
Fútbol: la metáfora perfecta de nuestro tiempo
Texto Juan Cruz Periodista
Quien se fije en la historia de los futbolistas que han desembarcado en Europa querrá ver héroes. Pero es una historia llena de miseria, en el origen de los jugadores y en la propia biografía de la relación que han mantenido con esa ilusión de ser los más grandes del mundo.
Cuando el camerunés Samuel Eto’o celebró corriendo como un loco el gol que le marcó al Real Madrid en mayo de 2003 vestido de jugador del Mallorca estaba, en realidad, enarbolando una frase que es suya y que forma parte de su más que comprensible manera de entender la competición, que para él es la vida:
–Corro como un negro para vivir como un blanco.
Eto’o es un emblema de los desheredados de África, legiones de chicos que creen que la tierra prometida es un campo de césped europeo en el que ellos pueden desembocar gracias a la patera que hoy constituye el mundo del fútbol. Allá los ves, jugando en cenagales, buscando trapos para hacer sus balones, humildes y orgullosos, marcando goles o parándolos, como si la vida fuera una competición que ellos ya han ganado. Son héroes, pero aún son niños. Se creen los ganadores de un universo que aún no conocen, en el que domina la luz sobre las tinieblas. Y desde las tinieblas la buscan.
Pero el fútbol es despiadado, y te atrae o te destruye, seas negro o blanco, en función de los intereses de los equipos, que algunas veces coinciden con los intereses de los aficionados; te aplauden cuando ganas, te insultan cuando pierdes. El fútbol es la vida, y es tremendo contemplar desde la gloria el abismo de la derrota, porque mirar al revés da pavor, no sólo sensación de vacío. Te quieren o no te quieren. Te aceptan o te destruyen; y el fútbol es muy cruel cuando destruye. Toma diamantes en bruto y los convierte, porque acaso la genética del fútbol tiene esos comportamientos, en piedras nada más, o en piedras gloriosas. Pero cuando pasa el tiempo, ni el oro se mantiene. Te arrinconan, buscan en tu historia la razón del desdén, y te hacen suplente o no, no sirves, ya diste lo que tenías que dar, y aunque aún seas un chiquillo ya eres un desperdicio. Es la carrera más rápida del universo, en la que se cumple el dictado de Marx, el humorista: voy de la nada a la más absoluta miseria. No siempre es así, pero los ejemplos abundan en aquel sentido.
Un día contemplaba yo con algunos amigos un Madrid-Barça, en el estadio Santiago Bernabeu. El campo rugía de pasión blanca, y allí, empequeñecido, estaba este aficionado culé, mostrando a ratos su entusiasmo porque entonces jugaba Luis Enrique, y era una gloria ver cómo irritaba a los apasionados del Madrid este asturiano que había sido, con gloria, de su plantilla. El insulto de entonces, contra los futbolistas del Barça, se recuerda todavía, porque sonaba bien, y decía una barbaridad. Gritaban como si el insulto formara parte de la genética del fútbol, y aquellos señores, que seguramente el día después irían con corbata y chaqueta a sus oficinas, no se recataban en la esencia del grito, que iba al tiempo contra un montón de gente, contra los parientes de uno y otro de los insultados.
Decían:
–¡¡Luis Enrique, tu padre es Amunike!!
Amunike era un futbolista africano muy prometedor; el Barça lo alineó, lo arrinconó, volvió, se lesionó, y vivió ya la humildad de la derrota como un olvidado del fútbol, uno que se sirvió de esa patera hasta que la directiva lo aniquiló en el ostracismo.
En aquel momento, en el Bernabeu, servía para insultar con un pareado.
–¡¡Luis Enrique, tu padre es Amunike!!
Le toqué en el hombro a uno de los que insultaba, y el
hombre me miró, ya con más cara de oficinista. Le dije:
–Mire usted, Luis Enrique es pariente mío…
Entonces el hombre sufrió un proceso de reflexión, y eso en un campo de fútbol es como si se produjera un trueno. Hasta que la revelación le llevó por otro lado, y ya dirigió sus insultos hacia Rivaldo o cualquiera de los otros… Y, claro, yo no podía seguir buscándome parentescos…
Amunike había nacido en 1970, en Nigeria. Jugó en su país, en el Sporting de Lisboa, en el Barcelona… Pertenece a una de las mejores generaciones de futbolistas africanos, pero le recordamos por ese insulto y porque anunció un coche especial para tareas agrícolas.
En 2004 fue elegido mejor jugador de África, y se retiró; ganó oros, copas, platas, ligas…, todo lo que tuvo a su alcance fue materia de triunfo, hasta que la derrota le vino a ver, y ya le arrastró en los abismos del fútbol. Un día, cuando se lesionó, el Barça lo arrinconó en su plantilla, lo dispuso entre sus despojos y lo convirtió en parte de la mitología de los desheredados del fútbol, los que hubieran sido grandiosos pero se convirtieron en chatarra humana. Había visto la luz al salir de África, pero esa luz iba a ser cegadora, una ilusión que duró unos años, como la luz de la que hablaba Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas: “Me gustaría ver de qué color es la luz de una vela cuando está apagada”. Amunike la vio, muy pronto.
¿Hubiera ocurrido lo mismo si no hubiera sido africano? ¿Si hubiera sido blanco hubiera pasado lo mismo? Es posible; el racismo funcionó más en los espectadores que en el club, aunque al Real Madrid se le achaque que desvió a uno de sus medios más exitosos, Makelele, porque no combinaba bien con la estética del equipo. Es probable que sea una leyenda urbana, pero en fútbol casi todo lo legendario fue verdad…
El caso de Amunike es, en los tiempos recientes, quizá el más representativo de lo que significa hoy el sueño del fútbol para multitud de chicos africanos, que llegan a la tierra prometida y se hallan pronto ante las consecuencias de lo que el mercado hace aún con sus ansiedades. En el caso de este nigeriano simpático cuyo nombre usaban los aficionados del Real Madrid para tratar de insultar a Luis Enrique, terminó haciendo anuncios para Renault, y ahí repuntó de nuevo su popularidad, pero por otros medios. Amunike ya estaba amortizado hasta para el mundo de las anécdotas.
Eto’o está entre las excepciones, como su hermano del Espanyol, Kameni, o como Keita… Pero le costó; su papel no era el de aquella tarde en el Bernabeu, cuando le marcó al Real Madrid y trató de avergonzar (y lo logró) a la directiva blanca, que le había rechazado. Fue una venganza, un modo de decir: “vine, no me quisieron, aquí estoy de nuevo, avergonzaos”. Es una actitud que Eto’o utilizó contra el Madrid, pero es no sólo eso. Fue su emblema: reaccionó así, con encono, cuando le gritaban como si acabara de salir del reino de los monos; e hizo bien, para mi gusto, cuando amagó con irse del campo aquella vez que esos gritos de energúmenos le indignaron a él y nos indignaron a muchos una tarde aciaga y racista de Zaragoza.
En el origen de la euforia y posterior susceptibilidad de Eto’o (un verdadero grano en el vestuario del Barça, e imagino que en cualquier vestuario) está su historia con el Real Madrid y en el Real Madrid. Samuel es un prototipo del jugador que viene de África, en patera o no, desembarca humildemente y lo llevan a aprender, para comprobar si las condiciones que muestra no son sólo imaginaciones de los que lo han com-prado. La historia de este tipo de futbolistas no difiere, en general, de la de otros que vienen de otros colores y de otros hemisferios; ahora hablamos con admiración de lo que le sucedió a Messi en la Masía del Barça, pero si se rebobina un poco se puede recordar un instante en que la directiva azulgrana se olvidó de rellenar la ficha del esmirriado futbolista de Rosario, Argentina, que había sido ojeado cuando era un crío que no crecía. La junta del Barça creyó que no crecería nunca, en ningún sentido, y lo repescó tan sólo cuando vio que se ponía negra su relación con él y con su entorno familiar.
Eto’o podía haber tenido un ingreso de lujo, pero le hicieron sufrir hasta que finalmente pudo presumir de lo que es, uno de los futbolistas más completos que ha tenido el fútbol español, una tabla de salvación del Barça. Un atleta que jugó con su mimosería y con sus “egos revueltos”, hasta que Pep Guardiola, con buen criterio, dictaminó que ya estaba bien de hacer girar el equipo en torno de un ego, por muy resolutivo que fuera.
Pero esa es otra historia. Lo cierto es que Eto’o vino de niño, casi, tenía quince años, desde el UCB Douala de Camerún, y fichó en 1996 por el equipo filial del Real Madrid. Ahí empezó a trompicones, hasta que el Real Madrid B cayó en la desgracia de la Segunda B y él se fue, cedido, al Leganés. Dos años más tarde lo repescó la primera plantilla, que le usó frente al Espanyol; y precisamente al Espanyol se fue después, rebotado una vez más desde la altura de la indiferencia de los que aún no sentían por él otra cosa que curiosidad que él creía era un interés disfrazado de desdén. Desembarcó en Madrid, en uno de los mejores equipos del mundo, que, además, muchas veces fue el mejor, y era cumplir un sueño que a esa edad era casi como tocar el cielo con las manos. El cielo era el césped, al que se acercaba después de jugar en los humildes territorios del difícil Edén de África.
Ir al Madrid para Eto’o, y para cualquiera, era como ir a una catedral, a recibir un bautismo que ya te marca para siempre. Era un destino dorado, al que llegaba como llegaron muchos otros, de América y de Europa, y también de África. En el pasado del fútbol, de África llegaban pocos; uno, Ben Barek, vino de Marruecos, más al norte que Eto’o, y se convirtió en un emblema del Atlético de Madrid. De Brasil llegó Didi, por ejemplo, que se convirtió en un artista melancólico del Madrid de principios de los sesenta, y fueron viniendo negros que fueron clave en alineaciones históricas. Pero el caso de Eto’o puso en primer plano las miserias y las desgracias que esperan a los futbolistas cuando no saben que todo el monte, o el césped, no es orégano.
Su caso pudo haber sido parecido al de Makelele, pero a Makelele el diluvio de la desilusión le vino más tarde, cuando ya era una estrella y el Madrid dispuso que saliera de su firmamento. Era un hombre simpático, que triunfaba en sociedad, y triunfaba en el campo. Era algo así como el Iniesta del Barça, o el Xavi; recorría el campo con una enorme sabiduría, y era un peligro latente para todos los delanteros, y para los defensores. Una seguridad tremenda, un atleta, como Eto’o. Le llamaban Anaconda, y ya ese es un adjetivo que revela sus cualidades como si fuera una radiografía. Había nacido en Kinshasa, Congo, se fue a París cuando era un crío, pero dentro llevaba la energía africana que luego regaló, a buen precio, en equipos importantes. Estuvo en el Olympique, en el Celta, y en el año 2000 cambió de milenio y de camiseta, se fue al Madrid. Fue un futbolista ganador, y nadie entendió que tres años más tarde la directiva blanca lo pusiera en las manos del Chelsea, que le sacó un rendimiento extraordinario.
Africano o no, francés o africano, lo cierto es que Makelele tuvo la misma reacción que Eto’o, con algunas diferencias. De carácter mucho más sosegado (fuera del campo), habitó en él el deseo (acaso natural) de revancha, y contra el Madrid jugó algunos de sus mejores partidos. Eto’o lo celebró, además; queriendo como quiere (acaso más que a ningún equipo) al Real Madrid en el que se hizo a trancas y barrancas, Eto’o utilizó el trampolín del Barça, que le dio tanta estabilidad y tanta fama, para zaherir a sus antiguos dueños. Eto’o nunca se resignó a abandonar la camiseta blanca, ansió volver al Bernabeu vestido de ese color, y su decepción fue inmensa cuando el Mallorca lo puso en el mercado y el Madrid lo desdeñó por tercera o cuarta vez.
Sus gritos contra el equipo blanco forman ya parte de la leyenda; sobre todo, porque no se dice lo que se sabe en privado: que si hay algún equipo en la tierra por el que él sienta preocupación y también admiración, ese equipo es el Real Madrid. Dicen los que le conocen bien que el primer equipo por cuyos resultados pregunta (y preguntaba también cuando estaba en el Barça) es el Real Madrid, y esa relación amor-odio la alimenta como uno de los símbolos de su pasión mayor, o única, que es la pasión por el fútbol.
Eto’o es un privilegiado, alguien que ha subido la cucaña con éxito. Pero es cierto que el flujo ha sido extraordinario; el fútbol ha servido para convertir África en un vivero de emigrantes humildes o de lujo, todos atraídos por la mecánica a veces diabólica del fútbol. Pero Eto’o debió de venir en mal momento. Entró en la cantera del equipo blanco, fue puesto a prueba, y cuando parecía dispuesto a explotar como el futbolista que luego llegó a ser, el Real Madrid lo cedió al Mallorca. Allí, entre Luis Aragonés y su genio, Eto’o se convirtió en uno de los delanteros más aguerridos y resolutivos de la liga española. Aquella tarde ante el Real Madrid Eto’o ya era quien sería luego, pero el Madrid lo seguía rechazando. Cuando marcó el tercer gol del Mallorca ante el que tendría que haber sido su equipo, paseó su orgullo como un poseso, se quitó la camiseta, recorrió la banda, y se puso a gesticular ante un avergonzado palco madridista.
Fue un gesto de venganza, y no fue el único que el Madrid percibiría de su futbolista fallido. Cuando, ya en el Barça, este equipo ganó la que sería la primera Liga barcelonista de Eto’o, éste gritó aquella famosa jaculatoria por la que en algún momento tuvo que pedir disculpas:
–¡Madrid, cabrón, saluda al campeón!
La falta de sosiego de Eto’o a lo mejor es un grito que compendia todos los que, más humildes que él, hubieran querido dar los que se quedaron en la estacada, en el Real Madrid, en el Barça o en otros equipos más modestos. Amunike es un caso; ha habido otros. Pablo Iván ha escrito sobre el caso Dungani Fusani, que da nombre a una de las metáforas más crueles del tráfico de futbolistas de usar y tirar: “Dungani Fusani, un chico de catorce años nacido en Costa de Marfil, fue quien le puso nombre y apellido al tráfico de chicos africanos en Italia. Detectado en Abiyán por un agente italiano, el chico ingresó en Italia en julio de 1999 sin cumplir ningún trámite de migración y fue depositado en las categorías inferiores del Arezzo, equipo de la serie C-1, que funciona como una filial del Milán. Allí, sin recibir siquiera viático, realizaba una serie de entrenamiento vespertina como única actividad. No iba al colegio, ni aprendía el idioma. El alojamiento que le proveía su intermediario distaba de ser el ideal, dormía en el sótano de un restaurante de un amigo. Un día de septiembre, harto de esta prisión, Dungani huyó. El chico fue hallado un mes después durmiendo debajo de un puente. Según los agentes policiales que lo encontraron, nunca podrán olvidar la desesperación reflejada en la mirada de Dungani.
Esa es la historia; otros nacieron para la gloria, en medio está la desesperación de la vida. Hay algunos, como Seydou Keita, estrella ahora en el Barça, que entraron con mejor pie que Eto’o, aunque éste haya salido de España en medio de las controversias de la gloria. Keita es un caso especial, porque siendo acaso (con Alves) el fichaje más rentable del Barça de Guardiola, ha dejado al club exento de quebraderos de cabeza ante los caprichos de los grandes futbolistas. Es de Bamako, en Mali, y es un chiquillo; como Eto’o, tiene 29 años ahora, pero empezó ya siendo mucho más maduro que su colega camerunés. En el campo esa expresión ha tomado carta de naturaleza, y Keita es hoy uno de los futbolistas africanos (o de cualquier sitio) que mantiene en los estadios una reputación que infunde respeto.
Kameni, camerunés, a quien Eto’o siempre distinguió con su padrinazgo (o con hermanazgo; en todo caso, de hermano mayor), es otro ejemplo de rabia y de capacidad de superación, en las dificultades que la liga española le impuso. En los años ochenta ya era uno de los mejores porteros de África y del mundo, y en él se fijó el Espanyol de Barcelona. Vino por muy poco dinero, como si lo hubieran adquirido en la balsa o en la patera, pero fue creciendo en estima hasta convertirse en el baluarte del Espanyol. Al contrario que Eto’o o que Keita, su genio, o su rabia, se han visto en el campo; a Kameni le gritaron como a Eto’o, le insultaron por su color, el insulto fácil de los campos de España, donde el racismo impera aún en algunas zonas como la reliquia de la más deleznable de las actitudes. Pero él no ha respondido como su paisano; en la historia del Espanyol está fijado como una leyenda, y en la historia de las porterías su genio no ha podido ser superado en África, donde se le tiene por el mejor portero de su historia.
Vislumbrar las luces de Brindisi
El fútbol siempre fue una buena patera, o una patera, simplemente. Los que hoy se fijen en la historia de los futbolistas que han desembarcado en Europa desde cualquier sitio querrán ver héroes, pero en la mayor parte de los casos, los que no se conocen, además de heroísmo hay miseria, en el origen de los jugadores, y en la propia biografía de la relación que han mantenido con esa ilusión, que a veces se queda intacta, de ser los más grandes del mundo. En Eto’o, al cabo de años de pensar que era un mimoso, he llegado a ver un símbolo de la rebeldía por el trato que se le reserva a los que aún no han llegado a conocer la gloria y no llegarán nunca. El caso Dungani representa a los que han querido venir y no llegaron nunca, y a aquellos que vinieron y se quedaron a las puertas.
Juan Cueto cuenta que, hace años, cuando los albaneses llegaron en tromba a las puertas de Italia, esperando ser recibidos como inmigrantes, uno de aquellos frustrados viajeros que fue despedido con la puerta en las narices pronunció una frase hermosa que ya es célebre. Cuando ya se iba alejando de las costas que quiso arañar, declaró ante unos micrófonos:
–No importa, ya he visto las luces de Brindisi.
En Camerún, en Mali, en Nigeria, en las tierras de Eto’o, de Keita, de Makelele, hay muchos chicos que hoy se entrenan con pelotas de trapo, como hicimos nosotros en la infancia de los barrancos y los caminos y los patios escolares, soñando con un futuro que viaja en patera y desemboca en el césped luminoso de los estadios que ven por la televisión. De momento, para ellos esas son las luces de Brindisi, la utopía para la que viven no sólo como una ambición vital, sino, la mayor parte de las veces, como un modo de supervivencia.
Cuando el Barça ya prescindió de Amunike, éste halló un súbito refugio en la publicidad de automóviles; su estancia en la tierra estaba relacionada con el fútbol, y la mezquindad de los campos y de las directivas lo derivó hacia algo que no tenía que ver ni con su ambición ni con su genio. A veces se pide de los futbolistas, jóvenes o maduros, resistencia ante la adversidad, como si hubieran venido a la tierra (o al césped) con el rosario en la mano, resignados; y han venido a ganar. Una derrota, es decir, un desdén, se paga luego con el ostracismo o con la rabia; Amunike se fue apagando como futbolista, sólo pudo sacar la cabeza para anunciar la Renault Kangoo. Ahora que lo pienso mejor, aquel Eto’o que no pudo brillar en el Madrid y estuvo peleándose con Ronaldinho para ser alguien en el Barcelona, mimado por unos y detestado por otros, me parece un símbolo del que triunfó a pesar de todo y luego se tomó su venganza.
Su última temporada en el Barcelona fue un ejemplo cabal de esa actitud; como si representara el rencor de otros, lució ese mástil de su orgullo contra Guardiola y contra todos; pero él no quería, en el fondo, que la venganza tuviera nombres propios. Era una especie de Capitán Trueno de la negritud, de los que habían venido en condiciones oscuras y hallaban la luz de Brindisi, pero creían que brillaban más que esa luz misma.
Hace dos años, cuando ya su relación con el Barcelona era conflictiva, alguien que conocía a Eto’o en Mallorca, y sabía de sus idas y venidas, me contó que le preguntó a su hijo, nada más entrar en casa, para un cumpleaños del chico:
–¿Cómo quedó el Madrid?
Es probable que su deseo íntimo fuera el que me dijeron, él quería que ganara el Madrid, es su equipo. Y no me extraña. Sus luces de Brindisi fueron las del Bernabeu. Lo que pasó después de ese deslumbramiento está en la historia de sus desengaños, pero en su corazón seguro que queda lo que vio por vez primera. Y su incomodidad en el Barcelona, esa falta de feeling de la que habló Guardiola al final de la última temporada del jugador en el equipo azulgrana, esconde esa íntima militancia de la que nunca pudo despojarse.
Es un símbolo. Y una metáfora que concentró en una frase rabiosa que queda como una pancarta de lo que sienten los que representan el fútbol que viene del calor de África:
–Correré como un negro para vivir como un blanco.
Manuel Vázquez Montalbán decía que “de todas las religiones diseñadas en el siglo XX, la más poderosa es el deporte, y muy especialmente el fútbol, en Europa, América Latina, parte de África y Asia”. Eso lo escribió el maestro en agosto de 2002. En los siete años que han pasado se ha producido un giro que ahora está en la religión universal del fútbol: los futbolistas africanos son legión; vienen en avión, en barco o en patera, pero vienen volando, y aquí, en estas costas del mundo prometido, están sus luces de Brindisi, y los portaestandartes están ahí, Eto’o, Kameni, Keita… El fútbol ya es de todos los colores; quien no quiera verlo no sabe ni de religión ni de fútbol, y esta es una religión que se aprende pronto porque sólo tiene un mandamiento: ganar para sobrevivir. Lo sabe Eto’o, por eso se enfada tanto, y por eso corre: para vengarse, para decir dónde está la bandera que trajo. La bandera de vencer, que todavía es sinónimo de correr como un negro para vivir como un blanco.
Primavera (abril - junio 2010)

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