la liga es pobre. Para favorecer la llegada de jugadores procedentes de Suecia, Noruega, Finlandia e Islandia han creado una tributación especial para que su competición no vuelva a ser de aficionados como lo fuera hasta no hace muchos años atrás. Han conseguido atraer jugadores de países más grandes gracias a una legislación fiscal favorable.

       En el Estado español se tendrán que buscar fórmulas para que nadie pierda dinero y a la vez para que la situación  sea justa o no demasiado injusta. No creo que el remedio sea fácil. Debemos pensar que alrededor de muchas de las estrellas que circulan por la Liga española hay intereses de toda clase. Más allá del rendimiento deportivo que puedan dar –con frecuencia lejos de las expectativas generadas–, las estrellas son un reclamo publicitario en sí. No obstante, equipos como el Real Madrid han desarrollado a lo largo de los últimos años unos fichajes que tienen una lectura, cuando menos, curiosa. Los casos de Figo, Ronaldo, Beckham, Kaká y Cristiano Ronaldo son sintomáticos de una manera de entender el show empresarial del fútbol. Después de leer toda clase de prensa, entrevistas y estudios se llega a la conclusión de que el dinero invertido poco tiene que ver con las entradas, las cuotas de los socios e incluso las retransmisiones televisivas locales. Hay la publicidad, pero también las connotaciones políticas y el deseo de figurar como centro del mundo gracias al fútbol. Dentro de este paquete habría que colocar al Barcelona, también con grandes connotaciones políticas y de representatividad dentro de la simbología nacional del club y la Cataluña que representa.

       Son concepciones que, con un poco de perspectiva, costaría comprender, pero que en definitiva representan también el fútbol actual, lejos ya del franquismo y de la criticada política de pan y fútbol que ejemplificaba y que tanto nos repitieron.

       El emblemático presidente del Futbol Club Barcelona durante el último tramo del franquismo (1969-1977) explicaba al diario Avui, con motivo de la publicación de su libro de memorias, que “hoy el Barça-Madrid continúa siendo un enfrentamiento Cataluña-España”. El equipo de Montal, con el legendario fichaje de Johan Cruyff, derrotó al Madrid en el Bernabeu y provocó un pequeño seísmo en la mentalidad de la época. Montal afirma que toda la sociedad civil, cultural, empresarial y política se sintió identificada. También reconocía que para esquivar al régimen había que hacer “la puta y la ramoneta”. El ejemplo más notorio fue la gran inversión en el fichaje de Cruyff, el mejor jugador mundial de aquellos años y tres veces campeón de Europa con un modesto Ajax de Ámsterdam que se convirtió en uno de los grandes referentes del fútbol moderno, y tres veces consecutivas campeón de Europa. Para conseguir los servicios del delantero holandés, Montal reconoce que la legislación no permitía contratar a una persona mediante divisas: “Se tuvo que hacer trampa y decir no que comprábamos un jugador sino un producto, algodón”.

 

Un negocio global

Ahora el negocio es más complejo y pasa por una economía global. Cuando se ficha a una gran estrella mediática saben que podrán vender los partidos a televisiones de todo el mundo: China, Japón, Estados Unidos y donde lo pidan. El potencial del club aumenta porque la atracción de las estrellas es muy apetecible. La Liga española ha vuelto a ser más interesante que otra cualquiera porque en un enfrentamiento entre Barcelona y Madrid se pueden encontrar sobre el césped un grupo de figuras más populares que los actores de cine de Hollywood o las estrellas del rock. Es más fácil vender una camiseta del Barça o del Madrid con el nombre de Messi o Cristiano Ronaldo que la de otro jugador titular equiparable en rendimiento. Cada equipo de las características del Madrid, Barça, Milan o Manchester debe tener dos o tres megacracks de ámbito internacional que puedan provocar la venta masiva de camisetas y ser un buen reclamo para los anunciantes, es decir, una estrella mediática para las multinacionales. El fenómeno de la popularidad no se diferencia aparentemente de cuando jugaban Alfredo Di Stefano, Ladislao Kubala, Ferenc Puskas o Johan Cruyff, que en un ámbito más restringido protagonizaba el anuncio de Pinturas Bruguer.

       Sí se diferencia en las formas y en la capacidad global. El capitalismo se ha sofisticado, y ahora una fábrica de pinturas no tendría bastante presupuesto para contratar a un mito de la dimensión del Cruyff que llegó a Barcelona en el invierno de 1973. Las estrellas de ahora han de tener una repercusión tan grande que cualquier niño de cualquier país y seguidor de cualquier club de cualquiera de las ligas del planeta lo pueda conocer y desear comprarse una camiseta. La marca que fabrica y distribuye la camiseta será, asimismo, una de las beneficiarias de toda esta rueda.

       Cuando los mortales nos preguntamos por las cifras de las deudas que acumulan los clubes, la simbiosis con las televisiones, e incluso las conexiones políticas, nada escapa a la implacable lógica del sistema y su perpetuación. Todo entra en una dinámica en que se reingresa automáticamente. Un club puede perder en un año tres, cinco o diez millones de euros –o sesenta en el caso del Madrid–, pero los ingresos del año siguiente lo compensan. Son unos ingresos que hasta ahora no han faltado en el caso de los equipos grandes. No es posible caer en bancarrota porque los ingresos que llegan tapan las deudas y dan intereses a los bancos.

       Un caso paradigmático sería el del “Superdepor” de Lendoiro, ahora con graves problemas económicos, pero con resultados deportivos positivos. La posibilidad de negocio del Depor es marginal si la comparamos con la del Madrid, el Barcelona o el Valencia. El Depor acertó plenamente cuando, con la llegada de Lendoiro hace unos veinte años, fichó estrellas brasileñas de grandes resultados deportivos y económicos como Bebeto, Mauro Silva y Rivaldo, entre otras. El salto cualitativo de un equipo que había pasado dos décadas en los subterráneos de segunda y tercera división resultó fabuloso. Más aún para una ciudad pequeña si la comparamos con la de los grandes equipos. La Coruña tiene doscientas cincuenta mil personas, es equiparable a Sabadell o Terrassa. Toda la gestión e inversión de Lendoiro se dirigió a generar un equipo competitivo, jugar las competiciones europeas, aspirar a títulos y vender caro lo que había comprado barato. Si gastaba el equivalente de diez millones de euros lo compensaba con unos ingresos de dieciocho, y generaba superávit. Con poca suerte se perdían dos, con suerte o mucha suerte se podían ganar ocho o diez, que se reinvertían en el club con el presidente cobrando un sueldo y profesionalizado.

       La dinámica se rompió cuando Bebeto y compañía desaparecieron del equipo sin recambios tan carismáticos ni generadores de plusvalía. La fórmula era fichar jugadores que no llegaban a un gran club pero sí a un gran sueldo. Con proyección, el jugador podía ser traspasado a uno grande. A pesar de todo no hay recetas eternas y cuando el éxito se torció todo se transformó. Lendoiro ha cambiado de manera de actuar y ahora lo que busca son jugadores que lleguen gratis, les paga bien y les da la posibilidad de una salida económica si llega un interesado. El equipo que llega al número de cuarenta jugadores en la plantilla profesional ha cambiado de estilo. Es un caso parecido al Sevilla de Del Nido –famoso también por sus problemas con la justicia–. El Sevilla acertó con los directores deportivos y con un grupo de jugadores, tanto los del plantel como los fichados a precios asequibles. Son los casos de Reyes, de coste cero y vendido por 36 millones en Inglaterra; Sergio Ramos, también de las categorías inferiores y vendido al Madrid por 30 millones, y una lista inacabable con Batista, Kanouté, Dani Alves, Luis Fabiano, que era suplente en el Oporto... El Sevilla se ha convertido en un equipo campeón, habitual de la Champions League, lleno de jugadores que cobran sueldos millonarios y con caja fresca para continuar reinvirtiendo.

       El caso contrario lo veríamos en el Betis, al cual las equivocaciones deportivas le han pasado factura y ha pagado los errores con la pérdida de la categoría. El 85 por ciento de los clubes españoles mantienen en la actualidad una política parecida: con el freno de mano puesto o reduciendo las marchas. No se pueden arriesgar porque detrás tienen una deuda que los lastra y ralentiza el mercado.

 

Una ley no escrita

Además hay una especie de ley no escrita que modificó el mercado. ¿Dónde ha ido el dinero del Madrid por el fichaje de Cristiano Ronaldo? Últimamente no se ha fichado ni un solo jugador caro de los equipos españoles. El dinero del Barcelona fue al Inter y el del Madrid a otros equipos europeos, la mayor parte a Manchester, Liverpool y Milán. La evidencia es no querer reforzar el mercado interior, los equipos rivales españoles. Si el Madrid invierte 50 millones en un jugador del Sevilla, el Sevilla se gastará 30 en uno del Valencia. El Valencia intentará conseguir jugadores del Zaragoza o del Espanyol. La dinámica de los últimos años nos indica que el dinero se marcha al exterior, con excepciones como la de Dani Alves, traspasado del Sevilla al Barcelona por 32 millones de euros hace dos temporadas. La salida de divisas, en los casos de Cristiano Ronaldo, Kaká e Ibrahimovich, provocó protestas incluso de los grupos parlamentarios. Pero eran consideraciones morales, porque no hay ley que impida esta rueda fabulosa de dinero que mueve el fútbol. Las ecuaciones se mueven más o menos así: si el dinero por Ibrahimovich o Kaká hubiese ido al Valencia por Villa, el club valenciano se habría reforzado y no creo que entre dentro de los planes del Madrid ni del Barcelona capitalizar a la competencia directa.

       La cadena estatal se ha roto y la mayoría se mueve con jugadores baratos o que acaban contrato, como fue el caso de las salidas de los defensas del plantel del Espanyol, Sergio Sánchez –por tres millones y medio– y Marc Torrejón –por uno y medio– al Sevilla y al Racing, o la llegada gratuita al equipo blanquiazul de Joan Verdú y de los defensas argentinos más económicos, que no han tenido el rendimiento esperado. Los equipos más pequeños de la Liga sí que se alimentan entre ellos. El Getafe ficha a Soldado del Osasuna y paga seis millones y el Osasuna se gasta tres en una promesa del Villarreal. Las grandes fortunas circulan por afuera mientras todo se transforma. Los ochenta millones de déficit que tiene actualmente el Espanyol habrían resultado preocupantes en otros momentos, pero, como expresó recientemente el presidente Daniel Sánchez Llibre, el patrimonio del campo de Cornellà-El Prat y la ciudad deportiva de Sant Adrià tienen un valor infinitamente superior a las deudas. El reto es revaluarlo todo, conseguir buenos resultados y que el nuevo estadio y las instalaciones aporten capital.

       Un caso diferente sería el Villarreal, una reciente aparición entre los grandes de la Liga española, y fijo en las competiciones europeas en los últimos años. La ciudad tiene poco más de cincuenta mil habitantes, aunque detrás está el capital de la familia Roig, propietaria de Mercadona. Ficharon bien, se recapitalizaron y supieron mantener la clasificación siempre en la parte alta de la tabla. Pagan caro, pero venden todavía más caro. Acertar con los recambios de las ventas fue la clave del éxito del Villarreal, como lo ha sido del Sevilla. Dos casos parecidos en la actualidad, a pesar de la diferente importancia histórica de los clubes.

       La lotería no siempre toca, pero los gestores y los directores deportivos han marcado la línea. El caso de la apuesta por Guardiola sería lo más edificante en la política de plantel de la actual junta barcelonista, con muchas dimisiones pero con un palmarés irrepetible en la historia del club guste o disguste a los detractores y disidentes.

 

¿Plantel o mediáticos?

Otro de los debates entre los aficionados es la política de plantel. El Barça de los siete u ocho titulares del plantel (Valdés, Puyol, Piqué, Busquets, Xavi, Iniesta, Messi y Pedro) es un orgullo para la Masía. Si los resultados no acompañasen, todos pedirían soluciones de urgencia. En cualquier caso, el Barcelona ha recuperado la política que le dio grandes resultados en los momentos históricos más destacados, en la época de las cinco copas de los años cincuenta, en la de Cruyff de los setenta como jugador y en los noventa como entrenador. Es decir, construir el eje del equipo a través de la estructura y la manera de concebir el juego desde las categorías inferiores, con extranjeros de solvencia comprobada. Una fórmula aparentemente positiva si las levas se adaptan a la primera plantilla. Y si hay suerte y paciencia.

       En definitiva, el fútbol, con toda su carga de pasión y bilis, de testosterona y droga, no sé si es el sustituto de la religión que Marx vio como el opio del pueblo. Lo que resulta innegable es su relación con el poder y el imaginario de un pueblo, máxime en Cataluña, donde toda la simbología del Barça resulta tan marcada. Siempre que sueño con fútbol pienso en el “catenaccio” de Helenio Herrera, en  la máxima “este partido lo ganaremos sin bajar del autobús” o en aquello de que con diez jugadores se jugaba más holgado. O cuando un periodista le preguntó por qué no se llevaba convocado a Canito. Helenio Herrera le contestó que no se lo llevaba convocado porque no jugaría. Ante la insistencia del informador sobre la posibilidad del banquillo, el entrenador, “el Mago”, le contestó serio: “¿Cómo quiere que siente en el banquillo a un jugador de esta categoría?

       En la misma época otro mago, José María Maguregui, fue el que inventó el “fútbol galáctico”, mucho antes que el inefable Florentino: Nkono, el portero del Espanyol, chutaba desde el área tan fuerte y alto como podía para adelantar el ataque del equipo. Nada de control y salir jugando, puro azar. Cuando algunos hablamos de fútbol nos agrada recordar las anécdotas, las impagables de Helenio Herrera, las de Cruyff y Reixach o las de Javier Clemente cuando en una rueda de prensa le preguntaron si sentía ansiedad por la situación del club que entrenaba en aquel momento, con problemas clasificatorios. Clemente miró al periodista, sonrió y comenzó a cantar el famoso bolero: “Ansiedad de tenerte en mis brazos…”

       Todo lo demás, pura fantasmada.  

 

Primavera (abril - junio 2010)

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