
Fútbol: la metáfora perfecta de nuestro tiempo
Texto Rosa Regàs Escritora
Rosa Regàs explica, a partir de vivencias personales, el sentimiento colectivo que despierta el fútbol y constata que la afición por este deporte no cambia con el paso de los años.
Yo no entiendo de fútbol, no creo que haya ido en toda mi vida a más de tres o cuatro partidos de primera división, tampoco los he visto por televisión –enteros por lo menos– y me vería incapaz de comentar una jugada o un gol aunque no he tenido más remedio que oír infinitas jugadas e incluso goooooles en las radios vecinas o propias o en la televisión que nadie quería apagar por más que yo repetía una y otra vez que la cena estaba lista. También me vería incapaz de comentar las extremas rivalidades entre los aficionados de un equipo y los de otro, ni siquiera de unirme al coro de los admiradores del líder en una competición, aunque sinceramente me alegro cuando gana el Barça porque es el club de Barcelona, mi ciudad, pero sobre todo por no ver la expresión de desamparo de la gente de mi entorno.
Porque he de decir que durante toda mi vida, sin exceptuar un solo día, he estado rodeada de amigos, hijos, nietos y personas muy queridas que han hecho del fútbol uno de los más apasionados atractivos de su vida aunque les haya iluminado la ideología de poderosos líderes políticos y religiosos, o hayan dedicado sus horas a conseguir un estatus económico y social superior o hayan vivido volcados en una vocación irrenunciable o tengan el prurito de haber pasado los años plácidamente sustentados en una postura entre cómoda y cínica, sin trabajar, sin protestar, sin compartir.
Pero todos han temblado de zozobra en múltiples ocasiones, por poner un ejemplo, cuando con el marcador cero a cero veían como se acababa un partido que indefectiblemente tenían que ganar para pasar a otras competiciones europeas. Las situaciones que provocan temblor en el fútbol son infinitas. Pero no menos numerosas son las que sumen al estadio entero en un entusiasmo devorador, incluso sin llegar al éxtasis que alcanzan cuando el equipo, en un alarde de juego al parecer sublime, arranca por el camino de la goleada y según todos los indicios no tiene visos de acabar nunca. Entonces es la gloria, la verdadera gloria del placer colectivo, de la absoluta complicidad entre todos los jugadores y todos los individuos del público, incluidos los que lo ven por la televisión o lo escuchan por la radio. Así es como he vivido yo el fútbol, por la afición. Mi hermano pequeño aprendió a leer para conocer los resultados de futbol que se escribían con tiza en un espejo del bar de la calle donde vivíamos. Y según contaba él mismo, cuando mi padre volvió del exilio y lo llevaba al Camp de les Corts, contemplaba lleno de admiración como nunca levantaba el brazo a los acordes del himno nacional con que se abrían los partidos. Había que oírlo de pie y haciendo el saludo fascista.
En nuestro viaje de novios me sorprendió mi marido diciéndome un día en París que había que volver a casa esa misma noche cuando todavía teníamos que ir a Holanda, porque jugaba el Barça. “¿Pero no lo sabías cuando organizamos el viaje?” le pregunté. “Lo que yo no sabía ni estaba previsto es que el Barça ganaría tres partidos seguidos y mañana domingo jugaría la final de la Liga”.
Durante toda la infancia y la adolescencia de mis hijos hemos vivido la Liga, la Copa, la Recopa y una serie de campeonatos cuyos nombres por más que se repiten año tras año soy incapaz de recordar. Se sentaban en el suelo con la espalda apoyada en el sofá y de allí no se movían hasta que el partido había terminado y habían visto por enésima vez la repetición de la jugada, los comentarios y el gol que les había dado la victoria o el que les había enviado a un puesto inferior. Y cuando no había partido sacaban un inmenso tablero que había sido de mis hermanos y que yo me llevé a mi nueva casa cuando me casé; no sé muy bien si fui yo la que tomé la decisión o fueron mis hermanos quienes me obligaron a hacerlo porque ellos estaban en la mili y tenían miedo de que cuando volvieran alguien de la familia se lo hubiera dado al basurero. Era un tablero, con un campo dibujado en él, que se colocaba en el suelo del recibidor. Los jugadores eran botones que los hijos, arrodillados, hacían resbalar pinzándolos con otro botón más grande y más plano. Conocían al detalle los botones de todas las piezas que se guardaban en los armarios de la casa, se sabían de memoria el contenido de las cajas de botones del costurero con patas que rodaba siempre por la cocina y había que esconder los abrigos de los amigos para que no se quedaran sin botones. Las hijas y sus amigas se divertían espolvoreando desde lo alto el tablero con polvos de talco. “¿Qué pasa? Está nevando, ¿o es que no nieva en los campos de verdad?” Ana, la mayor, había logrado irritarlos con su constante y apasionada defensa del equipo de Las Palmas que, según vociferaba, era el mejor de toda España. “Calla, le gritaban, qué sabrás tú si nunca lo has visto jugar, y aunque lo hubieras visto por televisión, no tienes ni idea de cuáles son los colores del club”, en clara referencia a nuestra televisión que era en aquellos momentos en blanco y negro.
David, uno de mis hijos, pasó las pruebas para jugar con los “benjamines” del Barça y a veces cuando su padre no podía, era yo quien lo acompañaba los domingos por la mañana. No se trataba de un partido sino de un entrenamiento, y yo todavía era menos capaz de entenderlo y disfrutarlo, así que me llevaba un libro y disimuladamente, sentada en una grada, avanzaba por el camino de la lectura.
Los amigos de aquellos años eran partidarios de al menos dos equipos distintos y por mucho que discutieran entre sí durante el partido en la casa donde nos habíamos reunido a verlo –mientras las mujeres intentábamos pasar el rato como mejor supiéramos–, cuando nos íbamos estaban todos tan contentos como si nadie hubiera perdido. Como nadie tenía coche todavía, caminábamos juntos hacia la casa del que vivía más cerca y en el afán de no despedirse todavía, nos acompañábamos unos a otros una y otra vez durante horas sin que nadie reparara en el paso del tiempo porque estaban absortos y entregados a lo que más les gustaba hacer: comentar el partido hasta la extenuación.
En una de mis primeras actividades profesionales, me fue encargado por un periódico local un artículo sobre la rueda de prensa que dieron una serie de empresarios cuando el Barça les vendió el Camp de les Corts. Yo en mi inconsciencia acepté creyendo que sin saber nada de fútbol podría dar mi visión de una transacción en la que intervenía ese clamoroso y peculiar patriotismo, tan extendido en la ciudad como en el país como en el mundo entero. Pero no lo logré por más que me empeñé y que quise profundizar en los secretos de un tipo de afición tan peculiar que se extiende no sólo a la competición, sino a los negocios y a las vidas, decisiones y comportamientos de directivos, entrenadores y jugadores. Y con gran pesadumbre tuve que renunciar después de reconocer que para hablar de esta transacción comercial o financiera, si no era capaz de vincularla sólidamente con el fútbol y al complejo mundo en que se mueve y que él mismo mueve, la propia rueda de prensa y por supuesto mi artículo carecerían de interés.
Han pasado los años, ya no tenemos dictadura y podemos hablar de política todo lo que queramos sin peligro alguno. Las calles de las ciudades se han llenado de coches y los amigos ya no se acompañan los unos a los otros hasta altas horas de la noche para seguir comentando la jugada. Los hijos han dejado de ser niños y se han convertido en señores que llevan a sus propios hijos a los campos de fútbol. Pero la afición, la verdadera afición, no ha cambiado; sigue siendo este sentimiento colectivo que indefectiblemente oscila entre la euforia y la pesadumbre, el frenesí y el miedo, la victoria y la derrota. Como debe ser.
Primavera (abril - junio 2010)

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