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La naturaleza, prehistoria de la ciudad

Texto Manuel Cruz

asfalt
Foto: Albert Fortuny

Hay ciudades cuya imagen previa incluye a sus habitantes y otras que, por razones en principio difíciles de determinar, se las fantasea vacías. Luego, cuando el sueño de conocerlas se materiali­za, cuando se tiene la oportunidad de visitarlas, las personas que allí viven pasan a ser un elemento inesquivable: ya no se puede pensar en esos lugares sin recordar a sus vecinos. Debe de haber algo de sintomático en este proceso. Un urbanista probablemente lo atribuiría a la influencia de un modelo de ciudad como las del sur de los Estados Unidos (Phoenix, Dallas o Atlanta), que son casi por definición urbes sin gente, ciudades llenas de túneles y pasadizos, pensadas para ser utilizadas sin participar en la esfera de lo público. Ciudades diseñadas valorando la movilidad por encima de la comunidad, en las que las personas desaparecen incluso de nuestro campo visual -o, en el mejor de los casos, quedan relegadas a la condición de imágenes fuga­ces, de meros perfiles borrosos a través de alguna ventanilla.

       Algo de esto debe de haber. Pero es más probable que esa predispo­sición inicial a no incluir a las personas en la represen­ta­ción de su ciudad tenga que ver con otra cosa. Tal vez funcione porque esté muy cerca de la fantasía del hombre contemporáneo: la ciudad es la nueva naturaleza. La antigua naturaleza es ya sólo nuestra prehistoria, algo que conviene que conservemos por razones que están a medio camino entre la melancolía y la supervi­vencia, pero que ocupa todo otro lugar en nuestra representación imaginaria del mundo. Ya no es el exterior que rodea los espacios humanizados (un exterior que todavía parecía estar presente en expresio­nes como "salir al campo de excur­sión"), sino a la inversa. Y, así, hablamos de reservas naturales o proponemos leyes que regulen el acceso a la naturaleza (expresión que invierte la imagen clásica: es ahora la naturaleza la que está rodeada -aunque tal vez fuera mejor decir asediada- por la ciudad).

       La ciudad es hoy, como diría un filósofo, lo dado: aquello con lo que hay que contar, la realidad de la que no queda más remedio que partir. Manteniendo esto, se está dando un paso más allá de la simple afirma­ción de que todo cuanto ocurre, ocurre en la ciudad: se está pensando que el concepto de sociedad ha sido absorbido por el de ciudad, como parece probarlo el hecho de que en nuestro lenguaje ordinario el término la sociedad sin más, tal como aparecía, por ejemplo, en los discursos de los años sesenta, está tendiendo a desapare­cer -y, cuando no lo hace arrastra unas connotaciones ingenuamente anacrónicas-. Ahora todo es ciudad. Quedaría confirmada así la vieja intuición de Marx: de la misma forma que toda la historia se encuentra contenida en la antítesis ciudad-campo, así también el destino de la ciudad moderna resume el futuro de la humanidad.

       Sin embargo, denominando a esta situación "fantasía del hombre contempo­ráneo", como se hizo hace un momento, se intentaba deslizar alguna reserva respecto a este panorama. Efectivamente, de un lado, resulta equívoco pensar la ciudad bajo la figura de la naturaleza porque, a diferencia de ella, la ciudad es un producto, un resultado de nuestra activi­dad. Esta afirmación resulta rigurosa­mente obvia, sin embargo parece quedar olvidada en esa consideración, tan frecuente en el hombre de la calle, de la ciudad como un entramado de servicios y posibilidades a su alcance, que esta ahí con la misma mezcla de necesidad y de disponibilidad con la que en la naturaleza están los árboles o los pájaros. De otro lado, la absorción de la idea de sociedad por la de ciudad también puede dar lugar a sus propios equívocos, como por ejemplo el de suponer que la problemática vinculada al concepto absorbido ha quedado superada. Pero no se trata tanto de que dejemos de pensar en los viejos problemas de la sociedad para pasar a preocupar­nos por los problemas de las grandes ciudades, como de que aquéllos deben ser pensados en este nuevo marco teórico. Lo que significa revisar al mismo tiempo y conjuntamente las formas tradiciona­les de entender los conflictos sociales y la idea de ciudad. Bien mirado, no a otra cosa viene consagrándose esta revista.

Verano (julio - septiembre) 2009

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